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I AM BARISTA, entre el feca y el chegusan

 

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Dice la ley de Murphy que cuando hay alguna posibilidad de que algo salga mal, pues sale mal. La vida suele ser la sumatoria de ciertas incongruencias que confluyen en alguna calle de Buenos Aires en donde los límites entre los barrios se discuten en una mesa de café durante la mañana de algún sábado caído del almanaque.

Y en ese límite difuso en donde ya no importa si estamos en Caballito, en Flores o en algún suburbio de Lima, de Korea, de Hong Kong o de Jerusalem, nos sentamos en “I am barista”, un coqueto recinto que nos promete un café de especialidad, de esos que tanto proclamamos para que lleguen a los barrios. Y así como en las grandes metrópolis, el ritmo agitado de las cercanías de la textil calle Avellaneda se tradujo en nuestra experiencia en dicha cafetería.

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Nos recibió una compacta tostadora de café, que desde la entrada nos llama la atención. Todavía no es usual que los baristas tuesten su propio café en el local, lo que se agradece a la hora de ver los precios. El costo del espresso se reduce en $10 comparado con otros lugares de especialidad. Ya desde la vereda se nos anuncia que nuestro amado brebaje será extraído mediante una máquina “La Marzocco”, garantía de calidad. Nos sentamos en una de las pocas mesas que el espacio permite, con cómodas sillas de caño y observamos la decoración sencilla pero elegante, con un salón a nivel y otro más pequeño en un entrepiso al que se accede mediante una escalera en cuya entrada se luce una planta espinosa que poco tiene que ver con el feng shui, pese a que sus propietarios son asiáticos.

Detrás del mostrador (no hay barra), una vorágine de jóvenes personas se entrecruza como si se tratara de una sucursal de Mac Donald’s. Pedimos dos espressos y un tostado para compartir. El asustado mozo (previamente había tomado nota del pedido) volvió al rato para preguntarnos si era uno o dos tostados. Una vez más para decirnos que no había pan de miga y otra vez para traernos el pedido. El pago: solo en efectivo.

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Nos informaron que el café es un blend propio (mezcla de 2 Brasil de orígenes distintos), con pocas explicaciones. En la taza se aprecia una crema dorada, algo atigrada y persistente, aroma discretamente amaderado y algo frutal. En boca se experimentan algunas notas dulces en un contexto bastante equilibrado, que al disminuir la temperatura se destacan las notas ácidas muy esperadas. Un buen café con una extracción correcta.

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El tostado final vino con pan árabe, pero con un sello propio: el armado es al revés, la escasa miga por fuera y la suave corteza por dentro, dando la sensación de que estás sosteniendo el caparazón de una tortuga cálida, rellena de transparentes fetas de jamón y queso.

 

Las opciones de café son varias, los calientes, el cold brew y algunos filtrados que no probamos. Milk shakes, jugos y otras bebidas para los que no consumen café. Las opciones de acompañamiento son pocas, algunos cuadrados y budines que desde la exhibidora no invitan mucho a consumirlos. Y si te gustó el café, también hay variedades para llevar en grano, un afamado Yirgacheffe de Etiopía o un Perú Chanchamayo.

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Rescatamos el café, lo principal que deberíamos fijarnos. Aunque estaría bueno que mejoraran algunos detalles de la atención. La cantidad de personas desfilando detrás del mostrador sin hacer nada hace que uno tenga que repetir muchas veces los pedidos que no se traducen en una comanda adecuada. Sería superador que el barista tuviera más presencia frente al cliente y no solamente en la exhibición de sus títulos encima de la heladera de bebidas. La experiencia del buen café debe ser transmitida por el especialista, principalmente en estos tiempos en que todavía existen muchos clientes que consideran que un buen café, es el famoso feca que se sirve en un jarrito americano, lleno de agua y a una temperatura demasiado alta.

Si se modifican esas pocas cosas (hace 8 meses que abrieron) tendríamos un buen lugar para disfrutar un café de excelencia y daría mucho gusto regresar una y otra vez, sin tener que movilizarnos siempre a Palermo o al microcentro. Rompamos con la ley de Murphy.

 

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I Am Barista – Specialty Coffe

Felipe Vallese 3192 (Flores)

CABA.

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BILBO CAFÉ: En busca del anillo.

 

Atardecer. Las casonas del barrio de Caballito están lejos de ser los pintorescos agujeros Hobbit que soñara J.J. Tolkien, con sus tranquilos habitantes y la siempre verde pastura de la Comarca. Sin embargo, aquí, en la esquina de Beláustegui y Nicolás Repetto se encuentra Bilbo, una cafetería con grandes ventanales, ambientada en color celeste y blanco con unas cuantas kokedamas decorando las mesas y mostrador.  La amabilidad del camarero nos alentó a esperar en la vereda hasta que se desocupara una mesa, lo cual ocurrió algunos minutos después. Ahí fue que nos enteramos de que existía un sótano, que lejos de ser el confortable montículo Hobbit, con ventanales y calidez, no era más que un sótano bien ambientado, con algunos sillones, sillas y mesas de diferente origen (un tanto bullicioso).

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Tanto en su página de Facebook como en la carta se aprecia una marcada tendencia a destacar el café de especialidad, con gran detalle sobre las variedades y origen del café que sirven (blend de Colombia, origen: Huila). Una megalomanía que muy pronto se derrumba.

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De la extensa carta, con opciones de desayunos y meriendas, sandwichería, bollería para todos los gustos, elegimos un espresso, un cappuccino, un tostado de jamón y queso y un scon de queso provolone y tomillo. El camarero nos pregunta cómo queremos el espresso (como si hubiera muchas formas de prepararlo, atendiendo a que se decían un café de especialidad) y luego de un tiempo prudencial nos alcanzaron el pedido.

Decepción es una palabra que no alcanza a definir el momento. Todos llegamos al lugar, convencidos de que ya no tendríamos que ir al microcentro o a Palermo para saborear un buen café. Al fin el barrio traía una cafetería de la tercera ola.

El café: se sabe que un correcto espresso debe tener una temperatura tomable, una crema (la espuma que se forma al salir de la máquina) dorada y persistente y las características dependientes del origen o el blend que se esté presentando. En este caso, la crema era un pequeño aro alrededor del brebaje (¿el anillo de Bilbo?), rápidamente evanescente. En cuanto el aroma, si bien era muy leve podían distinguirse algunas notas. En boca daba un sabor levemente acido no astringente y un pequeño sabor amargo que se iba enseguida sin retrogusto en absoluto. El cuerpo del café era muy liviano, como si no se hubiera respetado los mínimos 7 gramos que necesita el espresso. En fin, un café muy plano, no tanto por el café en sí mismo sino por errores en la extracción. Algo imperdonable en una cafetería de especialidad.

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El cappuccino: lejos de respetar la proporción del tercio, era un muy buen café con leche aunque el nombre de cappuccino le quedaba algo holgado.

Scon: de buen tamaño aunque plano (como el café) como una galleta. El provolone apenas se dibujaba entre el tomillo y le faltaba un poco de humedad a la masa.

 

El tostado: fue lo mejor. Un pan tipo árabe con jamón y queso de buena calidad. Como debe ser.

En resumen, un buen lugar pero no nos dio una buena experiencia. Tal vez, Bilbo ese día se hubiera escapado con sus amigos enanos a buscar el anillo. Puede pasar que se haya tenido un mal día, el barista no concurrió o se desbordaron de trabajo.

Si no sos exigente con el café es un lugar agradable como para el té de amigas o un almuerzo sencillo sin salir del barrio. Si buscas una cafetería de especialidad te recomendaría que hagas tu propia experiencia para darle una segunda oportunidad. Nosotros iremos a otra Comarca.

 

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Bilbo Café

Dr. Luis Belásutegui 802 (Villa Crespo)

CABA.

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