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LA ESQUINA: de la Burger roquera

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¿Bar?

Una ochava entera donde se susurra música deleitable, conocida. Pintada de negro. Adentro, sillas de metal coloridas, colorinche. Etiquetas, pegatinas de todo tipo, que recuerdan que el hardcore estuvo haciendo fuerza en los noventas y que el punk siguió viviendo.

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Lo multifacético del lugar tiene tiempo para plantas que cuelgan como junglas y dan vida a un ambiente rockero de cemento, cervezas y hamburguesas. Pero no es una cervecería ni una hamburguesería, aunque se codee con ello. Si bien en su carta hay una jugosa oferta de burgers carnívoras y veggies con originales toppings, panchos tuneados y papas inundadas de ingredientes, el lugar nos recibe con música alta pero plausible, con estímulos sensoriales que nos retrotraen (a los más jovatos al menos) a las noches de Cemento y Die Schule, al rock y la bebida, a lo oscuro y por qué no, a lo prohibido. ¿Qué hay en esos antros que atrapa a la gente? La Esquina, sin llegar a tener esa opacidad y misterio, cumple completamente con la semejanza, como stopeada en el tiempo, como sumida en formol, con la premisa roquera y lugar de encuentro y relajo (para amigos, parejas, y solitarios y sus remembranzas), de noctambulaje etéreo sin tiempo y ¿de pecado?

Claro que hay pecado con un buen menú de hamburguesas con misteriosos y originales ingredientes (que llaman, que atraen y nos dejan dudando por cuál decidirnos) de estos edificios de carne y acompañamientos gourmet: fontina, provolone, ananá, coleslaw, sirachas, aderezos maleables, todos están invitados.

Y desde que fuimos las primeras veces (el ambiente no cambia, la atención es buena), desde aquellas Cheese Burgers ricas, de buen gramaje y abundantes pesajes, pero con demasiado mostakechup embadurnando el todo, pero dejando denotar un buen producto, hasta las novedosas burgers más contundentes (un medallón alto) que recientemente probamos. La denominada “La Esquina”, con el coleslaw que lo dice todo, acidez, cremosidad, frescor; el fontina de calidad, rico, y más rico, panceta y el crispy de la cebolla que acierta la crocancia, la carne en su punto irrumpe en la boca como una llamarada de sabor. Muy bien casi 10, felicitado (originalísima). Y “La King”, clásica, con lechuga, tomate (rodajones demasiado grandes), panceta, pepino, cheddar, cebolla fresca, mayo y kétchup, cumplidora (emula a un Whopper pero bien hecho, caserito y logrado).

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¿Las papas? Rústicas y de buena faena, acompañan bien sin ser de alto octanaje.

Hay buena birra, ofrecen media pinta (¡¡¡al fin alguien!!!) y con precios acordes. Tragos clásicos de bar de antes (noventas también). Gaseosas y aguas.

Ensaladas por las dudas y lo mejor de todo es el precio: Burger con papas y bebida sin alcohol $250, con birra $300. No abunda esta oferta por algo bien hecho y de calidad. Un bar (porque en definitiva es un bar) que cumple, sin ser su función la de competir con las grandes hamburgueserías, pero juega bien en un ambiente distinto y descontracturado.

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Creemos que hay que darle oportunidades a las cocinas que están fuera de los circuitos clásicos y de moda. Hay otra luz, otros terrenos como La Esquina, rockeros, que remembran no solo las hamburguesas clásicas y las gourmets reversionadas sino también un pasado melancólico, pero orgullosamente actualizado.

 

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La Esquina

Gorriti 5608 (Palermo)

CABA,

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KLUB POLACO: el finger food de Europa del este

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En la tierra del asado aprendimos, ya hace un tiempo, a comer sushi, hummus, sabemos lo que es un taco, nos deleitamos con los dumplings y muchos centenares de recetas étnicas que con la globalización fueron acercándose a nuestro régimen criollo e inclusive ampliándolo. Quizás lo más destacado de los países de Europa central y del este es el chucrut y el goulash, los cuales son compartidos por varias naciones de esa geografía. Pero ¿sabemos qué es un placki, una zapiekanka o los pierogi? Estas comidas son recetas tradicionales de Polonia y se pueden degustar en el Klub Polaco de Palermo, un patio cervecero casi oculto engarzado entre un centro comunitario y el propio club rojiblanco.

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La entrada es un gran pasillo anexado al edificio de la Unión de los Polacos de La República Argentina, y al fondo se abre, a modo de abanico, un patio rodeado de plantas estratégicamente dispuestas y en su centro un árbol de mandarinas regocija el lugar. Aquí se depositan sillas y mesas altas bien cerveceras, mesas ratonas apuntaladas por barriles a modos de sillas, guirnaldas de luces, mesones, más sillas, aire libre y mucha onda. En la galería interna que circunda al patio se encuentra una amplia barra por donde se solicitan y entregan los pedidos. Hay múltiples espacios con sillones, mesas bajas, altas, silla a la barra, luces acogedoras y bien situadas, una decoración de paredes rojas y murales, afiches musicales, y muchos guiños a la vieja época comunista de Europa del este. La música es muy interesante, indie, rock, etc., recorre el aire al igual que la tranquilidad del lugar bien adentro y alejado del barullo palermitano.

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La carta fluctúa entre cervezas tiradas, porrones y latas de múltiples países, tragos de autor, gaseosas y aguas (nos quedamos con ganas de la sidra tirada). En cuanto a la comida el menú se acentúa en tres grandes aspectos, las Zapiekankas (mitades de baguettes que surgieron en los 70s con la crisis de la viaja URSS y siendo un plato económico con pan untado con manteca que se le encimaban champiñones, quesos, todo al horno y luego se salpicaba con kétchup, pudiéndose encontrar luego muchas variantes), plato casi nacional y distintivo de la vieja Polonia y muy tradicional actualmente por su estilo de comida al paso compartiendo el mismo segmento quizás que los sándwiches y las pizzas. Pedimos el Krakow que sale con tomate, salchicha polaca, pepino encurtido y chucrut. Rica, quizás un tanto escasa de ingredientes, con una gran baguette suave y sabrosa. La Hell Chicken, con pollo saltado, salsa picante, muzzarella y verdeo, era monumental. Y la Clásica con champiñones saltados, parmesano y perejil logró que termináramos siendo fanáticos de estos platos. El pan es excelente y de calidad.

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Pedimos también unos Pierogi: una clase de empanadas hervidas rellenas con chucrut, papa y carne, servidas con salchichas saltadas. Interesantes, pero hay que acostumbrarse al sabor avinagrado y ácido típico de esas latitudes.

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Tienen bastante variedad de hamburguesas, clásica con lechuga y tomates, estilo americano, estilo francés, y varias más (todas de 170g y acompañadas con papas fritas), pero pedimos la Poslki con 60 % carne y 40 % cerdo. El medallón venía con queso Holanda, chucrut y pepinos, con un pan decente (pero podría mejorar) daban una combinación que nos sorprendió; el gramaje era correcto, poco amasado, buen punto y verdaderamente delicioso (con ese acento del cerdo) e interactuaba muy bien con los sabores encurtidos que contenía (otra vez un gusto al que el argentino medio no está acostumbrado). Muy recomendable y seguramente iremos a probar las otras que pese a ser una cervecería se abren paso con buenos productos y un tanto exóticos.

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La única contra fueron las papas fritas, tanto las que venían con la Burger como las que pedimos con queso cheddar-verdeo-panceta, parecían sobre cocidas, un tanto secas, verdaderamente flojas. Pero seguro pueden mejorarlas.

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También hay otros platillos finger food como los nugget de pollo, bastones de queso, bagel dogs y su tradicionales Placki de papa (croquetas de papa fritas) que quedaran para una próxima ansiada visita.

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En definitiva, un lugar que nos sorprendió mucho, por su tranquilidad, por su decoración, por su patio casi único y apacible, por la buena atención, los precios razonables y por un menú escueto pero muy propio. Si buscan lugares distintos, propuestas diferentes a las hamburguesas, tacos y ahumados (que tanto sobran) prueben en el Klub Polaco donde tendrán nuevos aires y podrán probar la tradición y un poco de la añoranza de la vieja Polonia en pleno siglo XXI.

 

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KlubPolaco

Jorge Luis Borges 2076 (Palermo)

CABA.

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FU-KING BAR: el maravilloso oriente de neón 賦

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“La palabra FU se define como un sinograma o carácter han (chino tradicional: 漢字, chino simplificado: 汉字, pinyin: hànzì) y es un logograma originario de China. Los sinogramas eran utilizados antiguamente por las naciones de Asia del Este para escribir textos en chino clásico, y posteriormente lo han sido en la escritura china y la japonesa, así como en la coreana, en la vietnamita y en otros idiomas.”

 

Una esquina que huele bien, con luces que encandilan el cielo de neones bien brillantes, muestra una fachada típica de algún barrio taiwanés, chino o por qué no, japonés. Las culturas asiáticas tradicionales tienden a lo despojado pero cómodo, a las filosofías y a los significados de las cosas con las que se comprometen. Los neones, abrazan, llaman la atención de cualquiera que roce la mirada con esta esquina. Una cantina asiática con todas las letras y con pocos asiáticos.

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Una vez adentro, uno se sumerge aún más en aguas coreanas, cantonesas o las fusiones logradas de oriente, entre lo tradicional y lo modernamente culinario. Las olas de información pasan por las retinas, barra de tragos descontracturada, la cocina con parrillas humeantes que no paran de sacar platillos sinuosos y foráneos para el argentino medio, tachos grandes que emulan mesas, barras altas y sillas cerveceras estratégicamente dispuestas. No hay mucho confort; eso se deja más para lo auditivo, lo brutalmente visual, el olfato (los aromas arrullan el aire): la gama de sentidos interactúa con la sorpresa y nos dejan más que gratificados con un todo donde las sillas altas pasan a un segundo plano.

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Madera, ladrillos, enrejados por donde cunden enredaderas, empapelados nipones y la galería de neones (el ámbito es rojo y verde) atraviesan nuestras mentes, así como también todos los detalles orientales (lámparas chinas, adornos) que a modo de juguetes nos depositan inmediatamente en una dimensión asiática distinta. La música (con dj en vivo) aporta entorno disco-glam, barullo y sofisticación. Ambiente e identidad no faltan en este restobar. A la gente se la ve alegre y con disfrute, y no es un detalle menor.

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Se ofrecen tragos de autor, aguas, gaseosas y variedad de cervezas (hasta asiáticas). De postre: créme brulée (como caída del espacio exterior) y helados melona.

Pero claro está que lo que nos comuna en Fu-King Bar es su comida. Salida de una película del sudeste asiático el varieté que ofrecen es interesante, original y muy cuidado. Hay dumpligs (ravioles chinos a la plancha), wantons (ravioles chinos), springrolls (empanadas chinas), yakitoris (pinchos de pollo a la parrilla), ceviches, pokes (mix de carnes, con shari y vegetales), yakimeshi (wok de arroz y vegetales), entre otros platos. Recorriendo así la comida china, coreana, japonesa y hasta vietnamita, pasando por las fusiones nikkei y obviamente con las pequeñas variantes y adaptaciones argentinas, pero respetando bastante lo tradicional.

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Pedimos Dumplings (rellenos de cerdo, nira y verdeo) que sabían al mismo sudor de Dios, con un nivel superior y magistralmente sabrosos (tuvimos que pedir otra vuelta). El jiaozi o dumpling chino común consiste generalmente en carne y verduras picadas finas y envueltas por un trozo fino y elástico de masa. Entre los rellenos populares se cuentan el cerdo picado, la carne picada, el pollo, la gamba e incluso el pescado. También son populares mezclas como cerdo con repollo chino, cerdo con cebollino, cerdo y gamba con verdura, cerdo con cebolleta, cebollino con huevo revuelto, etc. Las mezclas del relleno varían según los gustos personales y la región. El jiaozi suele hervirse o cocerse al vapor. En este caso fueron preparados a la plancha y acompañados de una salsa a base de soja y brotes. En el norte de China, los dumplings se comen con una salsa para mojar hecha con vinagre y aceite o pasta de guindilla, y ocasionalmente con algo de salsa de soja añadido.

El Nira, también llamado cebollino chino o cebollino ajo, se trata de un ingrediente muy utilizado en la gastronomía asiática con un sabor más parecido al ajo que al cebollino. Es una verdura de la familia del cebollino y del ajo, con hojas largas y planas de color verde oscuro, tienen un sabor algo más potente, a mitad entre ajo y cebollino.

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Exquisitos Wantons chinos rellenos de langostinos, verdeo y hakusai (una variante de repollo asiático). Los wontons son otro tipo de dumplings, típicamente cocidos en un caldo o sopa claro y hechos con un relleno cárnico. La cubierta exterior es diferente (más gruesa y menos elástica) a la del dumpling. Aquí los sirven fritos.

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Springrolls (de cerdo y langostinos) imposibles de igualar en el barrio chino, de corte más moderno y fusionado, muy ricos y picosos. Conocidos en América como rollitos primavera, parecido a la lumpia,  son unos  rollos elaborados de una pasta, rellenos de diferentes verduras picadas en juliana y algo de carne picada. El springroll tiene una masa (que hace la función de envoltorio) elaborada con harina de arroz, estilo vietnamita y tailandés, mientras que en China se utiliza sólo harina de trigo. Existen variantes de este plato en casi todas las cocinas asiáticas: Tailandia, Corea, Vietnam, Indonesia y Japón. En Filipinas e Indonesia este plato es conocido como lumpiá (lumpia en indonesio).

 

Yakitoris (pinchos de pollos con salsa teriyaki) de un sabor absoluto, de los mejores que se pueden encontrar en Buenos Aires. El ají picoso estilo tailandés estaba endiablado.

Niku yaki (pinchos de ojo de bife a la parrilla marinados en salsa de soja, mirin y jengibre), tiernos y con el típico picor oriental que tanto nos gusta.

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Como plato principal, nos tentamos con un Yakimeshi (wok de vegetales, huevo y arroz), correcto y bien condimentado. Básicamente un arroz salteado. Su verdadero origen proviene de china. La manera tradicional es cocerlo frito. En la receta original se saltean diversos ingredientes, como arroz estilo japonés hervido y enfriado, omelette (o huevo revuelto), carne y/o vegetales. Nosotros lo pedimos con pollo.

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Ofrecen también como especialidad, y nos quedaron pendientes, los Poke. El auge del pescado crudo, la moda del bol como recipiente estético y la combinación de superalimentos hacen de este plato una interesante apuesta gastronómica como ya lo fueron en su día el sushi, el tartar o el ceviche. Aunque ahora se sirva en un bol condimentado con otros ingredientes inspirados en la comida japonesa y de otros países asiáticos (también está el estilo hawaiano), lo cierto es que el Poke (pronunciado poh-kay) era un pescado crudo marinado que sobraba del día y que se aprovechaba como aperitivo. Aunque suele hacerse con ahi –el ‘ahi poke’, hecho de atún–, las nuevas versiones admiten el pulpo (‘tako poke’), el salmón y otros tipos de sashimi cortados en dados, en ocasiones sobre una base de arroz (Shari). Como ocurre con la comida oriental el corte de la pieza importa, no en vano su nombre quiere decir algo así como ‘cortar transversalmente en trozos’.

Las presentaciones y la estética están muy logradas, cuidando cada detalle, pero de manera relajada en platitos enlosados pintorescos.

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Hay que reservar si se quiere comer a la hora planificada. La atención es esmerada. Las camareras están siempre atentas, brindan orientación y en general los tiempos de espera no son muy grandes. Los precios de los platos promedian los $250, lo cual no parece muy caro en comparación con otros restaurantes, pero hay que tener en cuenta que, para el panzón promedio argentino, no habrá una completa satisfacción antes de los 3 o 4 platos.

Nos quedaron algunas opciones para las próximas visitas, que serán frecuentes en los proximos tiempos.

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Si nosotros empezamos este camino de Patyando con la escusa de conocer experiencias culinarias superiores, y además con el objetivo de recomendar lugares novedosos y de alta calidad, Fu-King cumple con ambas premisas con creces. La experiencia fue sobresaliente, y al lugar le sobra “onda” (el mismo nombre del emprendimiento es un guiño apropiado), lo que hace que al traspasar sus puertas uno deje atrás sus últimos rastros de occidentalidad.

 

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Fu-King Bar

Thames 1402 (Palermo)

CABA.

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THE FOOD TRUCK STORE: una de las mejores del barrio

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Un food truck dentro de un restaurant, un galpón bien reciclado, un gran patio, cerveza, paninis preliminares y la apuesta fuerte con hamburguesas de diseño. Eso es The Food Truck Store.

Chapas, ladrillos, caños que circulan a través de las paredes terminando en luces. Todo industrialoide, muy bien armado. Hasta un rústico escenario parece vislumbrarse al fondo y arriba del gran local.

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El food truck arranca en su alargada estructura con la caja y la cocina detrás de un armazón, a modo de truck verdadero. La gran carta choca con los ojos y aparecen las elecciones: paninis, hot dogs, papas fritas varias, cafetería y 11 burgers solas o en combos, más 3 homenajes (hay algunos más que se “deben” ir adivinando en qué día se dispensan, son solo 30 las que se manufacturan).

Frente a la cocina, un apartado-barra para tragos y 5 canillas de cervezas, y más allá, el salón amplio, alto y poblado de mesas de madera y sillas coloridas, mesas más elongadas y junto, a la derecha, un patio al aire libre muy acogedor.

Las luces, irregulares luces que cuelgan, macetas, semáforos, carteles escritos en tiza con leyendas: “La Emily”, “la mejor de Recoleta”, “las papas más ricas” etc. Cartelillos en madera, en chapa, con nombres de calles recoleteras desperdigados por las paredes (negras, oscuridad de medio día), piso de adoquines emulando una calle. Un hermoso caos ordenado.

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En resumen, un lindo lugar con acertada onda cerveceril, relajado, buena música… pero ¿y las hamburguesas tan en auge, tan renombradas desde hace unos 3 meses?

Pedimos 2 de los 3 homenajes que había ese sábado a las 12 hs. La famosa Emily (homónima de la pizzería neoyorquina) y la Smoke (tributo a Shake Shack). La primera venía en un gran tamaño de pan de pretzel (un formato de pan que antes de hornearse se hierve unos instantes en agua con soda cáustica), el cual nos resultó un tanto seco. Los dos pattys vienen con abundante cebolla correctamente caramelizada, un queso perdido en el espacio que abarca todo el montón de la gustosa y picosa salsa Emily (bastante picosa). El conjunto resulta rico, pero nada de panaceas ni descubrimientos “epopéyicos” para el paladar. Algunos dicen que la recreación es bastante acertada y lo aplaudimos, y aunque no es una hamburguesa que pique bien en punta, aprueba totalmente.

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Por otro lado, en el caso de la Smoke sale con pan de papa (un poco más fresco que el anterior) el cual debemos dejar en claro que le da cierta textura, pero la papa no aporta sabor en estos panes (en panes de papa en general), lo encontramos adecuado y soportaba bien al monopatty, el cheedar abundante, la correcta panceta, los morrones asados y la salsa shake que agregaba humedad. Una burger clásica, que, si nos guiamos por el nombre, poco sabor ahumado encontramos; solo una hamburguesa con queso rica y muy bien hecha. Productos buenos, buena textura de carne, excelente punto de cocción.

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Las papas bastante bien, pero algunas se aunaban en un racimo de varias de ellas y a medida que perdían calor se tornaban un tanto duras. Pese a la forma original ondulada, podrían mejorar bastante.

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Con todo, nos pareció un lugar digno para probar hamburguesas; se nota el esfuerzo de superarse en sus recetas, la calidad de materia prima y originalidad en ofrecer paninis y burgers (se la juegan como casi ninguno en los homenajes). Habría que confirmar la premisa de la mejor del barrio pues tiene otros grandes rivales con productos audaces y sabrosos. Un bar temático, canchero, con buena comida (hay que probar otras cosas del menú). Si están por la zona podrían ir a testear a una de las mejores burgers del barrio (¿la mejor?).

 

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The Food Truck Store PANINI

Av. Callao 2092 (Recoleta)

CABA.

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BURGER MOOD: de terrazas y hamburguesas

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Integrado hasta ahora por dos locales (ofrecen franquicias) Burger Mood es un viejo conocido en el gremio de las hamburguesas. El local más nuevo (de Palermo) es amplísimo, con fachada vidriada e interior estilo semi industrial, moderno, con onda reggae/rock, relajado y tranquilo. Como todas las casas recicladas de Palermo, también se exhiben tuberías y paredes antiguas de ladrillos expuestos y remozados, con un patio trasero con una sección hermosamente vidriada y el detalle de un jardín vertical. Una barra principal amplia, (con sillones altos rústicos y de hierro) recorre la planta baja, donde abundan las mesas y sillas de hierro tipo cerveceril, y las luces tenues cuelgan de techos altos. Toda esta ambientación y la longitud de la estructura de entrada conducen a la unión de su patio interno con la escalera que nos introduce a otro mundo. Una terraza amplia, decorada como patio cervecero y un pequeño quincho que la secunda. Barras y mesas largas de hierro y madera (¿cuándo no?), amplios sillones tipo decks bordeando mesas bajas. Todo con aire jovial, relajado, la buena música circunda el ambiente. Una terraza espectacular para disfrutar con amigos birrautas, muy cómoda y para los cultores de ella, con mucha “onda”.

La atención es buena. El menú variado, tienen 5 cervezas tiradas, cócteles, gaseosas, aguas, wraps originales de pollo y veggie, kebas, salchipapas y thai porkballs (bocados exóticos para tentempié), ensaladas y hasta postres.

En materia de hamburguesas, las hay para todos los gustos y bastantes originales. Tienen 4 de carne vacuna, 2 de cerdo asado, 2 de pollo y una veggie de lentejas y avena. Se pueden acompañar con papas fritas que pueden venir tuneadas (con huevo, con guacamole o con cheddar-bacon-verdeo). Y también te podés armar tu propia aventura de Burger (single 100 p, doble 130 p y cada topping 10 p, salvo los toppings premiun 15 p, más las salsas diversas sin cargo).

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Cabe destacar que los miércoles es el día de 2×1 en burgers de las casa (las ya pre-armadas). Aprovechamos y pedimos la Cosanostra, blend de tres cortes, tomates secos, provoleta, rúcula y el fatídico pesto casero. La carne estaba bastante bien, pero el pesto tapa mucho, camufla todo el sabor del conjunto y la comunión entre carne-pan se aleja dando paso al pesto y a los tomates secos que se eyectan enteros al primer mordisco. Una lástima, calidad de productos frescos hay, es llenadora, y original. La Moodur viene con blend de carne, lomo ahumado, cheddar, huevo y aderezo de mostaza y miel. Abundante y gustosa, nada espectacular. Quizás la carne un tanto secona y el pan no destaca demasiado. Las papas acompañan muy bien, están bien hechas, sabrosas y crocantes.

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Los precios son más que accesibles y las promociones juegan un papel fundamental. Tienen comida mata hambre así que se justifica ir. El lugar es de los más amplios y no hace falta hacer grandes colas. Las burgers nos dejan con ganas de más. (Por ahí, el autoarmado hubiera mejorado la experiencia). Buenos productos, pero queda un poco a mitad de camino. A veces la originalidad hace que se impongan productos de sabores pronunciados que pueden invadir al conjunto. A veces, inclusive, es bueno poner solo una pequeña pincelada de salsa, de pestos, de tomates confitados; no todo es salsa bourbon, no siempre es kétchup en toneladas. Para nosotros, y es nuestro gusto, lo importante es poder apreciar el sabor de la carne, su textura, su gramaje, la mezcla con la sinergia del pan, algún vegetal sutil y un rico queso trivial. Al menos para empezar y ver cómo cranea un lugar sus hamburguesas.

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Burger Mood es una buena opción, que quizás antaño fue un poco más (dicen los que saben, ¿saben?), pero si querés un lugar cervecero con burgers que acompañan bien, sentir una brisa de la noche con amigos, es tu lugar seguro.

 

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Burger Mood

Thames 1627 (Palermo)

CABA.

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