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HJ BURGER & GRIDDLE: sorpresa de hamburguesas y pepitos

Generalmente, y muchas veces, la movida hamburguesera o de comidas rápidas está dominada por los influencers y opinólogos de este tipo de gastronomía, un clásico en el que la juventud juzga y fundamenta sobre sus gustos y características cuasi morfológicas de estos platos compuestos por pan y carne a la plancha. También es sometido por fans, algunos tendenciosos y oportunistas que mueven sus arcas por conveniencia y negocios, dejando de lado algunas alternativas no tan populosas, de moda o que simplemente no participan o se subyugan ante estas tendencias.

Es el caso de HJ Burger, anclado en Palermo a pocas cuadras de la comercial avenida Santa Fe, pero lejos de los grandes monstruos hamburgueseros palermitanos que tanto clamor y fanatismo provocan, dispone de unas instalaciones sencillas con el tan afamado estilo cervecero, con mesas altas y baja en hierro y madera. Mucho delivery y sin tanto glamour del Soho, pero con una calidad de producto que sorprende desde el primer mordisco de una de sus hamburguesas.

Cuentan entre sus filas distintivas el clásico de la comida callejera venezolana: Los Pepitos, que son sándwiches con ingredientes principales de carnes o fiambres acompañados con abundantes rellenos de vegetales, salsas y todo lo que la imaginación del cocinero haga entrar en unos panes (entre baguetines y pan francés) abiertos a la mitad para rellenarlos hasta casi estallar, para luego sellarlos en papel a modo de rollo de sabor múltiple. El resultado es eso, sabor que invade la boca del comensal. HJ los presenta en versiones de carne, pollo o carne- pollo-cerdo todo a cuchillo, acompañados con lechuga, tomate, queso, cebolla, panceta, papas pay y salsas varias (bomba), en un pan de buena calidad con la crocancia justa. Algo muy sencillo pero muy logrado y casi único por estas latitudes del cual pueden comer dos personas tranquilamente. Aplausos.

Si a esto le sumamos sus salsas caseras para enriquecer el plato como la sublime de choclo, de berenjenas, kechup y mayo, el deleite sube de nivel.

Por otro lado, no tan afamadas ni con un sequito de aduladores propagandiando o haciendo filas incansables, sus hamburguesas (ojo que siempre vienen con queso, cebolla, lechuga y tomate, aunque sea Cheese Burger, valga la aclaración, por lo que hay que pedir que saquen ingredientes si no les simpatizan) son de muy buena faena, de 180 gramos de buen sabor a carne de gramaje excelente, con calidad en el queso y la panceta y con un pan de primera. Pueden salir simples, dobles o triples y se pueden sacar o agregar ingredientes al igual que los pepitos. Todo ejecutado en vivo tras un vidrio que muestra toda la cocina. La definición de las papas fritas: ricas.

Disponen de aguas, gaseosas y cervezas para acompañar.

A veces hay solo propagandas, o calidad y falta de humildad, en HJ Burger se combina la calidad con la humidad, y con la originalidad, con pocos productos, pero cuidados y respetándolos al detalle. Una grata sorpresa y constancia de las varias veces que fuimos, por eso lo recomendamos ampliamente para que hagan su propia experiencia, otra y sin tanto populismo de por medio.

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HJ Burger & Griddle

Araoz 2403 (Palermo)

CABA.

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MALCRIADA CAFÉ: la caprichosa del café

Algo distinto, inquietudes en la boca y en el alma. Ganas de nuevas aventuras en gastronomía y café de especialidad. Somos caprichosos, queremos eso, queremos libertades y no atarnos a las modas, a los medios, ni a los influencers. Tampoco nos satisface desembocar en los barrios habituales para encontrar un buen café. Nadie que nos diga dónde ir, estamos malcriados y vamos a “Malcriada Café” a saciar tanto capricho.

Escenario relajado, con entrada de almacén antiguo (típico de la periferia de Palermo, en donde los fantasmas arrabaleros se codean entre Chacarita y Colegiales), mesas y sillas adentro y afuera en madera rústica, hasta espacio para plantas dando un matiz orgánico a la cosa. Ambientación clara con algunos ladrillos a la vista y un mural donde la Malcriada se hunde en el café. La barra nos recibe con máquina y molino “Ascaso” y algunas banquetas altas para ver la acción cafetera.

Café del bueno: tostado por Ninina, blend (bolivia 60%-Colombia 30%-Brasil 10%): espresso con acidez cítrica, frutal y retrogusto a chocolate. Capuccino excelente, dulce, cremoso y ejecutado de maravilla. Carta italiana completa con buenos tragos fríos, cold brew orange refrescante, matcha latte. Opción de leche de almendras. Opción take away (para llevar).

Filtrados: chemex, v60, aeropress, prensa francesa.

Rica y artesanal pastelería y comida casera in situ:

Carrot Cake, de las mejores tortas de zanahoria de la ciudad. Punto.

Avocado Toast: con pan de masa madre, palta, pera, queso azul y nueces (magistral). Obligatorio encapricharse con él.

Tostón alemán: con leber casero potente y rico, rúcula, pepinos y cebolla encurtida, excelente combinación.

Torta Matilda: como la de la película, chocolate y lujuria.

Medialunas, Cheese Cake de frutos rojos, alfajores, frolas, budines, cupcakes, etc.

Combos y brunch. Tostones y sandwiches. Todo a precios accesibles considerando que la calidad de lo casero es muy notoria.

Gaseosas, jugos, limonadas, cervezas completan la carta. Algunas tarde-noches funcionan como punto de mancomunión y refugio de otros duchos baristas de la ciudad. Tragos refrescantes y cerveza completan la velada.

Más alla de la simpleza del lugar, el orden y lo metódico se nos pega; hay tranquilidad en sus dueños, y eso se transmite. Juan Pablo está a cargo del café y la atención sumamente cuidadosa. Uno se sienta y te atienden en la mesa que elijas. Con muchas charlas de café en el medio, se toma el tiempo de explicar, asesorar sobre el café que se sirve y todo lo concerniente a la carta de bebidas y comida, con una pasión que pocos tienen (el tipo de naranja con el que se hace el cold brew orange fue un tema de discusión). Agustina generalmente se encuentra tras bastidores, cocinando y haciendo fluir la magia de sus tortas y salados, abundantes, caseros y sobre todo deliciosas opciones. También venden tartas y tortas para llevar.

Y nos siguen malcriando, te sirven y agasajan de una forma diestra y esmerada, con todos los detalles cuidados, se preocupan de que todo salga bien y en superarse. Nos malcrían. Con humildad y ganas nos hacen más caprichosos que lo de costumbre y eso convierte a Malcriada en un lugar donde siempre queremos volver.

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Malcriada Café

Bonpland 1367 (Palermo)

CABA.

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LA ESQUINA: de la Burger roquera

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¿Bar?

Una ochava entera donde se susurra música deleitable, conocida. Pintada de negro. Adentro, sillas de metal coloridas, colorinche. Etiquetas, pegatinas de todo tipo, que recuerdan que el hardcore estuvo haciendo fuerza en los noventas y que el punk siguió viviendo.

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Lo multifacético del lugar tiene tiempo para plantas que cuelgan como junglas y dan vida a un ambiente rockero de cemento, cervezas y hamburguesas. Pero no es una cervecería ni una hamburguesería, aunque se codee con ello. Si bien en su carta hay una jugosa oferta de burgers carnívoras y veggies con originales toppings, panchos tuneados y papas inundadas de ingredientes, el lugar nos recibe con música alta pero plausible, con estímulos sensoriales que nos retrotraen (a los más jovatos al menos) a las noches de Cemento y Die Schule, al rock y la bebida, a lo oscuro y por qué no, a lo prohibido. ¿Qué hay en esos antros que atrapa a la gente? La Esquina, sin llegar a tener esa opacidad y misterio, cumple completamente con la semejanza, como stopeada en el tiempo, como sumida en formol, con la premisa roquera y lugar de encuentro y relajo (para amigos, parejas, y solitarios y sus remembranzas), de noctambulaje etéreo sin tiempo y ¿de pecado?

Claro que hay pecado con un buen menú de hamburguesas con misteriosos y originales ingredientes (que llaman, que atraen y nos dejan dudando por cuál decidirnos) de estos edificios de carne y acompañamientos gourmet: fontina, provolone, ananá, coleslaw, sirachas, aderezos maleables, todos están invitados.

Y desde que fuimos las primeras veces (el ambiente no cambia, la atención es buena), desde aquellas Cheese Burgers ricas, de buen gramaje y abundantes pesajes, pero con demasiado mostakechup embadurnando el todo, pero dejando denotar un buen producto, hasta las novedosas burgers más contundentes (un medallón alto) que recientemente probamos. La denominada “La Esquina”, con el coleslaw que lo dice todo, acidez, cremosidad, frescor; el fontina de calidad, rico, y más rico, panceta y el crispy de la cebolla que acierta la crocancia, la carne en su punto irrumpe en la boca como una llamarada de sabor. Muy bien casi 10, felicitado (originalísima). Y “La King”, clásica, con lechuga, tomate (rodajones demasiado grandes), panceta, pepino, cheddar, cebolla fresca, mayo y kétchup, cumplidora (emula a un Whopper pero bien hecho, caserito y logrado).

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¿Las papas? Rústicas y de buena faena, acompañan bien sin ser de alto octanaje.

Hay buena birra, ofrecen media pinta (¡¡¡al fin alguien!!!) y con precios acordes. Tragos clásicos de bar de antes (noventas también). Gaseosas y aguas.

Ensaladas por las dudas y lo mejor de todo es el precio: Burger con papas y bebida sin alcohol $250, con birra $300. No abunda esta oferta por algo bien hecho y de calidad. Un bar (porque en definitiva es un bar) que cumple, sin ser su función la de competir con las grandes hamburgueserías, pero juega bien en un ambiente distinto y descontracturado.

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Creemos que hay que darle oportunidades a las cocinas que están fuera de los circuitos clásicos y de moda. Hay otra luz, otros terrenos como La Esquina, rockeros, que remembran no solo las hamburguesas clásicas y las gourmets reversionadas sino también un pasado melancólico, pero orgullosamente actualizado.

 

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La Esquina

Gorriti 5608 (Palermo)

CABA,

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KEVIN BACON: el rey del bacon en el Soho

 

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Palermo Soho, Hollywood,  Queens y no sabemos cuántos chamuyos más para designar geografías y modas que categorizan y nomenclan a este barrio porteño (de los más concurridos y grandes).

Kevin Bacon es un actor de Hollywood, no de Palermo. Un norteamericano que protagonizó múltiples films y tienen un llamativo apellido que es a la vez un ingrediente vital en la composición de una hamburguesa.

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En Palermo hay un montón de espacios de comida de distinta índole; además se siguen abriendo opciones, y en líneas generales los que sirven buenos productos, hechos con concepto gastronómico, atención de jerarquía y buena relación precio-calidad, son los menos. Específicamente hablando de la zona del Soho, los locales brotan día a día y se imponen casi siempre por una cuestión de novedad más que por servicio o producto; muchos ofrecen cervezas y gente bebiéndolas fuera, otros ofrecen hamburguesas con decenas de personas haciendo cola para una Burger que tiene más fama y marketing que calidad, y otros, sirven una atención “a cara de perro” que, más que seducir, ahuyenta, aunque a otros los atrapa porque se les considera “cool”.

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Las aperturas de hamburgueserías son una celebración para influencers, pero también un riesgo, una aventura que se debate entre copiar y ser más de lo mismo u ofrecer productos con poco asesoramiento o demasiado lanzados. Un caso excepcional de hace muy poco tiempo es Kevin Bacon, una hamburguesería que cuenta con pocas semanas de apertura, pero a nuestro parecer ya está pisando fuerte.

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El por qué de esta aseveración es muy sencilla, un gran producto de pattys de 110 g smasheados (aplastados con espátula para una mejor caramelización), con un buen sabor, levemente parrillero, muy buenos toppings abundantes, un gran pan estilo brioche esponjoso y con sabor, y fundamentalmente una atención al público insuperable (tan simple pero difícil de encontrar).

Las hamburguesas vienen dobles o hasta triples; están las típicas con lechuga, tomates; las cheeseburger; las que tienen cebolla crispy o cruda como las más tradicionales; pero también tienen las de segmento blue que además de queso azul le agregan cheddar, rúcula, cebolla frita y alioli; hay otra estilo Wisconsin con manteca provenzal, otra tipo mexicana con pico de gallo, palta frita, mayo de chipotle y de todo; una original de mac & cheesee tan de moda en Australia y USA; una de BBQ Jack con aros de cebolla y hasta una vegetariana de guisantes con hummus y una de pollo rebozado. Todas muy bien armadas y logradas.

El menú se cierra con ensaladas, pollo frito rebozado con especias y salsas, papas fritas tuneadas con quesos, mac & cheese, carne, etc.

Para beber hay cerveza tiradas, gaseosas y aguas.

El pedido se hace en la caja y se retira luego de que suena el bíper que te entregan.

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Nosotros probamos la Kevinator y la #KevinBacon, esta última con doble cheddar, doble bacon, cebolla morada, cebolla crispy y salsa KB: muy buena, carne suave, con gran gusto y gramaje, el queso presente, la panceta de calidad y una salsa interesante pero no invasiva. La única crítica es que, pese a que el pan era bueno y sostuvo bastante, la sección de abajo se mojaba mucho (quizás demasiado) por los jugos que soltaba la Burger, pero igualmente es una excelente hamburguesa. Algo parecido sucede con la Kevinator: doble cheddar, doble bacon y alioli, de gran factura y sabor (con menos suelta de jugos). Ambas vienen con sendas porciones de papas onduladas de buen sabor y crocancia.

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El lugar, amplio y despojado, minimalista en amarillos, grises y negros, con un primer piso en la misma sintonía, con banquetas y sillas (de madera y hierro típicos, altas y bajas) bastante cómodas. Buen ambiente y música acompañan.

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Lo importante es que el producto final es muy bueno y casi tan importante es que la atención es excelente, son agradecidos de las opiniones, cuidan que la gente se vaya satisfecha y vuelva y claro que volveremos siempre con tan buena experiencia. Las modas, las largas colas, las caras largas no siempre son efectivas. Las buenas hamburguesas de Palermo Soho están en Kevin Bacon que de gastronomía saben y bastante, otros se quedarán en moda y nada más que eso.

 

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Kevin Bacon

Gorriti 4788 (Palermo)

CABA.

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KLUB POLACO: el finger food de Europa del este

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En la tierra del asado aprendimos, ya hace un tiempo, a comer sushi, hummus, sabemos lo que es un taco, nos deleitamos con los dumplings y muchos centenares de recetas étnicas que con la globalización fueron acercándose a nuestro régimen criollo e inclusive ampliándolo. Quizás lo más destacado de los países de Europa central y del este es el chucrut y el goulash, los cuales son compartidos por varias naciones de esa geografía. Pero ¿sabemos qué es un placki, una zapiekanka o los pierogi? Estas comidas son recetas tradicionales de Polonia y se pueden degustar en el Klub Polaco de Palermo, un patio cervecero casi oculto engarzado entre un centro comunitario y el propio club rojiblanco.

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La entrada es un gran pasillo anexado al edificio de la Unión de los Polacos de La República Argentina, y al fondo se abre, a modo de abanico, un patio rodeado de plantas estratégicamente dispuestas y en su centro un árbol de mandarinas regocija el lugar. Aquí se depositan sillas y mesas altas bien cerveceras, mesas ratonas apuntaladas por barriles a modos de sillas, guirnaldas de luces, mesones, más sillas, aire libre y mucha onda. En la galería interna que circunda al patio se encuentra una amplia barra por donde se solicitan y entregan los pedidos. Hay múltiples espacios con sillones, mesas bajas, altas, silla a la barra, luces acogedoras y bien situadas, una decoración de paredes rojas y murales, afiches musicales, y muchos guiños a la vieja época comunista de Europa del este. La música es muy interesante, indie, rock, etc., recorre el aire al igual que la tranquilidad del lugar bien adentro y alejado del barullo palermitano.

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La carta fluctúa entre cervezas tiradas, porrones y latas de múltiples países, tragos de autor, gaseosas y aguas (nos quedamos con ganas de la sidra tirada). En cuanto a la comida el menú se acentúa en tres grandes aspectos, las Zapiekankas (mitades de baguettes que surgieron en los 70s con la crisis de la viaja URSS y siendo un plato económico con pan untado con manteca que se le encimaban champiñones, quesos, todo al horno y luego se salpicaba con kétchup, pudiéndose encontrar luego muchas variantes), plato casi nacional y distintivo de la vieja Polonia y muy tradicional actualmente por su estilo de comida al paso compartiendo el mismo segmento quizás que los sándwiches y las pizzas. Pedimos el Krakow que sale con tomate, salchicha polaca, pepino encurtido y chucrut. Rica, quizás un tanto escasa de ingredientes, con una gran baguette suave y sabrosa. La Hell Chicken, con pollo saltado, salsa picante, muzzarella y verdeo, era monumental. Y la Clásica con champiñones saltados, parmesano y perejil logró que termináramos siendo fanáticos de estos platos. El pan es excelente y de calidad.

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Pedimos también unos Pierogi: una clase de empanadas hervidas rellenas con chucrut, papa y carne, servidas con salchichas saltadas. Interesantes, pero hay que acostumbrarse al sabor avinagrado y ácido típico de esas latitudes.

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Tienen bastante variedad de hamburguesas, clásica con lechuga y tomates, estilo americano, estilo francés, y varias más (todas de 170g y acompañadas con papas fritas), pero pedimos la Poslki con 60 % carne y 40 % cerdo. El medallón venía con queso Holanda, chucrut y pepinos, con un pan decente (pero podría mejorar) daban una combinación que nos sorprendió; el gramaje era correcto, poco amasado, buen punto y verdaderamente delicioso (con ese acento del cerdo) e interactuaba muy bien con los sabores encurtidos que contenía (otra vez un gusto al que el argentino medio no está acostumbrado). Muy recomendable y seguramente iremos a probar las otras que pese a ser una cervecería se abren paso con buenos productos y un tanto exóticos.

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La única contra fueron las papas fritas, tanto las que venían con la Burger como las que pedimos con queso cheddar-verdeo-panceta, parecían sobre cocidas, un tanto secas, verdaderamente flojas. Pero seguro pueden mejorarlas.

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También hay otros platillos finger food como los nugget de pollo, bastones de queso, bagel dogs y su tradicionales Placki de papa (croquetas de papa fritas) que quedaran para una próxima ansiada visita.

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En definitiva, un lugar que nos sorprendió mucho, por su tranquilidad, por su decoración, por su patio casi único y apacible, por la buena atención, los precios razonables y por un menú escueto pero muy propio. Si buscan lugares distintos, propuestas diferentes a las hamburguesas, tacos y ahumados (que tanto sobran) prueben en el Klub Polaco donde tendrán nuevos aires y podrán probar la tradición y un poco de la añoranza de la vieja Polonia en pleno siglo XXI.

 

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KlubPolaco

Jorge Luis Borges 2076 (Palermo)

CABA.

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Coffee Town Palermo: la ciudad del café

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La innovación tiene sus réditos. A veces es mejor asociarse, aglutinarse, sumar fuerzas para logras ciertos objetivos.

Abrir un local en pleno Palermo, a metros de plaza Serrano, tiene su grado de jugada, pero también de irrumpir gratamente en el mercado de oferta y demanda con bastante tino, sobre todo si se tiene una buena base de experiencia. Y quién mejor que Coffetown, que de cafeterías sabe bastante largo y tendido. Así las fragancias de cafés del mundo mundial nos llevaron a la calle J. L. Borges en el local recién salido del horno de estos pioneros del café (hace muy poco abrieron, así que aún se están acomodando).

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El lugar nos sorprendió de movida, ya que la fachada de la cafetería es en realidad la de un banco (comparte espacios con un banco cuya parte operativa se encuentra en la planta alta), donde una pre entrada nos recibe con varios cajeros automáticos. En la calle están dispuestas varias mesas y sillas siempre llenas (fuimos dos veces). Pasando estos, se abre un gran y largo salón donde la innovación y el cuidado de los espacios lo es todo. Parece que uno entra a otro mundo, pues el resto de Palermo queda fuera y olvidado por esta paz que se respira entre cómodos sillones, altas banquetas super confortables, diferentes espacios de soledad y no tanto, ambientes distintos alejados de la misma lejanía, enchufes de todo tipo para conectarse con el mundo (mientras uno está sumamente desconectado), todo destinado a la tranquilidad y la placer de la relajación escapando de las multitudes (la cafetería está pensada también como un espacio coworking). Buena música, buen aire, luces cuidadas, decoración sobria.

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Y como si esto fuera poco, sirven uno de los mejores y más variados cafés de especialidad que podamos encontrar en Buenos Aires. Un combo imperdible que enseguida se ha convertido en uno de nuestros espacios favoritos.

También porque la atención es más relajada y bastante superior que las vorágines entendibles de la sucursal madre en San Telmo.

También porque tienen un patiecito trasero que invita a quedarse horas en bancos eternos y silencios gratificantes.

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Y encima pudimos darnos el gusto de tomar el soberbio café Laurina (de la Isla Reunión) nuevamente y cada vez nos convencemos más de que este varietal es de lo mejor que probamos en el año, sino el mejor (lo pedimos nuevamente en V60 y preparado de forma magistral por uno de sus mejores baristas). Flores, dulce, licor, dulce y finalmente su finish herbal y de caña magistral. También pedimos su café de la semana que era un Etiopía en espresso que nos reafirma que los cafés africanos son de nuestros predilectos.

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Ofrecen como siempre un montón de orígenes en todos los filtrados posibles, bebidas frías, espresso de la semana, blend Coffetown, pastelería de primera al igual que los baristas (y prontamente tendrán más novedades).

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Acompañamos con un muy buen budín de limón y por el placer de encontrar estos recovecos donde nada más importa que el momento en la ciudad del café.

 

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Coffee Town

Jorge Luis Borges 1660 (Palermo)

CABA.

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FU-KING BAR: el maravilloso oriente de neón 賦

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“La palabra FU se define como un sinograma o carácter han (chino tradicional: 漢字, chino simplificado: 汉字, pinyin: hànzì) y es un logograma originario de China. Los sinogramas eran utilizados antiguamente por las naciones de Asia del Este para escribir textos en chino clásico, y posteriormente lo han sido en la escritura china y la japonesa, así como en la coreana, en la vietnamita y en otros idiomas.”

 

Una esquina que huele bien, con luces que encandilan el cielo de neones bien brillantes, muestra una fachada típica de algún barrio taiwanés, chino o por qué no, japonés. Las culturas asiáticas tradicionales tienden a lo despojado pero cómodo, a las filosofías y a los significados de las cosas con las que se comprometen. Los neones, abrazan, llaman la atención de cualquiera que roce la mirada con esta esquina. Una cantina asiática con todas las letras y con pocos asiáticos.

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Una vez adentro, uno se sumerge aún más en aguas coreanas, cantonesas o las fusiones logradas de oriente, entre lo tradicional y lo modernamente culinario. Las olas de información pasan por las retinas, barra de tragos descontracturada, la cocina con parrillas humeantes que no paran de sacar platillos sinuosos y foráneos para el argentino medio, tachos grandes que emulan mesas, barras altas y sillas cerveceras estratégicamente dispuestas. No hay mucho confort; eso se deja más para lo auditivo, lo brutalmente visual, el olfato (los aromas arrullan el aire): la gama de sentidos interactúa con la sorpresa y nos dejan más que gratificados con un todo donde las sillas altas pasan a un segundo plano.

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Madera, ladrillos, enrejados por donde cunden enredaderas, empapelados nipones y la galería de neones (el ámbito es rojo y verde) atraviesan nuestras mentes, así como también todos los detalles orientales (lámparas chinas, adornos) que a modo de juguetes nos depositan inmediatamente en una dimensión asiática distinta. La música (con dj en vivo) aporta entorno disco-glam, barullo y sofisticación. Ambiente e identidad no faltan en este restobar. A la gente se la ve alegre y con disfrute, y no es un detalle menor.

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Se ofrecen tragos de autor, aguas, gaseosas y variedad de cervezas (hasta asiáticas). De postre: créme brulée (como caída del espacio exterior) y helados melona.

Pero claro está que lo que nos comuna en Fu-King Bar es su comida. Salida de una película del sudeste asiático el varieté que ofrecen es interesante, original y muy cuidado. Hay dumpligs (ravioles chinos a la plancha), wantons (ravioles chinos), springrolls (empanadas chinas), yakitoris (pinchos de pollo a la parrilla), ceviches, pokes (mix de carnes, con shari y vegetales), yakimeshi (wok de arroz y vegetales), entre otros platos. Recorriendo así la comida china, coreana, japonesa y hasta vietnamita, pasando por las fusiones nikkei y obviamente con las pequeñas variantes y adaptaciones argentinas, pero respetando bastante lo tradicional.

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Pedimos Dumplings (rellenos de cerdo, nira y verdeo) que sabían al mismo sudor de Dios, con un nivel superior y magistralmente sabrosos (tuvimos que pedir otra vuelta). El jiaozi o dumpling chino común consiste generalmente en carne y verduras picadas finas y envueltas por un trozo fino y elástico de masa. Entre los rellenos populares se cuentan el cerdo picado, la carne picada, el pollo, la gamba e incluso el pescado. También son populares mezclas como cerdo con repollo chino, cerdo con cebollino, cerdo y gamba con verdura, cerdo con cebolleta, cebollino con huevo revuelto, etc. Las mezclas del relleno varían según los gustos personales y la región. El jiaozi suele hervirse o cocerse al vapor. En este caso fueron preparados a la plancha y acompañados de una salsa a base de soja y brotes. En el norte de China, los dumplings se comen con una salsa para mojar hecha con vinagre y aceite o pasta de guindilla, y ocasionalmente con algo de salsa de soja añadido.

El Nira, también llamado cebollino chino o cebollino ajo, se trata de un ingrediente muy utilizado en la gastronomía asiática con un sabor más parecido al ajo que al cebollino. Es una verdura de la familia del cebollino y del ajo, con hojas largas y planas de color verde oscuro, tienen un sabor algo más potente, a mitad entre ajo y cebollino.

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Exquisitos Wantons chinos rellenos de langostinos, verdeo y hakusai (una variante de repollo asiático). Los wontons son otro tipo de dumplings, típicamente cocidos en un caldo o sopa claro y hechos con un relleno cárnico. La cubierta exterior es diferente (más gruesa y menos elástica) a la del dumpling. Aquí los sirven fritos.

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Springrolls (de cerdo y langostinos) imposibles de igualar en el barrio chino, de corte más moderno y fusionado, muy ricos y picosos. Conocidos en América como rollitos primavera, parecido a la lumpia,  son unos  rollos elaborados de una pasta, rellenos de diferentes verduras picadas en juliana y algo de carne picada. El springroll tiene una masa (que hace la función de envoltorio) elaborada con harina de arroz, estilo vietnamita y tailandés, mientras que en China se utiliza sólo harina de trigo. Existen variantes de este plato en casi todas las cocinas asiáticas: Tailandia, Corea, Vietnam, Indonesia y Japón. En Filipinas e Indonesia este plato es conocido como lumpiá (lumpia en indonesio).

 

Yakitoris (pinchos de pollos con salsa teriyaki) de un sabor absoluto, de los mejores que se pueden encontrar en Buenos Aires. El ají picoso estilo tailandés estaba endiablado.

Niku yaki (pinchos de ojo de bife a la parrilla marinados en salsa de soja, mirin y jengibre), tiernos y con el típico picor oriental que tanto nos gusta.

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Como plato principal, nos tentamos con un Yakimeshi (wok de vegetales, huevo y arroz), correcto y bien condimentado. Básicamente un arroz salteado. Su verdadero origen proviene de china. La manera tradicional es cocerlo frito. En la receta original se saltean diversos ingredientes, como arroz estilo japonés hervido y enfriado, omelette (o huevo revuelto), carne y/o vegetales. Nosotros lo pedimos con pollo.

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Ofrecen también como especialidad, y nos quedaron pendientes, los Poke. El auge del pescado crudo, la moda del bol como recipiente estético y la combinación de superalimentos hacen de este plato una interesante apuesta gastronómica como ya lo fueron en su día el sushi, el tartar o el ceviche. Aunque ahora se sirva en un bol condimentado con otros ingredientes inspirados en la comida japonesa y de otros países asiáticos (también está el estilo hawaiano), lo cierto es que el Poke (pronunciado poh-kay) era un pescado crudo marinado que sobraba del día y que se aprovechaba como aperitivo. Aunque suele hacerse con ahi –el ‘ahi poke’, hecho de atún–, las nuevas versiones admiten el pulpo (‘tako poke’), el salmón y otros tipos de sashimi cortados en dados, en ocasiones sobre una base de arroz (Shari). Como ocurre con la comida oriental el corte de la pieza importa, no en vano su nombre quiere decir algo así como ‘cortar transversalmente en trozos’.

Las presentaciones y la estética están muy logradas, cuidando cada detalle, pero de manera relajada en platitos enlosados pintorescos.

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Hay que reservar si se quiere comer a la hora planificada. La atención es esmerada. Las camareras están siempre atentas, brindan orientación y en general los tiempos de espera no son muy grandes. Los precios de los platos promedian los $250, lo cual no parece muy caro en comparación con otros restaurantes, pero hay que tener en cuenta que, para el panzón promedio argentino, no habrá una completa satisfacción antes de los 3 o 4 platos.

Nos quedaron algunas opciones para las próximas visitas, que serán frecuentes en los proximos tiempos.

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Si nosotros empezamos este camino de Patyando con la escusa de conocer experiencias culinarias superiores, y además con el objetivo de recomendar lugares novedosos y de alta calidad, Fu-King cumple con ambas premisas con creces. La experiencia fue sobresaliente, y al lugar le sobra “onda” (el mismo nombre del emprendimiento es un guiño apropiado), lo que hace que al traspasar sus puertas uno deje atrás sus últimos rastros de occidentalidad.

 

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Fu-King Bar

Thames 1402 (Palermo)

CABA.

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THE BURGER COMPANY: Compañía original y moda

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Nos costó mucho hacer una reseña de Burger Co. Tuvimos que volver 2, 3 y hasta 4 veces para poder apreciar su calidad y vislumbrar si no era solo una moda. Costó porque a pesar (y ya anticipamos algo) de su buena calidad de productos, de su moderno y enorme local y sus buenas intenciones, aun hablando estrictamente de comida, nos queda a mitad de camino.

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No dudamos de la originalidad de sus propuestas, que constantemente van renovando o proponiendo ediciones limitadas o menús ocultos (la caterva de hamburguesas que sacaron para el mundial, con ingredientes que representaban a cada país, fue un logro interesante y gran movida publicitaria), inteligencia en difusión y marketing, cautividad de público joven, modernidad y espacios cómodos (cuentan con un gran salón principal, 1er. piso, terraza y hermoso patio trasero).

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También destacamos la calidad de la comida, es muy buena, bien pensada y con combinaciones singulares y casi únicas.

El lugar acentúa ser tipo hamburguesería americana, grandes espacios sectorizados, neones, ladrillos y diseño enfocado a lo industrial. Mesas altas y bajas en madera y hierro (la moda cerveceril dejando su huella nuevamente), convirtiéndolo en un fast food con todas las letras (pertenece más a este segmento que a lo gourmet, lo parrillero o la cantina-cervecero).

Hay variedad de hamburguesas (muchas no se encuentran en su página), ricos nuggets, paletas de helados, aros de cebolla, ensaladas y hasta “café” Nespresso. Ofrecen aguas, gaseosas y 4 canillas de cervezas.

La atención siempre fue correcta y no mucho más. El pedido se hace en cajas bajo una cartelera con las opciones, y luego se entrega mediante el soniquete y luminosidad de un beeper.

Ahora bien, a nosotros no nos interesa las modas gastronómicas, las grandes colas (vayan temprano fuera de horarios picos porque si no es una experiencia tediosa), tampoco los condimentos Heinz son por si solos una tentación (sí un aporte que no nos vuelve locos), la excentricidad de la “onda food porn”, las suculencias incongruentes u obsoletas, solo el disfrute de comer una buena hamburguesa con calidad de ingredientes que hagan una experiencia gastronómica inigualable (aquí, en Argentina, no hay estrellas Michellin y tampoco lo pedimos, pero quizás siempre hay alguna “estrella”).

Esto último se cumple parcialmente en Burger Co. Todo es muy correcto, buenos tamaños de hamburguesa, el pan mejoró bastante sin ser la panacea, la carne tiene buen gusto en general pero se desarma horrores (una falla que se da en todas sus burgers y debería ser mejorable, la última vez se desprendió la mitad de una de nuestras Love Co. hacia el piso cual deshielo del Perito Moreno).

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A decir verdad, la mejor Burger con al que cuentan es la Love Co. Muy buena, con la carne en su punto, sabor parrillero ahumado por su salsa baconaise, buen queso, con cebolla colorada bien presente dando frescor, pero como dijimos se desarma. Las demás como la Duchess (que termina destruida por el aporte también de la escasa continencia del pan a la carne desmoronable, quizás por falta de tueste o por contextura propia) y la de pollo (Crispy Chicken) son dignas pero se quedan en buenas intenciones.

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Las papas afortunadamente fueron evolucionando (por suerte las últimas veces se frieron con aceite nuevo) hacia unas muy buenas fritas. Aquí se refleja un crecimiento.

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Por lo demás, resulta un buen local fast food (muy superior a otros), con buenas intenciones y bastante por mejorar sobre todo en el armado de las hamburguesas. ¿Es recomendable? Sí, sin ser de nuestras preferidas es una buena opción. ¿Es moda? También, pero ese es otro cantar.

 

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The Burger Company

Honduras 4733 (Palermo)

CABA.

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CAFÉ HAUS: de arepas, waffles y cafeces colombianísimos…

 

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“Tanto en Colombia como en Venezuela le llaman “arepa” a una masa redonda hecha con maíz blanco. Para muchos dentro de estos territorios, es un alimento indispensable (como el pan de cada día) y se disputan el origen entre ambos países.

Se puede decir que todo comenzó en la época precolombina en donde las mujeres indígenas comenzaron a remojar los granos de maíz y luego de quitarle la cáscara, procedían a moler los granos hasta alcanzar una textura similar a la harina. Al mezclarla con agua se creaba lo que hoy se conoce como masa de arepas para luego darle forma (chata y esférica) y cocerlas en ollas de barro.”
 

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Si uno deseara tomar buen café, con un buen acompañamiento para comer y un lugar amplio y aislado de la vorágine urbana, nosotros recomendaríamos CAFÉ HAUS.

Casi bar oculto, restaurante escondido, esta cafetería es muy distinta a sus pares de café de especialidad. Se encuentra atrás de un maxikiosco, luego de un pasillo, y se abre como un mundo nuevo alejado de toda rutina molestosa. Un salón largo y amplio con distintas disposiciones y comodidades. Es tan extenso que a veces parecería que faltan muebles. La calma cunde por estos lares y se agradece como compañera de estas aventuras. Aquí se respira algo de Colombia, por sus empleados amables y bien dispuestos, por el ambiente cargado de pinturas alusivas (cafeteras), por los sacos de café que adornan el lugar. Hay acento colombiano en los labios y en el aire.

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Dispone de un mostrador-exhibidor (con las distintas delicias que se ofrecen), en donde se encuentra la máquina Rhina de Rilo, la que no para de “sacar” los diferentes cafés. Hay un primer sector del salón con sillas y mesas muy cómodas y sillones con mesas ratonas, todo muy propicio para instalarse a tomar algo o trabajar con la PC. Más atrás, un entrepiso suave abre hacia más mesas y sobre la otra pared, unos boxes para alejarse aún más de la ruidosa avenida Santa Fe.

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Siguiendo con Colombia (y por fuera de las disputas acerca del origen) la arepa es la vedette del lugar; CAFE HAUS ofrece muchas variantes y las hace muy bien (aquí nos comenzó a gustar este delicioso plato extranjero). Además hay wraps, sándwiches, ensaladas, omelettes, huevos revueltos de todo tipo, etc. Todos estos deleites se ofrecen en almuerzos con toques originales y a precios muy convenientes. Hay combos muy apropiados (con gaseosa en vaso, :c ) Para beber, gaseosas, jugos, limonadas, aguas.

Probamos varias arepas y todas son rellenas, con varios ingredientes. La de carne mechada es muy rica y sin llegar a ser un pan, cumple esa función (aunque el tostado y la textura en boca son distintas, más áspera al paladar y opone más resistencia), el wrap de pollo es sabroso y llenador. Los combos de wrap y arepas vienen con ensalada y gaseosa por precios muy accesibles. Es ventajoso para el bolsillo y para probar comidas que quizás no estamos muy acostumbrados. Las arepas suelen salir con carne de varios tipos, que están mechadas (con cocciones largas, condimentadas y deshebradas) que le dan mucho sabor y textura muy suave.

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Para dulceros hay muffins, tortas, medialunas, budines, donas y brownies, entre otros. Pero los waffles son una bendición en esta tierra. Al probar el de nutella con helado y crema fue una avalancha de buen gusto y exquisita combinación de delicado placer. Un canto a dejar la dieta. Recomendadísimo!!!

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En cuanto al café, sirven los clásicos capus, espresso, flat white, latte frío, affogatos, y varias cosas originales como su capuccino rainbow, con un arte latte multicolor llamativo. Recientemente incorporaron arte latte 3D, pioneros en esta empresa, que aporta un colorido más, sobre todo si el café es bueno (lo principal). Hemos probado otras veces un Excelso de Colombia muy interesante y la última vez habían cambiado a un Nariño colombiano (tostado por All Saints) cultivado a 1900 m., de beneficio lavado y cosechado este mismo año, frescura total. Es un café muy rico, fino, equilibrado, con aroma chocolatoso, acidez frutal justa y un finish de pasas.

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En definitiva, un lugar altamente recomendable, que si bien es cafetería de especialidad, parece más un bar-restaurante colombiano con detalles de autor. Aquí el café no lo es todo, pero es importante. Aquí hay mucho lugar para la introspección y un esparcimiento solitario o con mucha compañía. Café, arepas y waffles, como una triada que apuntala, esperan bocas ansiosas de sabores diferentes pero no por ello menos exquisitos.

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Café Haus

Av. Santa Fé 3618 (Palermo)

CABA.

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MI BARRIO: LA hamburguesa porteña

 

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La Ciudad de Buenos Aires, la de los “100 barrios”, en realidad cuenta con 48 barrios formales (la mitad de los barrios que se hayan en Ushuaia, por ejemplo, la que realmente se podría jactar de tener 100 barrios) en sus 203 kilómetros de superficie. Cada uno de ellos acreedor de alguna singularidad que lo destaca, por su patrimonio histórico, los pulmones verdes, construcciones icónicas o por ver el nacimiento de algún personaje notorio. Sin embargo, la mayoría de estas zonas comparten una misma identidad: el tango, el fútbol y los clásicos bares, estas características son parte de la idiosincrasia local y se convirtieron con el tiempo en atractivos turísticos.

Así es el caso del barrio de Boedo. Este barrio debe su nombre a Mariano Joaquín Boedo, prócer de la independencia argentina y diputado nacional por la provincia de Salta. Se desempeñó como vicepresidente del Congreso de Tucumán y fue uno de los firmantes del Acta de la Independencia. La Ciudad rescató su recuerdo y lo incorporó al catastro municipal el 6 de marzo de 1882, dando origen a la calle que hoy lleva su nombre.

Con el correr del tiempo la zona semi-rural que rodeaba la calle Boedo se fue transformando. Era una importante vía de circulación utilizada por vehículos de tracción a sangre y por tropillas de animales arriadas hacia los antiguos mataderos. Más adelante, y con la llegada de los primeros tranvías, la zona se pobló, se convirtió en barrio y fue habitado por inmigrantes que pronto comenzaron a organizarse.

El barrio de Boedo es un fiel testimonio de esta identidad porteña tan arraigada. Posee una gran riqueza cultural y junto al Abasto es una de las áreas más arrabaleras que posee la Capital Federal. Fue en algunos de sus bares donde músicos y compositores como Homero Manzi y Osvaldo Pugliese les dieron forma a famosos tangos argentinos.

Boedo fue cuna de los primeros teatros independientes de origen proletario y el sitio que eligieron grandes artistas y escritores, como Discépolo, Roberto Arlt, Enrique González Tuñón y César Tiempo, entre otros.

Además de tango y teatro, Boedo también fue sede del Club Atlético San Lorenzo de Almagro, uno de los cinco equipos de fútbol más famosos de la Argentina.IMG_20180816_213008493_LL

 

En Boedo también se encuentra una de las franquicias más recientes de la hamburguesería Mi Barrio (que ya cuenta con 14 locales, incluyendo uno en Mendoza). Ubicado en la avenida Boedo, en las cercanías con el cruce con la avenida Independencia, este local se muestra como un exponente más de fachada cervecera, de banquillos altos en madera y hierro, con mesas largas, comunales e informales. Aquí predominan el blanco y negro como contrapuntos de identidad, con grandes murales que aducen alegorías del barrio que representan (así también es la decoración de otras tantas franquicias, incluida la de Palermo que también hemos visitado). Cuenta con mesas y sillas en la vereda con sombrillas y sillas plegables. (Palermo es igual pero un poco más pequeño y situado en una esquina).

La carta es un pizarrón a tono con el marco de las paredes, en donde se pueden apreciar las distintas burgers o “barrios” (cada una representa el espíritu de algunos barrios porteños), las cuales van desde los 170 g de carne hasta dobles de un total de 400 gramos.

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El servicio es muy correcto, aunque puede llegar a ser caótico en horas picos (sumados a los take away de apps).

Tienen aguas, gaseosas, cerveza Patagonia tirada que sirven en longilíneos y pitucos vasos.

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En las mesas nos encontramos con servilletas, mostazas, kétchup y cuentan con bbq picantes. Las mayonesas se piden aparte pues están refrigeradas (como debe ser). Las burgers se pueden pedir solas o en combo con papas (son de calidad) y bebida a precios razonables (alrededor de 300 pesos). También hay papas tuneadas con queso cheddar derretido y panceta crocante o las papas fritas Bourbon, servidas con una especial salsa BBQ con Whisky Bourbon, carne picada salteada con cebolla, crema agria, jalapeños y ciboulette.

Para la confección de esta reseña elegimos dos de las franquicias (Boedo y Palermo) y comprobamos que no existen diferencias importantes en cuanto a la calidad y preparado del servicio. Tal vez, la de Palermo nos resultó más amigable por la mayor rapidez del expendio y el contacto más estrecho con el personal (en otra entrada de este mismo blog hemos hablado de la historia del barrio de Palermo).

Elegimos algunas opciones del menú:

La Boca, 170 gramos de carne vacuna, cheddar con cerveza (melt), doble panceta, cebolla crispy y salsa Jameson bbq. Muy buena, bien quesosa.

Palermo, carne vacuna, cheddar, panceta, huevo a la plancha, cebolla y salsa bbq.

Puerto Madero, nachos, cheedar, mayonesa de palta, jalapeños, frijoles, cholo, cilantro. Original y diferente.

El pan es muy adecuado, acompaña bien, esponjoso y con semillas de sésamo blanco y negro. La carne (un blend de tres cortes) en su punto, con poco amasado y jugosa. En cada opción, los toppings están equilibrados y son de calidad. Ninguno falta y ninguno sobra.

Cada mes, la firma presenta alguna Burger novedosa que representa a un barrio fuera de los fijos. En este caso probamos la Vicente López:  en donde el pan se reemplazó por un exquisito croissant, pata de jamón natural, mayonesa de trufa negra, duxelle de champiñones, doble queso brie (de impresionante sabor). Un digno exponente de lo que debe ser una burger gourmet bien pensada y equilibrada. Ojalá la incorporen al menú fijo.

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Mi Barrio es más que una cadena de hamburguesas. Destacamos la variedad, el propósito de innovación y el cuidado de sus productos. Solo fuimos a dos franquicias y la experiencia fue buena en ambas, sin encontrar diferencias. Es excelente que los que vivimos en alguno de los barrios de Buenos Aires no tengamos que desplazarnos hacia los lugares céntricos para comer una buena burger. ¡Dos franquicias más que recomendables!

 

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Mi Barrio

Av. Boedo 784 (Boedo)

Uriarte 1504 (Palermo)

CABA.

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