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COFFEE MACHINE: Deus ex machina

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En Buenos Aires, donde día a día se incrementa el número de cafeterías de especialidad que compiten agradablemente para ofrecer las mejores variedades junto a las más correctas e innovadoras formas de extracción, el cliente suele extender su necesidad de un buen café para buscar otras opciones a la hora de sentirse cada vez más a gusto.

 Es así como nos detenemos a comparar y enumerar esos otros “extras” que acompañan a nuestro pequeño espacio de placer que nos trae el café. Buscamos un buen ambiente, la mejor música para nosotros, las sillas más cómodas, los acompañamientos más apetitosos, el perfecto lugar para acomodar nuestro cuerpo y sacudir la mufa con el perfume de unos buenos granos recién molidos. Cada vez nos volvemos más exigentes y nos fijamos en detalles que antes soslayábamos: si somos fumadores, un buen deck o un patio bien acondicionado constituye nuestro refugio de humo libre y muy pronto (en la medida que nuestras pretensiones avancen) será necesario un lugar para poder estacionar el vehículo mientras nos distendemos en la cafetería que elegimos.

 Por suerte, los emprendedores en esta nueva forma de servicio siempre se nos adelantan y cada día nos ofrecen nuevas opciones para nuestros espíritus ávidos de confort.

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COFFEE MACHINE forma parte de la nueva generación de cafeterías de especialidad en donde la experiencia supera nuestra necesidad de un café correcto. El ambiente respira un reciclado en donde se ha decidido conservar lo antiguo en su perfección y adaptando el resto a las modernas necesidades contemporáneas. Es así que el gran ventiluz de vitraux decorado preside el salón destellando colores que rebotan en los sillones y mesas de madera clara, en donde el negro del hierro combina con los azulejos rectangulares del área de servicio, también negros, en una apropiada armonía que nunca dispersa nuestros sentidos. Hay barras laterales y central. Hay un sillón al fondo; hay bancos amurados a la pared. Y para los amantes de los espacios a la calle, hay un deck con bastante capacidad en donde podés fumar tu cigarrillo o tu habano sin que nadie se sienta ofendido por ello.

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La atención es personalizada y cordial. Podés elegir lo que gustes y pagar en caja o ser atendido en tu espacio. La carta de bebidas ofrece todas las variantes de cafés calientes, licuados, protein-smoothies, jugos naturales y aguas saborizadas. También hay tés y chocolates. Para acompañar, unos buenos exponentes de patiseriè, cuadrados, croissants, budines, panes de queso, muffins. Todas las opciones están disponibles para llevar (Take away).

 

 

También hay alternativas para el desayuno y el almuerzo. Nos tentamos con unas ricas tartas, una de pollo y otra de verdura de excelente calidad y aspecto (el calentado con microondas restó un poco al sabor).

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En ese momento estaban ofreciendo un blend de Nicaragua (Puerto Blest), de aroma suave a avellana, acidez frutal, de buen cuerpo y un regusto agradable. El espresso estaba excelentemente extraído (Nuova Simonelli de por medio) y el capuccino bien ejecutado y con buena cremosidad.

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Estamos asistiendo a una nueva vorágine en donde ya casi se alcanza el centenar de cafeterías de especialidad en Buenos Aires. COFFEE MACHINE no es una más del montón. El cuidado en sus productos, la ambientación, el espacio para fumadores, la excelente atención y el soberbio café lo transforma en un lugar más que recomendable para llegar y depositar toda tu jornada en manos de quienes van a saber interpretar tus necesidades, dándote una buena experiencia con tu amante más fiel, el café.

 

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Coffee Machine

Esmeralda 81 (Microcentro)

CABA.

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MALAS EXPERIENCIAS EN LA UNION Y POSTA DE CAFÉ: El café de especialidad no siempre es especial.

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– Oiga Manolo, ¿de dónde viene este café que está sirviendo hoy?

– Hombre, que pregunta… pues de la bolsa, ¿de dónde quieres que venga?

 El típico bar de don Manolo no acepta este tipo de conversaciones. Porque don Manolo le compra su café al proveedor de siempre (que no siempre es el mejor) y el cliente ni se pregunta si en dicha bolsa hay granos provenientes de las rítmicas plantaciones de Centroamérica, de la exótica Java o de lugares tan remotos como Etiopía y Uganda. Hay un pacto secreto entre don Manolo y su cliente en donde uno se compromete a brindarle una bebida oscura, amarga y caliente y el otro se aviene a tomársela sin demasiados cuestionamientos. Si está muy fuerte le pide un poco de leche y si está muy caliente aprovecha para leer los titulares de algún diario. Se arma así la mañana en el día a día de una persona que gusta del café común.

 Las cafeterías de especialidad llegaron hace algunos años para completar nuestra experiencia con esa bebida que tanto nos apasiona y para despertarnos de la modorra de tomar un café mal preparado y que lo pagamos como si fuera oro. La figura de don Manolo hablándonos del partido del domingo o de la situación política del país se transformó en la de un experto (el Barista) que nos indica que lo que estamos tomando proviene de fincas ubicadas en diferentes países de la famosa ruta del café, enseñándonos la altura del terreno en donde ha crecido el cafeto en cuestión y por ende sus propiedades organolépticas, el beneficio, cómo se trataron las bayas para llegar al grano perfecto, cómo fue su selección, su almacenamiento y su tostado hasta llegar al delicioso brebaje que se extrae de una máquina espresso o a partir de los muchos métodos de filtrado. Aprendemos a tomar el café a una temperatura adecuada, percibimos sus notas, tanto en el aroma como en el sabor; distinguimos el cuerpo, el gusto y el regusto que nos deja y nos despojamos de la necesidad de incorporarle kilos de azúcar o leche, que en el café de don Manolo se habían vuelto imprescindibles.

 Pero como siempre pasa en la Argentina, cualquier movimiento de mejora se llega a transformar en una forma de negocio de la que todos quieren participar sin la suficiente formación. Hemos sido espectadores de engendros como el parripollo a cargo de ex-oficinistas devenidos en asadores o de propietarios de locales de paddle quienes apenas distinguían el tenis de un ping pong de mesa. 

 Por suerte, al menos en Buenos Aires existen muchas (cada vez más) cafeterías de especialidad que son excelentes y a las que uno vuelve una y otra vez con los ojos cerrados. En PATYando.com nos comprometimos a recomendar lo bueno, pero también debemos destacar el lado oscuro de aquellos que bajo el nombre de cafetería de especialidad involucran otra experiencia que hace que todo aquel que quiera incorporarse al fascinante mundo del café, resulte poco menos que decepcionado y de alguna forma perjudica a todo el gremio.

 

Salimos el Jueves Santo bien temprano para disfrutar de un buen café. No teníamos ánimo de reseñar nada y por eso decidimos ir a un lugar que ya conocíamos: “La Unión Café”. La primera vez que fuimos tuvimos una buena experiencia. Un lugar pequeño, acogedor, diseño en madera clara y hierro en sus pocas sillas altas repartidas en dos barras. Sin mesas ni baños. Un coqueto café al paso, atendido por sus propietarias quienes nos prepararon un muy buen café, mostrándose muy agradables en todo momento. Siempre es bueno volver a los buenos lugares. Sin embargo, algo pasó esta segunda vez que comenzó a hacernos mucho ruido (y eso que éramos los únicos clientes). Cualquiera puede tener un mal día. Ante la pregunta acerca del origen del grano se nos respondió que era un blend de dos granos de Brasil y uno de Etiopía. Pedimos dos espressos y por dos veces se nos preguntó cómo queríamos el espresso (como siempre decimos un espresso es un espresso y se prepara de una sola forma con pequeñas variantes). Cuando le dijimos de la manera “correcta”, el barista (algo así como un rockstar después de una noche dura) esbozó una mueca sarcástica y no dijo nada más. El café era bueno (Puerto Blest), debemos reconocerlo, pero algo se quebró en nuestra opinión previa. La mala onda se percibía, no hacía falta hablar demasiado y tampoco lo permitieron, tanto que por más que el producto sea de excelencia uno solo atine a salir ahuyentado, ya sea gente novel en el mundo del café o con algo de sapiencia sobre él. Salimos de allí con más ganas que las que entramos.

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Y como dice el dicho “todo lo malo puede empeorar”, caminamos unos metros hasta encontrar un reducto que nos pareció simpático (no lo conocíamos ni de nombre, algo nuevo nos ponía más que contentos, una nueva experiencia cafetera) y a juzgar por los comentarios de Google, prometía un café de especialidad con unas cuantas estrellitas. El nombre era sugerente “La posta del Café”, el lugar: un diminuto local con una barra y otra más frente al ventanal. Minimalismo en su máxima expresión, tanto en la ambientación como en la actitud de quien nos atendió. No había clientes, por lo que el barista tendría la posibilidad de desplegar su conocimiento para hacernos comprender su producto. Nunca lo hizo. Más tarde supimos por qué.

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Pedimos nuestros acostumbrados espressos que fueron extraídos en una máquina Rocket, de origen italiano. Mientras esperábamos, observamos que los 23 a 27 segundos aconsejados para hacer la extracción se transformaron en 40 a 45. El sigiloso barista nos entrega los pocillos altos con bastante más de 30 ml. de café, mientras al momento sentíamos que la temperatura era demasiado extrema como para tomarlo de inmediato (la taza hervía y el humo que desprendía el brebaje marcaba una clara señal de irnos). Aprovechamos para apreciar el aroma, un indescriptible recuerdo a neumático quemado después de una frenada en el pavimento. Ya con ese detalle, deberíamos haberlo devuelto sin probarlo, pero decidimos no ser groseros. Nos aventuramos al sabor una vez que se dejó enfriar un poco. La cosa no mejoraba. El azúcar tampoco obró el milagro. Dimos dos sorbos y dejamos el resto con sabor amargo tanto en boca como en nuestros ánimos, y no dijimos nada porque el barista se mostró más astringente y amargo que su obra. Decepcionante, y mucho más teniendo en cuenta que su ubicación se presta para la entrada de turistas provenientes de países en los que se sabe apreciar un buen café y gente dispuesta a probar la novedad (vaya que fue una gran novedad).

 Don Manolo sabe que su café proviene de la bolsa. No se le puede pedir más porque él mismo no vende nada más que su producto. Se lo puede aceptar o no, pero no se llena la boca diciendo que en su lugar se sirve café de especialidad. Honestidad, ante todo, no solo al decir sino también al hacer.

Los rockers están en los escenarios y los baristas, sin embargo, saben y preparan café de especialidad.

 

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La Unión Café

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La Posta del Café

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café

LA MOTOFECA, tomalo como quieras

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Hace más de 500 años, se dice que un pastor de la lejana Abisinia (hoy Etiopía) perdió una cabra, la cual apareció a la mañana siguiente, con inusual energía, como después de haber dormido muchas horas. A la noche siguiente pasó lo mismo, esta vez con 2 cabras. El asombrado pastor decidió perseguir a las desviadas, y escondido, pudo ver que más que irse de juerga, las astutas habían descubierto un arbusto de bayas rojas y al parecer muy sabrosas para ellas, que por alguna causa las mantenía despiertas toda la noche, sin demostrar cansancio al día siguiente. La historia se pierde en los recovecos de la memoria. Ya no importa si el pobre pastor presentó su descubrimiento al monasterio sufí, o si el monje advirtiendo el sabor amargo de tales bayas, considerándolas venenosas, las echó al fuego y fue allí que el aroma cautivó hasta al mismo Alá que de lejos observaba hombres y arbustos que él mismo había creado. Lo cierto es que, desde el principio, el café se asoció a la insistencia, a la compañía y al vigor. A partir de entonces, el café tuvo adeptos y detractores. Hubo quienes aprovecharon sus propiedades energizantes para mantenerse despiertos en sus oraciones, o en sus estudios. Muchos, al igual que las cabras abisinias, decidieron que la mejor manera de disfrutarlo era compartiéndolo en demoradas charlas, o prefirieron la rapidez de un pocillo para seguir viaje. La palabra espresso que acuñaron los italianos adhiere a la rapidez en extraer la infusión para tomarlo en el momento, y tal vez a la rapidez que uno adquiere después de incorporarlo.

 La motocicleta aparece en la historia 300 años después y muy pronto comenzó a asociársela al vértigo y la velocidad. Ya en el siglo XX, Enrico Piaggio creo la primera Vespa, una moto cómoda, rápida y económica. Otra vez los italianos encargados de mejorar y simplificar las ideas.

 Mucho más cerca en la historia, a alguien se le ocurrió cargar una máquina espresso italiana arriba de una Vespa para llevar el buen café a los lugares distantes en donde hubiera gente que adorara el café. Ya las cabras no necesitaban deambular por las noches para consumir las bayas del cafeto. El café venía raudo arriba de una moto.

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La Motofeca nace de esa manera cumpliendo doblemente su objetivo. Preparar el mejor café, llevándolo hacia lugares alejados.

 Pero debemos de reconocer que el ser humano es un individuo de costumbres sedentarias, producto de tantos siglos de quieta agricultura, y perseguir una motocicleta para tomar un buen café está más allá de las posibilidades de cualquiera. Por eso, cuando pasamos por Paraguay al 600, Buenos Aires parece detenerse frente a la vidriera de un local que guarda recuerdos de cara al futuro que ya está y al que seguramente se habrá de arribar.

 “Tomalo como quieras” es la frase impresa en los vidrios y en la cabeza de Gastón, cara visible del local, un adorable personaje que parece subido en esa histórica Vespa, llena de recuerdos y emociones, contagiando su ritmo y su amor por lo que allí se hace. En tal reducto, las posibilidades se multiplican: el salón de cómodas mesas, la barra de algo así como el mármol y todas las opciones que se ofrecen para consumir dentro, o para llevar la infusión y degustarla entre el rebaño de la ciudad, o para disfrutar en casa, llevando los granos de los más variados orígenes que ellos tuestan ahí mismo, algunos días por la mañana (los dioses agradecidos).

 

No encontramos una carta, aunque Gastón la hizo innecesaria. Al poco tiempo La Marzocco (otra italiana ilustre) nos entrega un brebaje proveniente de las vecinas tierras de Bolivia que mediante un proceso Honey (en parte lavado y en otra, secado natural), nos invade con un aroma a maderas y frutos secos, experimentándose en boca un inicio dulzón y unas bienvenidas notas ácidas que se incrementan a medida que baja la temperatura, al igual que las notas frutales. Todo esto con un buen cuerpo que hace del café un espléndido exponente de su variedad.

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Nos tentamos con unos alfajores de maicena al chocolate con un delicioso borde de cacao amargo, un excelente pan de chocolate y un scon de queso (con sabor a queso), suave y sabroso.

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Nos quedamos con ganas de llevarnos un par de granos entre los que podíamos elegir Etiopía, Java, Costa Rica, Vietnam, Yemen, Jamaica, Kenia, Colombia, India, Bolivia, Brasil, México, Indonesia u Honduras. Joyas tostadas y embolsadas por las que regresaremos muy pronto.

 Si andás por la zona, cabra amiga, no te pierdas en los vetustos jardines de Florida. Hacé unos pasos más y metete de lleno en el mundo del café de la mano de los que saben. No dejes pasar el tren. O la moto.

 

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La Motofeca 

Paraguay 627 (Microcentro)

CABA.

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CAFFE MARINI: Una nueva morada del dios del café.

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Se dice que el dios del café tiene varias moradas. Muchas de ellas se reparten entre Palermo y el Microcentro. Esta vez, la divina providencia nos llevó a una que se estableció en San Martín 487, un elegante refugio en donde el mal humor de la mañana se disipa entre los vapores de un buen café. Y una vez que los mercados cerraron, encontrarás allí el mejor lugar en donde disfrutar tu filtrado caliente o tu cold brew, redondeando algún negocio o simplemente charlando con algún amigo con espresso en mano.

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Caffé Marini se levanta como ese rinconcito que nos aparta del entorno bello pero hostil de la city porteña. No vas a encontrar aquí mesas para debatir los pormenores del partido del domingo o el movimiento del dólar. Dos barras, una central de mármol (o muy similar) que nos hace recordar los viejos y coquetos bares de antaño (hoy en día el Tortoni se sumió en el absurdo fango de la tilinguería) y otra barra, frente a la ventana, en donde el trajín de afuera no se incorpora al interior de tu pocillo, mientras permanecés sentado en una de las sillas más cómodas que hemos experimentado en este tipo de cafeterías (al fin alguien se preocupa por este detalle). Y si optás por la barra principal, te sentirás parte de todo el proceso de extracción del café. Inmersos en todos los adminículos, viendo en acción a los baristas en un entorno elegante y minimalista, en color negro con dibujos en tiza de cafeteras que solo se cortan con elegantes pinturas florales del cafeto.

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Quizás el mejor lugar para entender el café de especialidad y estar en la primera línea de su factoría.

Esa tarde hubo mucho café y mucha charla amena con su dueño, Emanuel, un emisario del dios del café, de ancestros orientales y con toda la onda porteña. Un espresso de las alturas de Guatemala a través de cuyo aroma se advierten las maderas de los bosques haciendo el amor con algún resto de cebada y chocolate. Una buena acidez precedida de un dulzor instantáneo inundando tu boca, en conjunción con las sutiles notas amargas que se quedan por un rato, recordándotelo. Un cuerpo presente y un equilibrio notable, aprovechado por la excelente extracción, a la temperatura justa y con una dorada crema insistente.

Después vino el filtrado: granos provenientes de las lejanas tierras de Etiopía, extraído con V60 y protagonista de uno de los mejores cafés que hemos probado. El aroma intenso, cebadas, frutos secos, madera y tierra albergando un sabor exquisitamente equilibrado, en donde los frutos aparecen inmersos en miel y cereales propios de una tierra que ha regalado el café desde los inicios de la historia; todo esto habitando en un cuerpo redondo que solo está diseñado para el placer.

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Hubo un tip sorpresa: un filtrado por goteo en frío (tipo dash coffee), deliciosa manera de culminar una tarde en el paraíso. Mientras llueve un ligero blues en nuestros oídos.

En esta tarde perfecta, observamos que circulaban unos bollitos de queso pecaminosos y también medialunas. Había espacio para unas estanterías con insumos relacionados con el café. Y todo tipo de chiches para que los que amamos este mundo nos babeemos por distintas cafeteras de filtrado y una hermosa máquina espresso “La Marzocco” manejada magistralmente. Los precios, sin nada de extravagancias, estaban dispuestos en un sobrio cartel negro con letras blancas. Un ambiente que invita a quedarse atendido por gente que le gusta lo que hace.

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EL dios del café multiplica sus moradas, y nosotros sus adoradores, les damos la bienvenida a cada una de ellas (Caffe Marini con tan solo 1 mes de edad), siempre y cuando los preceptos y rituales se cumplan, para elevarnos al nirvana más absoluto en este sano fundamentalismo de querer tomar un BUEN CAFÉ.

 

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Caffe Marini

San Martín 487 (Microcentro)

CABA.

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