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DISTRITO BURGER: si no sabés que pedir, pedí una burga

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Para los amantes de los mapas, Almagro se despliega como una alfombra en el medio de la ciudad, entre Palermo, Balvanera, Villa Crespo, Recoleta, Caballito y Boedo. Una alfombra atravesada por tres avenidas (Corrientes, Rivadavia y Díaz Vélez), dos líneas de Subte (la pionera Línea A y la céntrica Línea B) y las vías del Ferrocarril Sarmiento, que como prudentes puñales le han conferido una esencia de barrio de transición, en donde el tango, la inmigración y el progreso se mezclan entre algunos empedrados, unos cuantos pasajes atractivos y una única plaza en donde conviven los extremos junto a los medios. Almagro tuvo privilegios y decepciones. Desde una estación de trenes que se desmanteló muy pronto, hasta una de las Basílicas más antiguas y pintorescas de la ciudad, pasando por un club de fútbol que supo disfrutar de los aires de la primera A y aún lucha por volver; sin olvidarnos de los clubes tradicionales de Box, la histórica Confitería Las Violetas, la vieja Confitería Gildo (que se perdió entre otras tantas), junto al Mercado de Flores que devino en una mediática Iglesia Evangélica.

Almagro supo ser un barrio de italianos (cuyo antiguo Hospital continúa expandiéndose y aún se pueden oír las campanas de su primitiva capilla los domingos por la mañana), con almacenes que perduraron hasta que fueron cediendo paso a los mercaditos chinos y a las remozadas fiambrerías Gourmet, al igual que sus bares, hoy proclamados como históricos. Sin dejar de ser un “barrio”, los últimos años han venido atravesando sus calles con numerosos teatros pequeños, salas de cultura y algún que otro emprendimiento gastronómico que todavía no han hecho que Almagro “explote” al igual que su vecino Palermo, ya consagrado como polo de atracción turística, repleto de bares, restaurantes y referente de la mejor comida. A nuestro entender, es solo una cuestión de tiempo.

En nuestro blog hemos tratado de destacar todos aquellos emprendimientos que se apartan de la “zona de confort” que significa poblar los ya atestados lugares céntricos, Palermo, Puerto Madero o el mismo Microcentro, cada vez más difíciles de acceder y de encontrar lugares para estacionar. Y mucho más, tratándose del barrio en el cual vivimos desde hace mucho tiempo. Y es aquí, donde caminando por la Avenida Diaz Vélez, nos encontramos con un espacio nuevo, que contiene todo lo que uno está acostumbrado a experimentar en otros polos barriales más privilegiados.

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DISTRITO BURGER, al igual que la avenida que lo hospeda, atraviesa el barrio en el preciso cruce temporal en que el viejo bodegón debe ceder su decadencia hacia las nuevas necesidades del paladar de los más exigentes. Y es aquí en donde se destaca como pionero en lo que esperamos, sea el comienzo de una nueva transformación.

En un ambiente agradable, tipo industrial moderno, en donde todo está a la vista (no hay mostradores atestados de cachivaches ni cocinas ocultas), la decoración del salón se reparte en mesas y sillas altas, bajas, barras laterales en madera y hierro, y barriles de cerveza. Paredes casi despojadas; solo lo exacto para brindar espacio a lo que más importa, el producto.

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La carta es simple, para tomar: cerveza (IPA, Golden Ale muy buena), gaseosas y aguas y para comer ensaladas, wraps y hamburguesas. Pero en lo simple está implícita la complejidad y es a partir de esta complejidad en donde DISTRITO BURGER se destaca de todas las demás. La comida está diseñada por alguien que conoce de gastronomía y eso se respira en cada uno de los conceptos.

En cuanto a las hamburguesas, todas ellas pesan 220 gr. (se agradece) y pueden ser acompañadas de papas o de batatas fritas. Sus nombres evocan ciudades o lugares turísticos: New York (la típica burger americana con cheddar, panceta y cebolla crispy), Buenos Aires (provoleta, huevo, panceta ahumada, lechuga, tomate y cebolla morada), Capri (provoleta, tomate confitado, cebolla, marrón asado, rúcula y alioli), Jalisco (con opción a medallón de pollo crispy o de ternera, cheddar, guacamole, pico de gallo, tomate y mostaza a la miel), París (queso azul, cebolla caramelizada, hongos de estación y panceta), Montevideo (queso Dambo, jamón cocido, lechuga, tomate y huevo), Barcelona (carne de cordero, queso Brie, tomate confitado, pepinos encurtidos y emulsión de morrón), Istambul (la vegetariana con medallón de arroz yamaní y calabaza, hongos al oporto, queso provolone, mix de verdes y pesto italiano de rúcula sin ajo) y la de la casa, la Distrito Burger (doble medallón, cheddar, dambo, pepinos, panceta, huevo, cebolla caramel y BBQ). Si preferís los sándwiches, encontrarás la variante Cuba (bondiola de cerdo braseada y desmenuzada, queso doble Dambo, coleslaw y BBQ Jack Daniels) y la Milán (milanesa de ternera, jamón cocido, queso Dambo, huevo, lechuga, tomate y mostaza con miel). Recientemente abrieron la opción de doble medallón en las hamburguesas.

A la hora de elegir los acompañamientos, las papas, las batatas y las cebollas toman protagonismo y las podrás ver escoltadas de cheddar, panceta y verdeo, o huevo revuelto y jamón cocido, o queso crema y cibulette. Los aros de cebollas vienen con salsa BBQ y coleslaw.

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Si te estás cuidando, las ensaladas son tu opción: la Ensalada Distrito, con base pollo, queso y vegetales o la Santa Teresa con jamón crudo, mango y otros vegetales. Y si de wraps se trata, hay uno que está inspirado en la ensalada CAESAR y otro más oriental, el Tokio, con cerdo al teriyaki y arroz yamaní.

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Al principio por cercanía y después por absoluta elección fuimos varias veces y pedimos diferentes opciones de burger para ampliar nuestra reseña. Todas ellas fueron una excelente experiencia. Consideramos que la Burger es una estructura indivisible, pero por algún lugar debemos empezar. El pan es un gran logro. Uno de los 5 mejores panes de los que probamos, miga excelente (aireado, suave y esponjoso), contiene al conjunto desde el principio hasta el final y su sabor acompaña sin restar protagonismo. La carne es un excelente blend, con el condimento y la manipulación exacta, al igual que el punto de cocción, dando por resultado un medallón jugoso, con buena experiencia en boca, sin resabios grasosos ni quemados. Destacamos la Capri (una opción bien equilibrada en donde nada falta ni nada sobra, con un ambiente a parrilla otorgado por el morrón y el tomate confitado) y la París (en donde el queso azul se mantiene en su lugar sin invadir el resto y los hongos otorgan la experiencia de estar saboreándola a orillas del Sena).

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Las papas están en su punto exacto y el gran logro es conseguir que las batatas fritas tengan una textura y un sabor óptimos. Muchos lo intentan y pocos lo consiguen (aquí, sin dudas, están una de las mejores). La cantidad es justa constituyendo un buen combo que funciona como almuerzo o cena y no como un simple tentempié. El servicio es muy atento y los precios más que razonables. Y la música excelente.

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DISTRITO BURGER forma parte de una nueva tendencia, pero se destaca de muchas otras a la hora de ofrecer un producto armado con la “cabeza” y con la experimentación, y no en base a las improvisaciones tan de moda en donde se piensa que acumular toppings junto a un medallón de carne encerrado entre dos panes es hacer una buena Burger.

Y arriesgarse a emprender en un barrio alejado del circuito vigente le suma muchos puntos más. Auguramos un auspicioso porvenir y ante la duda, pídanse una hamburguesa.

 

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Distrito Burger

Av. Díaz Vélez 4076 (Almagro)

CABA.

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MUU LECHERÍA: cuando la nostalgia no se lleva bien con la memoria

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Pocos se acuerdan de que en Buenos Aires existieron locales que se llamaban Lecherías, en donde abundaban los desayunos, acompañados con exquisiteces de la época, siempre de la mano de un buen vaso de leche eternamente gorda (la descremada fue un invento mucho más reciente), o una insípida cuajada (antecesora del yogur), un licuado con leche o el acostumbrado café secundado de un buen vaso de agua fría. “La Vascongada” fue la pionera, seguida por “La Martona”, una cadena que floreció en la zona de Palermo y hasta tenía una sucursal en el mismo Jardín Zoológico (hoy extinto como muchos de sus animales). Dicen que los locales eran pequeños, con algunas mesas de mármol y paredes tapizadas de asépticos azulejos blancos, sin calefacción en invierno y obviamente sin aire acondicionado en verano. No hacía falta porque el sustentoso chocolate con churros abrigaba por dentro y por fuera, y las tacitas de helados de pocos centavos refrescaban más que cualquier ventilador.

Pasaron los años y las famosas lecherías fueron desapareciendo, salvo la que aún desobedece el paso del tiempo en Corrientes casi Uruguay, con sus azulejos todavía brillando y resistiendo.

Pero como todo tiende a reciclarse y la nostalgia puede llegar a ser un buen negocio, las lecherías han vuelto, aunque esta vez como un remedo de las que existían en Estados Unidos. “Muu” arribó a la Argentina hace algún tiempo, sin pretensiones de despertar nuestros recuerdos del Buenos Aires que ya se fue, sino como una forma de transportarnos a los años 50 que conocemos a través de las películas de Hollywood. En un ambiente bien Rockabilly, en donde todo está bien organizado, la cadena MUU desplegó varias franquicias dentro y fuera de la capital (Belgrano, Palermo, Puerto Madero, Unicenter, Pilar, Castelar, entre otras).

Entramos al local de Palermo, en calle Armenia esperando encontrar el auto descapotable de la publicidad, pero se ve que allí no estaba. En cambio, nos encontramos con una ambientación que nos transportó a las películas de Dean Martin: mucha iluminación en rosa y blanco, teléfonos antiguos, duplicados de rockolas por todos lados y escaleras de aluminio. La atención es personal. La carta es única, en donde podrás encontrar opciones de desayuno (bien de lechería americana), wafles, pancakes, milkshakes con formato malteada, helados. Si de hamburguesas se trata, hay algunas opciones (todas con nombres de personajes del espectáculo también yankees). Y si no te caben las hamburguesas, también hay otros tipos de sandwiches, ensaladas y papas fritas tuneadas o nachos.

Las burgers no califican para gourmet, pero se dejan comer. La carne es de buena calidad, aunque no va más allá de una buena hamburguesa comercial de esas que se compran en el supermercado. Al pan le falta un trecho para ser considerado bueno. Se ajusta al combo. No es decepcionante como muchos otros burgers que se consideran gourmets; tiene un sabor simple, de esos que cualquiera logra en su casa con buenos ingredientes. Las papas fritas estaban más que bien, parecidas a la cadena de los arcos dorados, aunque más grandes.

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Es un lugar de preferencia de gente muy joven, por lo que por momentos se pone un poco ruidoso. La atención es correcta y pese a que el local estaba casi completo, el tiempo de espera fue más que adecuado. Aceptan tarjetas (menos American Express) y hay cerveza tirada y gaseosas línea Pepsi en vaso, con refill de lunes a viernes.

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En resumen, un lugar cuya ambición de pertenecer a una cadena se cumple a la perfección. Locales limpios, bien atendidos, con productos correctos. Si bien conserva el nombre de Lechería, el concepto estaría bastante alejado de las que existieron en Buenos Aires. Pero es así, la nostalgia no se lleva bien con la memoria.

 

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MUU LECHERÍA

Armenia 1810 (Palermo)

CABA.

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TIERRA DE NADIE: en la lejana parrilla…

 

“Terra nullius es una expresión latina que significa tierra de nadie y que se utiliza para designar la tierra o lugar que no es propiedad de ninguna persona.”

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Corría el año 2012 y por aquellos entonces la hamburguesa gourmet no era más que una corriente acunada en otros países con mucha más historia. En Argentina solo se estaba embrionando la idea de una hamburguesa de calidad, con productos bien pensados y desmitificando la idea de la cadena de fast food vendiendo burgers como comida chatarra.

Por esos tiempos en el lejano barrio de Caballito, más precisamente en las cercanías de las avenidas Acoyte y Avellaneda, en donde los negocios no abundaban (menos aún en los alrededores del Sanatorio Méndez) y la moda de bares y restó pasaba por otros barrios más “coquetos”, justamente allí, en esos lares tan desamparados y ajenos, es donde la tierra de nadie dio lugar a Tierra de Nadie. Nace así un mítico lugar de paso (y no tan de paso) para comer hamburguesas de las buenas y también otras comidas en un espacio tipo fonda Tex-Mex (en ese entonces las etiquetas no eran tan usuales ni precisas), en donde el respeto por el producto, el hacer toda la materia prima en el momento y la relación precio-calidad se tornó una constante.

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Luego el mito creció, en base al gran trabajo, ya que la gente se agolpaba y siempre estaba abarrotado; así fue como, desde el año pasado con la inauguración de su segundo local, a unos metros del primero (esta vez sobre la calle Acoyte), no solo mantuvo la regularidad de la propuesta elevadora de varas, sino que le dio una vuelta de tuerca, sacando los pattys en un grill de leña y en un espacio mucho más amplio para que los adeptos tengan más lugar. Se erigen así las opciones de TdN: a la plancha (en el local original de la calle Avellaneda) y a la parrilla.

Es precisamente esta última a la que fuimos unas cuantas veces ya y de la que hablaremos más extensamente en la reseña.

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Tierra de Nadie – La Villa (así es el nombre completo de la segunda parte de la novela), nos agasaja con un lugar amplio, tipo galpón, donde ya desde el afuera se puede apreciar la parrilla y toda la cocina íntegramente a la vista, más una barra para comer en la calle (frente a un ventanal que conecta a la cocina pintada en rojo). Por un pasillo que va bordeando, casi acariciando, la cocina se llega a un comedor enorme en donde toda la decoración es en madera y hierro negro, con mesas y sillas altas tipo cervecería y otras bajas. Una barra lateral como continuación de ese pasillo y una barra central donde se encuentra la caja y ancla con la amplia cocina en aluminio donde perfectamente se puede ver cómo se trabaja. En esta ambientación también hay lugar para algunas paredes con ladrillo a la vista. Completan el lugar, al fondo, un patio trasero bastante grande (abierto) y junto a él, los baños modernosos.

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El servicio es en las mesas con un mozo muy atento (fuimos siempre en la franja de 14-15 hs.), y la demora en expedir la comida es más que adecuada. Esa es una buena hora para ir y encontrar mesas, muy al mediodía o tirando a la noche hay que esperar (la comida lo vale). Aceptan tarjetas y no cobran servicio de mesa (un puntito más).

Sirven comida bastante variada y con algún toque distinto y criollo. Entradas, sándwiches, ensaladas, rolls, varias burgers, cerveza tirada (4 canillas), aguas, gaseosas línea Coca, tragos y vinos (no café). Las bebidas se sirven en unos carcelarios jarritos enlozados que completan el estilo fonda e informal del lugar (nosotros tomamos del pico, perdón). Los aderezos clásicos los trae el mesero a pedido.

En cuanto a las reinas del lugar, pedimos varias veces lo mismo, la Bad Horsie y La Villa, las cuales salen con papas fritas. La primera es un doble medallón de 100 g cada uno con cebolla morada pluma, provoleta al orégano, tomate asado y alioli (¡de las mejores burgers de la vida!). Una hermosa combinación de sabor en donde nada sobra y nos hace olvidar por un rato largo las hamburguesas clásicas con cheddar. La Villa es una hamburguesa de 200 g con provoleta ahumada de locura, cebolla crispy, relish, alioli, lechuga y tomate frescos. Una Burger también estilo más criollo que combina perfecta. Quizás es un poco grande y cuesta manipularla un poco pero el sabor es inmenso. Hay, además entre otras, una doble (alineadas, no una sobre otra) que viene entre dos panes de campo gratinado con queso Danbo, nuestra próxima aventura.

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Hay que decir que el sabor de la carne tiene ese toque de parrilla único, está poco amasada, se deshace en boca y sale con un punto glorioso. Esto es la esencia, el toque distintivo de TdN.

Tuvimos la grata oportunidad de charlar un rato con David, uno de sus dueños, y muy amablemente nos contó que la carne es un blend que va variando según la temporada para poder siempre ir subiendo en sabor y mantener la calidad. Nombró varios cortes que pueden ser apropiados (los típicos u otros), la cuestión es conseguir aquellos cortes en su máxima expresión de calidad. Adquirieron una picadora que también le da forma a los pattys que no solo agiliza el trabajo, sino que mantiene el producto congruente.

El pan es muy bueno, bastante alveolado y sostiene, viene con semillas de sésamo blanco. Si nos ponemos en quisquillosos podríamos pedir un toque más de miga por que lo de adentro es bastante violento. El dueño nos dijo que lo hacen todos los días en el local de manera artesanal.

En cuanto a las papas no destacan demasiado, teniendo en cuenta que la estrella es la hamburguesa. Por ahí dentro de la misma tanda son desparejas, siendo algunas bastantes buenas y otras no tanto. Le comentamos al dueño y nos dijo que hay épocas por lo que el producto en sí es bastante variable. Pero es algo que intentan mejorar.

También nos comentó que el hecho de estar alejados de toda la movida hamburguesera, geográfica y por propia decisión, se mantiene un poco la identidad de TdN. Tratan de cuidar el producto al máximo (y lo logran) y también organizan algunos eventos, en los que invitan a chefs amigos y bartenders para que hagan una burger versionada y un cóctel que maride. La idea, aseveró, es tratar de hacer uno de esos encuentros una vez por mes. La propuesta y la repercusión es muy buena. Es algo distinto y la gente del rubro se despereza y sale de sus cuevas.

El precio es normal y la relación precio/calidad muy buena.

Con todas estas consideraciones, y cotejando el producto, tenemos que decir que nos encontramos sin duda ante una de las 2 o 3 mejores hamburgueserías de Bs As. Sacándole varios cuerpos a los de atrás. Con un producto muy logrado y único, con su propia impronta y con la convicción de que las grandes cosas no suceden por moda o por instalarse en un barrio con “onda”. La mítica la da el producto y mantenerse en el tiempo, lo demás es chamuyo.

 

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Tierra de Nadie – La Villa

Av. Acoyte 263 (Caballito)

CABA.

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