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RONDÓ: de Guatemala a Guatemejor

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Café de Guatemala

Guatemala es un pequeño país de 108.890 kilómetros cuadrados el cual produce uno de los mejores cafés del mundo. Allí se originan increíbles variedades, con sus distintos climas y alturas, se puede cultivar buen café en casi todas las regiones del país. Los cafés guatemaltecos ofrecen una taza limpia, con un buen cuerpo y con diversos grados de acidez.

El café fue introducido en la región por los Jesuitas en el siglo XVIII e inmigrantes alemanes ayudaron a su desarrollo hacia mediados del siglo XIX.

Según Anacafé, actualmente Guatemala produce un 60% más de café que hace 30 años. Con una cosecha de 3,8 millones de sacos de 60 kilos en 2016, posicionándose en el segundo mayor productor de América Central. Hay más de 125.000 productores de café guatemaltecos distribuidos en 20 departamentos, con un total de 305.000 hectáreas de fincas cafeteras. El 30% de la población está dedicada a la industria del café.

Hay 8 regiones diferentes de cultivo, con más de 300 microclimas (aportados por volcanes, lagos, océanos, lluvias, etc.). Las precipitaciones varían de 800 a 5.000 mm/año, pero todo el país tiene una estación de lluvias bien definida. Además, una cadena de 34 volcanes recorre el país, paralela al Pacífico.

La altitud varía entre 1,300 y 2,000 m.s.n.m.

Regiones

Acatenango 

Situado en el sur, el café de Acatenango es conocido por su fragante aroma, cuerpo balanceado y un final limpio y persistente. Se cultiva bajo sombra en 1.300 a 2.000 m., y se beneficia de un suelo volcánico, arenoso y rico en minerales y una precipitación anual de 1.800 a 2.000 mm. La cosecha dura de diciembre a marzo.

Antigua

Antigua, que se encuentra cerca de Acatenango, es conocida por su café dulce, aromático y balanceado. Notas chocolatosas y de caramelo. Está rodeado por tres volcanes: Fuego, Agua y Acatenango, que generan un suelo nutritivo y que retiene humedad. Esto ayuda a compensar la baja precipitación de la región (800-1.200 mm. por año). Las fincas suelen tener entre 1.500 y 1.700 m., y la cosecha es de febrero a marzo.

Atitlán

El café de aquí es conocido por su cuerpo, aroma y acidez cítrica. Se cultiva en las montañas que rodean el lago de Atitlán, entre 1,500 y 2,000 m. El lago crea vientos fríos y suelo húmedo, mientras que la región tiene 1.600 a 2.000 mm. de lluvia al año. La cosecha es de diciembre a marzo.

Cobán

Un poco al norte del centro de Guatemala, está Cobán, un área marcada por intensas lluvias. Con 3.000 a 4.000 mm. de lluvia al año, secar el café es un desafío y muchos productores optan por utilizar secadoras mecánicas. El café, que se cultiva de 1.300 a 1.500 m., por lo general tiene distintas notas de fruta fresca, un cuerpo bien balanceado y un aroma agradable. La temporada de cosecha es de diciembre a marzo.

Fraijanes 

El café de Fraijanes es conocido por su acidez brillante y persistente y su cuerpo bien definido. El volcán más activo de Guatemala, el volcán Pacaya, crea un suelo rico en minerales, y la región tiene de 1,200 a 1,800 mm. de lluvia cada año. El café se cultiva entre 1.400 y 1.800 m., con un período de cosecha de diciembre a febrero.

Huehuetenango

Huehue, también conocido como Huehuetenango, produce cafés con una acidez intensa, un gran cuerpo y notas vinosas. Está en la frontera con México, y es una de las regiones cafeteras más nuevas, dominada por pequeños productores. El café prospera de 1.500 a 2.000 m., y hay precipitaciones entre 1.200 y 1.600 mm. cada año. La cosecha es un poco más tarde en las tierras altas de Huehue, que dura de enero a abril.

Nuevo Oriente

El café Nuevo Oriente tiende a ser bien equilibrado, con cuerpo y con notas a chocolate. Esta área se encuentra en la frontera con Honduras y El Salvador, y el clima local se ve afectado por el Océano Atlántico. Es una región nublada y montañosa con una distribución equitativa de lluvia (de 1.600 a 2.000 mm. por año). El café se cultiva entre 1.300 y 1.700 m.s.n.m. y la cosecha es de diciembre a marzo.

San Marcos

Esta región cuenta con café con delicadas notas florales, acidez pronunciada y buen cuerpo. Tiene la precipitación más alta en todo el país, con 3.000 a 5.000 mm. cada año. Las lluvias estacionales llegan antes que en otras áreas del país, causando cosechas más tempranas. Las fincas se ubican entre 1.300 a 1.800 m.

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Es cierto que los cafés con grandes altitudes tienden a tener mejores perfiles de sabor. Una gran altitud indica que el café crece más lento y se vuelve más denso, y la densidad tiene mucha relación con la calidad. Más del 90% del café de Guatemala se produce a 1.300 m. sobre el nivel del mar o a mayores alturas.

La sombra ayuda a regular la intensidad de la luz solar, por ende, modera el ritmo que las plantas de café absorben los rayos solares, esto ralentiza la fotosíntesis y respiración permitiendo la maduración lenta del café. De esta forma se complejizan sus azúcares. También tiene un efecto positivo en el perfil en taza específicamente con relación a la acidez y el cuerpo.

Los cafés de Guatemala cuentan con un gran apoyo por parte de la Asociación Nacional Guatemalteca de Café (Anacafé). Anacafé brinda diferentes servicios como Analab (un laboratorio de suelos, hojas y agua), laboratorio de catación, escuela de café, asistencia técnica y comercialización nacional e internacional. Las regiones cafetaleras han sido asignadas con asesores, de modo que los productores se pueden dirigir a ellos para obtener información y retroalimentación de su producción y técnicas de beneficiado. En un país en donde la mayoría son pequeños productores con un ingreso limitado, este apoyo es fundamental.

Métodos de Producción en Guatemala

Como en gran parte de América Central, el tamaño promedio de las fincas es relativamente pequeño, y predomina la recolección manual, especialmente entre los agricultores de especialidad.

Según Anacafé, el 98% del café de Guatemala se cultiva en sombra. El café de sombra está asociado con una serie de beneficios que van desde el aumento de la biodiversidad y, en consecuencia, una tierra más sana para una maduración más lenta de las cerezas de café que lleva a granos más densos y sabores más complejos.

Variedades de Cafés

En cuanto al café, el 20% del café cultivado es resistente a la roya, como el Sarchimor y Catimor.

Variedades tradicionales de Guatemala: Bourbon, Caturra, Catuai, Pache y Typica (en orden de preferencia).

Variedades introducidas más recientemente: Geisha, Pacamara, Maragogype y Maracaturra.

Existe una tendencia reciente hacia el Robusta de proceso húmedo en regiones de baja altitud, aunque todavía representa menos del 2% del cultivo del país.

Métodos de Procesamiento en Guatemala

El 98% del café guatemalteco es Arábica lavado.

El proceso Honey y natural son raros en Guatemala, pero crecen en popularidad.

La mayoría de las regiones secan su café al sol. Sin embargo, Cobán tiene niveles de humedad mucho más altos y por lo tanto seca de forma mecánica su café para protegerlo de la fermentación. En Huehue, Nuevo Oriente y San Marcos, se encuentra una combinación de ambos métodos de secado.

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¿Dónde podemos degustar el café de Guatemala?

Hay varios lugares que disponen de rico café guatemalteco, pero nosotros recomendamos uno en especial por sus aires especiales: Rondó (Rondddó). Y esta cafetería es especial en primer lugar por la calidez de la gente que lo atiende, con buena predisposición y servicio, y con ganas de explicar y hablar de café. También lo es por su ambientación novedosa, minimalista con sus blancas paredes y sus vivos detalles en negro, distintas texturas que acarician los sentidos. Con su decoración de azulejos hexagonales en modernas disposiciones, que dan cierto grado de sofisticación, y por qué no, alma al lugar.

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La cafetería, que abrió hace escasos meses, está, como ya dijimos, ambientada en un minimalismo sutil y blanquecino, tiene una forma de L, con una barra central donde se atiende a los clientes y una lateral en donde se dispensan comidas y jugos (ambas elegantemente revestidas por los mosaicos hexagonales). La luz es delicada e intensa a la vez, en paredes altas y cuidadas. Disponen de una barra con banquillos altos y cómodos mirando hacia el ventanal que acaricia la calle (escena de la lluvia una de las veces que fuimos). También cuenta con 7 mesas en madera natural y caño para dos personas y alguna para 4 (varias mesas forman una columna vertebral con una de las paredes donde un cómodo sillón continuo con almohadones a tono recorre el contorno), con sillas blancas muy cómodas. Buena disposición y con un sonido ambiental relajado.

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El estilo le da un cambio de aire a las cafeterías de especialidad, pues es de inspiración de las recientres cafeterías surgidas en Asia u Oceanía, simples y funcionales, pero siempre ponderando al café.

¿Qué pedir?

A pesar de ser una cafetería tiene menús de desayunos, almuerzos y meriendas varias y muy completos. Para los primeros hay croissant, scones saborizados, yogures tuneados, budines, budines FIT, tostadas, tortas variadas (la de carrot cake muy buena), huevos revueltos, muffins, cookies, etc. Y cuentan con alternativas veganas y saludables. Todo con mucha pinta y sumamente cuidado en detalle, dispuesto en una heladera exhibidora insertada entre las dos barras. También hay opciones contundentes de comidas para almuerzos o a la hora del hambre. Sándwiches, ensaladas varias, tartas, tostones a todo trapo, etc. (resaltando el cuidado y la calidad de los productos).

Para a acompañar: aguas, jugos, exprimidos y limonadas.

¿Cómo pedir?

Se puede hacer el pedido en la caja tras la barra principal y te lo llevan a la mesa o sentarse donde elijas y te toman el pedido. El tiempo de espera es muy adecuado.

¿¡Y el café!?

Espressos, lungos, macchiatos, flat white, capuccinos, lattes, americanos, mocaccinos, son toda la carta de café de especialidad (las versiones con leche pueden elegirse también con leche de almendras).

El café con el que cuentan es uno de Guatemala de la región de Antigua, variedad Bourbon, de beneficio lavado, cultivado a 1800m. de altura de la finca San Sebastián, tostado por Puerto Blest.

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Finca San Sebastián, Antigua, Guatemala. De aquí sale el café que estás tomando.

 

Lo probamos en espresso, es un café muy equilibrado, con aroma algo cítrico y dulzón, con una acidez justa, con notas cítricas y dejo chocolatoso, gran retrogusto, de cuerpo medio. Para empezar un gran café versátil y rico.

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Lo probamos en capuccino, con una gran crema, sedoso, de buen cuerpo, dulce, muy bien elaborado. Excelente.

Las preparaciones de café vienen acompañadas acertadamente con un agua levemente alimonada.

Quizás pronto se venga la barra de filtrados, eso esperamos ¡y por más orígenes de café!

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¿Precios, atención?

Los precios son los que se manejan normalmente en este tipo de cafeterías. La atención como anticipamos fue excelente las veces que visitamos el lugar, con grandes charlas cafeteras con su dueño y con una de sus grandes baristas (Verina). Es muy bueno para el cliente, que le expliquen, que lo asesoren, que lo mimen, y para nosotros charlar sobre café es enriquecedor.

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¿?

Para cerrar, Rondó es más que recomendable. Seguramente irá encontrando su camino, su estilo propio y sus distintos perfiles de cafés. No es una cafetería estática y resalta gente de empuje y con ganas. Es un lugar óptimo para aprender sobre café, está todo a la vista (incluso su Simonelli Aurelia II). Parece adaptada a sus clientes, y esperemos que esto retroalimente y sus clientes adquieran la fascinación por el café correctamente preparado.

La experiencia del conjunto es gratificante, en servicio, ambiente, calidez y sobre todo excelente café, en este caso de Guatemala (o Guatmejor).

 

(fuente: PDG español).

 

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Rondó

Uruguay 1048 (Recoleta)

CABA.

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ES RUIZ CAFETIN: crème de la crème en Caballito

 

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Casona reciclada en una pintoresca esquina. Dos pisos. Ambientación clásica. Luces modernas. Las habitaciones separando distintos sectores. Uno más amplio que incluye la barra de café, a modo de salón cafetero. Otro que hace las veces de sala de reuniones. El espacio de entrada que muestra la envidiable pastelería de autor. Hasta un cómodo patiecito completa las alternativas para ubicarse. El cafetín del que hablamos, Es Ruiz, de corte bistró, se instaló en Caballito en una zona residencial y muy tranquila.

El autor en cuestión es Eduardo Ruiz, multi galardonado pastelero/chef, y todo en este cafetín tiene su sello. Desde la puerta con un cartel que lo menciona y reconoce hasta las vitrinas con sus creaciones dulces y espacio para las saladas. Una cocina parcialmente a la vista y la vista de una cafetera La Marzocco en una sobria barra y su blend exclusivo, creación de Coffetown.

En el menú hay sándwiches, sopas, cocadas saladas, hamburguesas de autor, bollería, scones, entre otros y las mini tortas que son las estrellas del lugar.

Nos pedimos un sándwich de jamón y queso en baguetin francés, una Burger premium y de postre una torta de mousse de choco blanco y semiamargo con 2 espressos.

La comida es correcta, con la Burger bastante jugada, con tomate, panceta dorada, cebollas muy bien caramelizadas, lechuga, hongos salteados, y una reducción balsámica. De sabor muy buena, un tanto amasada la carne y cuasi inmanejable por tremenda cantidad de ingredientes. Los panes si bien eran buenos, les faltaba un puntito más de frescor. Acompañando, unas módicas papas en cuña que no destacan y una buena ensalada de hojas, presentadas en una sobria bandeja de mármol. El relleno del sándwich era excelente, se notaba la gran calidad de los productos.

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La torta era un deleite para las papilas y maridaba muy bien con el café de equilibrado sabor (buen aroma) no muy complejo, dulzón y poco ácido. Rico blend. Excelente ejecución.

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En resumen, un lugar alejado de cualquier circuito, un híbrido entre patisserie/restó, con productos notoriamente de calidad, con un muy buen servicio en general. Los precios son un poco más que la media, pero lo vale, con buen café de especialidad y un destacado glosario de pastelería de autor. Recomendable.

 

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Es Ruiz Cafetín

José A. Terry 300 (Caballito)

CABA.

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TESTA: entre copas y pocillos

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Ya desde sus comienzos el barrio de Colegiales fue un barrio de jóvenes. Mucho antes de armarse la ciudad de Buenos Aires, el predio de miles de hectáreas que ahora comprende los barrios de Chacarita, Villa Ortúzar y Colegiales fue cedido a los jesuitas y utilizado para que los alumnos del viejo Colegio de San Ignacio (hoy Nacional Buenos Aires) pasaran allí sus vacaciones veraniegas entre esparcimiento y trabajos de chacra (la palabra Chacarita proviene de allí). Era una fiesta para los vecinos de entonces, observar el desfile de estudiantes montando sus caballos que tomaban el sendero del Norte (hoy Avenidas Cabildo y Álvarez Thomas) rumbo a la chacra y deteniéndose a refrescarse en un antiguo arroyo que hoy corre por debajo de la Avenida Elcano.

 Después corrieron los años. Llegó el ferrocarril, la playa de maniobras, las industrias perdidas, los silos devenidos en lofts y la vieja Algodonera Argentina dentro de cuya estructura hoy habitan cientos de familias en coquetos departamentos. El progreso trajo también algún costado oscuro con el nombre de villas miseria, arrasadas en los albores de un mundial de fútbol.

 Colegiales parecía no recuperarse del enorme peso de cabalgar entre dos monstruos. Belgrano y Palermo se le imponían como gigantes a los cuales imitar, sin darse cuenta de que el barrio tenía una identidad propia, que con el tiempo se fue consolidando. Y mucho más en los últimos años, gracias a la motivación de sus vecinos y a las empresas que se establecieron allí, convirtiéndolo en uno de los barrios con mejor calidad de vida.

 Es así como se fueron impulsando polos audiovisuales, de esparcimiento y gastronómicos, tal como el que está creciendo en las cercanías de la Avenida Elcano, en los confines del barrio, al norte. Las antiguas casonas conviven con restaurantes, bares y pubs que cada vez se incorporan con mayor presencia en la arquitectura del barrio.

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Caminando por la calle Capitán Ramón Freire, al 1300, nos detuvimos en TESTA, un digno y reciente exponente de la nueva movida cafetera, quizás llevando más allá a la tercera ola del café. Esta vez, el culto no se rinde solo al café, sino que los tragos y los vinos son los coprotagonistas que se unen en un solo escenario. El lugar es pequeño, pero dan ganas de entrar e instalarse: una iluminación cálida, la música discreta pero acompañante, las botellas rodeando un espejo en forma de pirámide que agiganta las sensaciones (el leit motiv gira en torno a la geometría triangular). La barra, de coctelería y a su vez cafetería, estrecha que nos separa y nos acerca al mismo tiempo y la lustrosa Victoria Arduino que nos ofrece la posibilidad de incorporarnos al placer del café (máquina espresso que no se ve comúnmente en las cafeterías de Buenos Aires). El que quiere puede sentarse en las sillas que visten la puerta del local.

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Es un ambiente acogedor, de diseño simple pero elegante como pub rústico y moderno con estanterías bañadas de delicatessen gourmet como aceite de oliva, Nutella, escabeches, mostazas, salsas picantes y una colección de muy buenos vinos. Todo muy bien dispuesto, nada desentona.

 La atención es por carta y en la mesa que uno se sienta más cómodo. Por las noches se deja paso a las avezadas artes cocteleras de uno de los socios y a la gastronomía de otro de sus dueños. Aceptan tarjetas.

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La carta se reparte entre la coctelería (todavía no era hora de adentrarse en embelesamiento del alcohol cuando fuimos) y la cafetería de especialidad con todas las variantes de cafés fríos y calientes. Espressos, capuccinos, lattes, no son solo nomenclaturas cuando vienen de la mano de Federico (uno de sus dueños), un joven emprendedor que siempre está dispuesto a responder preguntas metiéndole muy buena onda. Para acompañar tendremos rolls, budines y medialunas.

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Pedimos un espresso (Colombia, Nariño) y un roll de canela más una medialuna. Esperamos lo adecuado y nos conmovimos por la presentación. Una bonita tabla de madera con el pocillo transparente y un buen vaso de agua (algo que parece olvidado en muchas cafeterías). Ya sabemos que Colombia nos tiene acostumbrados a buenos cafés, con equilibrio, acidez acentuada y cuerpo destacado. Y cuando se suma una extracción correcta el placer es mucho mayor. La bollería era excelente.

Los vinos y los tragos los dejamos para una nueva visita, porque Colegiales es un barrio que siempre nos sorprende y Testa es uno de esos lugares a los que siempre hay que volver, por concepto, por producto y por atención.

 

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Capitán General Ramón Freire 1393 (Colegiales)

CABA.

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Full City Coffee House: Palermo entre dos continentes

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Corre el año 1580, unos 40 años después de la destrucción de la primitiva Buenos Aires, Juan de Garay decide que valía la pena intentar una segunda fundación. Una vez labrada el acta correspondiente, se encargó de otorgar mercedes (títulos gratuitos) a quienes quisieran establecerse en ese lodazal que por entonces era el estuario del Río de la Plata. Uno de los afortunados fue Miguel Gómez, un criollo nacido en Asunción y que tuviera una extensa participación en aquellos años duros que siguieron a la primera fundación. Diez años más tarde, un apuesto maduro de 30 años llega a estas tierras, estableciéndose en unos terrenos linderos que compra de su propio patrimonio. Su nombre es Juan Domínguez, nacido en la ciudad de Palermo (en lo que hoy es Italia), militar de mucha experiencia en la conquista de los Pirineos. No queda claro por qué viene a parar a estas tierras tan remotas, ni qué fue lo que vio en Isabel, hija de don Gómez, su vecino. Lo cierto es que la suerte no estuvo del lado de Juan, quien muy pronto queda viudo, heredando las tierras que ya había recibido su esposa, una vez fallecido su padre. En los mapas posteriores, ambas chacras fusionadas fueron llamadas las “tierras de Palermo” y así quedaron a lo largo del tiempo. Buenos Aires es inmigración desde el arranque, pero los que consideran que el nombre del barrio proviene de los italianos llegados en las olas de inmigración de los siglos XIX y XX están equivocados.

Pasaron los años. La enorme extensión de este predio fue asiento de inmigrantes que añadieron al barrio una interesante impronta de casas de techos altos y frentes europeos, alternado con las famosas casas chorizo, con amplios patios y galerías cubiertas. Sus calles fueron testigos de florecientes bailongos en donde el resoplo de cientos de bandoneones, convivieron con el humilde organito de la suerte; y al mismo almacén concurrían las señoras de la alta sociedad y las mujeres oscuras, en una armonía no exenta de reproches provenientes de ambas partes. Borges situaba la fundación de Buenos Aíres en la mítica manzana comprendida por Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga. Solo una cosa faltó: “la vereda de enfrente”.

Pero como todo tiene su ciclo, Palermo no escapó a la declive vejez de sus habitantes. El empedrado salpicó sus charcos, borrando el cincel de las fachadas y la sordidez comenzaba a ganarle al esplendor. Sin embargo, en las últimas décadas y gracias a la gentrificación (proceso de rehabilitación de un lugar para aumentar su valor), a alguien se le ocurrió que Palermo podría volverse un lugar de amplios lofts a partir de talleres y fábricas desusadas y un polo gastronómico que mereciera la pena el reciclado de las casonas antiguas a punto de ser demolidas. La propuesta comenzó a crecer vertiginosamente y los descendientes de los primitivos inmigrantes vieron a las casas de sus ancestros convertidas en pubs de techos altos, entrepisos utilitarios, o cafeterías de patios añosos, en donde la tranquilidad de la siesta se vio transformada en un devenir incesante de jóvenes, familias, turistas que no terminan de recorrer las calles del barrio.

Los agentes inmobiliarios comenzaron a delimitar el barrio en zonas, comparables con homónimos foráneos. El Soho londinense y su par neoyorkino, le dieron el nombre al sector comprendido desde la Av. Juan B. Justo hasta los límites con Villa Crespo (infelizmente bautizada como Palermo Queens, otra historia), nuestro criollo Palermo Soho, que ni siquiera Juan Domínguez hubiera imaginado. Y más acá de la avenida en cuestión, se erige el Palermo Hollywood, cercano a los estudios de televisión, tal como el barrio americano, asiento de la farándula de por allí. En poco tiempo Palermo dejó de ser el Bosque, el Rosedal, el Hipódromo, el Botánico y el casi extinto Zoológico para ser una suerte de “ciudad dentro de la ciudad”. El sueño de Borges como barrio fundante, “colmado de auroras y lluvias y suestadas” pasó a ser el paseo obligado de turistas y de todos los que buscamos tanto la tranquilidad como el desenfreno. Hay para todos y de todo.

Fue así que hace algún tiempo, recorriendo las calles del Soho, bajando por la calle Thames, como quien busca un refugio cerca de la orilla del otro Támesis, entre la neblina y el frío porteño nos encontramos con ese lugar que resume todas las historias. Una típica casona que guarda seguramente los aromas de cocina de madre y de glicinas perdidas recorriendo el viejo patio en el que todavía se reúnen los remotos fantasmas de la memoria.

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Full City Coffee House alude a ese refugio en donde el aroma del café nos permite abstraernos de los embates de una ciudad cada vez más colmada. Y la historia dentro de la historia nos habla de alguien que abandonó el lejano Támesis para arribar a la calle Thames (“simétrica porfía”, volviendo a Borges), de la mano de una mujer que trasladó las riquezas de su propia tierra en forma de granos de café, para aromar a todo un barrio.

Nomás entrar, el aire se vuelve café. Hay sonrisas desde el comienzo. Un salón ambientado eclécticamente, en donde hay ladrillos, madera, hierro, un sillón, libros, todo regado por una buena música, nos invita a entrar y permanecer. Hay una barra tímida desde donde sucede la magia. La Marzocco aporta el método, Colombia aporta el café y todos se esmeran porque cada taza sea única. Dicen que se puede conocer Colombia a través de su café. Y en Full City Coffee House encontramos muchas variedades de diferentes regiones, tanto para consumir en el lugar, ya sea el espresso como todos los métodos de filtrado, o para llevar a casa en granos o molido en el momento. Excelso, Supremo, Guanes, Nariño, Huila; diferentes regiones, altitudes y varietales que otorgan las experiencias más variadas en nuestro paladar. También hay lugar para algún blend creado en la casa.

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En Palermo se albergan muchas cafeterías de especialidad, todas ellas muy buenas, aunque no siempre ofrecen algo diferente como para atraer clientes que procuran dar una vuelta de tuerca a la pasión cafetera. Y el origen binacional de Full City nos entrega desayunos de arepas y huevos revueltos con aires colombianos y el típico inglés, compuesto por salchichas, porotos y huevos, que nos harán enfrentar el día con toda la energía. Sea la hora que fuere, se verán jóvenes extranjeros que lo han elegido por las opciones, las variedades y el buen café. Y para los amantes de los espacios abiertos, hace algunos meses, han habilitado un bonito patio trasero, con dos niveles, en donde cuchichean los amables fantasmas de los antiguos moradores de barrio.

En cuanto a café, la carta nos ofrece todas las variantes frías y calientes. El capuccino es uno de los más correctos que hemos probado. Cremoso y artero como una seda acariciando el paladar. Con buen asesoramiento nos adentramos en algunos filtrados, método Chemex, Clever, prensa francesa, Aeropress y V60.

Pioneros, tanto como café de especialidad como también en enseñaros a comprender que el azúcar es obsoleto en el café de origen, en amar los distintos métodos de filtrado y a disfrutar del café correctamente preparado.

Y si de cosas dulces se trata, recomendamos una exquisita deconstrucción de un tiramisú cuyo único defecto es que se termina enseguida. Hay croissants de calidad, lemon pie, crumble de manzana, brownie (con helado), postre tres leches, entre otros. También ensaladas, sándwiches varios y desayunos muy recomendables y convenientes; tés, jugos, limonada de coco y cervezas.

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Dictan cursos de barista, cupping (catas de café) y tuestan ellos mismos sus granos.

En definitiva, si andás pateando callejones en Palermo con ganas de tomar un buen café, navegá por Thames y quedate en la vieja casona de Full City Coffe House. Un buen libro o algún trabajo con la compu serán apenas una excusa para quedarte y probar lo mejor de Colombia.

 

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Full City Coffee House

Thames 1535 (Palermo)

CABA.

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ÖSS KAFFE, la arquitectura del café

 

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Una cafetería invadida por jazz que inquieta mansamente el tiempo. Un café que se escabulle en el diseño admirable. Aquí hay vanguardia. Un café para todos los gustos, porque si elegís filtrados, capuccinos, lattes, cold brew o espresso los hay, pero también hay más. Una carta simple pero directa. ¿Vos qué tomás?

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Armado de un ventanal y diseño avant, un garaje cuadrado en su geometría que mutó hacia un café de especialidad al mejor estilo europeo o americano, donde en un espacio acajonado y una barra abierta ocurre la hermosa arquitectura del café. Anaqueles, libros, cafeteras de filtrados, un Universo en escasos metros…

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Como retazos de arte distribuidos por los rincones se gesta la amalgama del diseño estructural que embelesa los ojos mientras bebemos como se prepara nuestro amado brebaje (muy en vivo, muy cara a cara).

Y no estamos en el parisino Bercy ni en las cercanías de la Piazza Navona. Un tren nos atraviesa. Nos sacude. Nos despierta en la periferia del más acá.

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Su dueño Fernando prepara y comercializa el tan bueno y conocido café Puerto Blest. Hay Nicaragua (nanolote exclusivo, variedad Javánica), tan rico como equilibrado. También un Colombia de 2100 m. que en filtrados (lo probamos en V60, construido por el dueño quien explica la receta paso a paso) es un manjar de miel, frutos y granos. También había Honduras y cada tanto llegan otros orígenes.

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Para acompañar bollería potente y delicada, torta galesa de singular ricor. Panes de semillas e integrales, roles, panes de queso, etc.

Una Appia II de Simonelli es la nueva integrante de la familia del cafecito de la cortada o paso a nivel, según evolucione el tiempo. Por al lado pasa otro tren, por adentro el café recorre nuestras vías.

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A veces transcurre la intrincada arquitectura del arte, a veces suenan clarinetes invitados, bandoneones hurgadores de oídos, algún trovador de mundos y decidores de palabras. También se gesta el espacio para los cursos y las demos. Hay tiempo (suspendido, armónico, lento, paciente) para contar historias. Cuentos sobre sueños y aromas de café recién enhebrado.

Aquí, en Öss Kaffe, donde ocurre día a día la sorprendente arquitectura del café.

 

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Öss Kaffe

Franklin D. Roosevelt 1894 (Belgrano)

CABA.

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COFFEE TOWN: la ruta del café

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¿Quién pudiere probar todos los cafés del mundo? Americanos: Colombia, Brasil, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Bolivia, Perú, Hawái, entre otros. Africanos: Etiopía, Kenia, Tanzania, Malawi, Burundi, Ruanda, Uganda y algunos más. De Asia: Sumatra, Java, Papua, Malasia, India, etc. Para todos los aromas, alturas, colores y paladares, con distintos tostados y para diversos métodos de filtrado o como un sutil espresso. Esa pregunta se contesta con un: “Cualquiera que esté cerca de Coffetown”, porque Coffetown nos acerca el mundo del café o los cafés del mundo a su cafetería (hay dos locales más, el original en el mercado de San Telmo y en Recoleta). Este pionero en el café de especialidad en la Argentina logró crecer a base de la calidad y diversidad de su producto, sin dejar de lado la esencia de lo que difunden: el café cuidado en todas sus formas. Ofrecen muchísimas combinaciones de cafés de numerosos orígenes y distintas formas de extracción por lo que lo hace un lugar casi único para poder degustar todas las variantes de la bebida en cuestión y así disfrutar las tantísimas propiedades organolépticas que otorga.

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Nuestra experiencia discurre en Barrancas de Belgrano a pocos metros del Barrio Chino. El local tiene su típica fachada negra con un amplio ventanal para el take away. Dentro trasciende una gran barra de madera reciclada, sillas altas acolchonadas para estar cerca de donde ocurre la acción, sillas bastantes cómodas y algún sillón enmarcando a mesas de madera clara. Un interesante aroma a café corre por el aire. Al igual que una música que se escabulle en el ambiente. Paredes en negro con los distintivos orígenes del cafeto y alusiones a la populosa bebida. Luces como tuberías enriqueciendo los aires moderno-industrial.

Atienden en la mesa que uno elija. A veces puede tocar una camarera que recién empieza (y es compresible, y hay que ser paciente, el lugar lo vale y no tiene por qué saber todas las inquisiciones sobre el café, allí entra en juego el barista).

La carta es muy completa, en donde destaca como dijimos, las amplias variedades de café (explicados detalladamente) y sus convenientes formas de extracción para que se disfruten al máximo. V60, Aeropress, sifón chino, Chemex (distintos filtrados, distintos cuerpos, aromas, etc.). Hay espresso, lattes, capus, licuados, y quizás uno de los frapuccinos de dulce de leche más ricos de la historia. Varias cosas dulces para acompañar: bollos, budines y medialunas. Y algún que otro costado salado.

La atención, en general, es bastante correcta. Sus empleados son muy jóvenes y llevan el barco más que bien. El barista estuvo muy atento y dispuesto a asistirnos para recomendarnos el V60 (ratio 1:15, proporción entre gramos de café molido y gramos de agua) como método de filtrado para el Sumatra que habíamos elegido (Mandheling de la región de Aceh), y así poder apreciar sus tan ricos aromas: complejo, muy perfumado, alicorado en frutos y cereales. Servido en copa destacaba su color profundo. El sabor arribaba con notas dulces, frutos rojos, áspero al final, acidez ligera, poco amargor. De los mejores cafés en V60 que hemos probado (variedad superlativa).

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Es un lugar muy interesante, donde destaca la inmensa cantidad de orígenes que se pueden probar. Quizás no es el tipo de ambiente que elegiríamos seguido aunque ya nos acercamos varias veces (preferimos algo más intimista donde el trato con el barista sea de una interacción fluida y personalizada, pero es un gusto sumamente personal). En precios es algo más elevado que el promedio, pero el local está en Belgrano y además la exclusividad del producto lo vale. Tuestan ellos mismos y se pueden comprar varios de sus granos para llevar entre algunas otras chucherías relacionadas con el mundillo cafetero. Nosotros llevamos el Sumatra pues es imprescindible.

 

En síntesis, un lugar bien ubicado, más cómodo que el de San Telmo, donde destaca la posibilidad de poder recorrer la Ruta del Café, un viaje que, aunque no nos movamos, está compuesto de curvas aromáticas y sabores emergentes alrededor del mundo. Único y altamente recomendable.

 

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Coffe Town – Specialty Coffee Roasters

Juramento 1717 (Barrancas de Belgrano y sucursales)

CABA.

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BOTE CAFÉ: a navegar por el café…

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En el barrio de San Nicolás se erigen, como apropiándose del cielo, edificios y monumentos históricos, casonas y multiplicidad de oficinas. Y por supuesto la gente que transita sin observar todo aquello que la rápida cotidianidad no les permite debido a las urgencias y el trabajo. En las cercanías de Av. Corrientes y Av. Callao no solo se instala la música de Zival’s ni las letras de sus libros, tampoco se destacan los cafetines históricos como La Opera, ni el recientemente remozado Los Galgos, ni los modernosos Subway o Starbucks. Por suerte, es hora de algunas otras alternativas. La tercera ola del café de especialidad está cubriendo poco a poco los barrios porteños y San Nicolás no es la excepción.

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A pocos metros del cruce de avenidas famoso podemos encontrar a Bote Café. Un salón de amplia arquitectura, ladrillos a la vista, altura en sus longilíneos espacios, gran barra completa coronada con una imponente cafetera Rocket de origen milanés delante de paredes con azulejos negros. Toque industrial y Avant Garde. Nos encontramos con buena música, de soberbia acústica, gran aire acondicionado clave para días de calor agobiante y para escapar del suplicio del asfalto y la rutina. Sin opción de sillas en las cercanías de la barra en cambio hay gran cantidad de mesas de madera para 2, 4 y hasta comunitarias. Acompañan sillas de madera en negro y en rojo, con un diseño certero y minimalista como el ambiente. Lo importante es la atención (muy amena) y el café, por supuesto.

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El lugar no maneja una carta, pero si unos pizarrones en donde explican a la perfección qué es lo que ofrecen. El sistema consiste en pagar en caja y te llaman para retirar tu pedido en la barra. Cuentan con Take-away.

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Se destaca la higiene y la limpieza del lugar, asombrosamente cuidado, una rareza en estos días.

En cuanto a los productos, están presentes todos los tipos de cafés calientes que se acostumbra en la cafetería de especialidad, respetan lo tradicional y las costumbres del barrio, con opciones que se pueden adaptar al gusto del cliente. Hay espressos, capuccinos, frappes, lattes de todo tipo (hasta el tan afamado matcha latte) y en cuanto a filtrados solo el cold brew de la casa (por ahora).

Para acompañar o comer, ensaladas, sándwiches, tortas, roll de canela, medias lunas, pan de queso (bollería horneada en el lugar). También licuados, gaseosas, aguas y tés.

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Nos pedimos unos espressos. Origen Brasil, Minas Gerais, 1050 m. de altura. Aroma interesante a chocolate y madera-terroso. Cuerpo medio, buena crema dorada normal y persistencia adecuada. En boca, un café equilibrado, amargor balanceado, picoso, chocolate, bastante complejo, con poca acidez (seguramente por al atura media-baja del cultivo del grano) que aparece cuando se va enfriando la bebida. Muy rico.

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Nos contaban amablemente el dueño y los baristas que es un café que les proporciona la firma La Motofeca. Les gustó esta variedad de Brasil por su adaptabilidad y equilibrio en cuanto a características organolépticas. Con el mismo tipo de grano, pero con un grado de tueste menor fabrican su Cold Brew de 12 horas de extracción que tuvimos la oportunidad de probar y tiene una frescura y sabor de los mejores en términos de filtrados en frío.

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Gran sorpresa saber que el buen café zarpó hacia los barrios, en donde todavía se necesita de la ardua tarea de mostrar todas las riquezas del café de especialidad. Bote Café con sus casi seis meses de edad, lo logra con creces, con productos de calidad y un concepto de local superador. Altamente recomendable para los amantes del café del bueno.

 

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Bote Café

Av. Callao 477 (San Nicolás)

CABA.

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MALAS EXPERIENCIAS EN LA UNION Y POSTA DE CAFÉ: El café de especialidad no siempre es especial.

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– Oiga Manolo, ¿de dónde viene este café que está sirviendo hoy?

– Hombre, que pregunta… pues de la bolsa, ¿de dónde quieres que venga?

 El típico bar de don Manolo no acepta este tipo de conversaciones. Porque don Manolo le compra su café al proveedor de siempre (que no siempre es el mejor) y el cliente ni se pregunta si en dicha bolsa hay granos provenientes de las rítmicas plantaciones de Centroamérica, de la exótica Java o de lugares tan remotos como Etiopía y Uganda. Hay un pacto secreto entre don Manolo y su cliente en donde uno se compromete a brindarle una bebida oscura, amarga y caliente y el otro se aviene a tomársela sin demasiados cuestionamientos. Si está muy fuerte le pide un poco de leche y si está muy caliente aprovecha para leer los titulares de algún diario. Se arma así la mañana en el día a día de una persona que gusta del café común.

 Las cafeterías de especialidad llegaron hace algunos años para completar nuestra experiencia con esa bebida que tanto nos apasiona y para despertarnos de la modorra de tomar un café mal preparado y que lo pagamos como si fuera oro. La figura de don Manolo hablándonos del partido del domingo o de la situación política del país se transformó en la de un experto (el Barista) que nos indica que lo que estamos tomando proviene de fincas ubicadas en diferentes países de la famosa ruta del café, enseñándonos la altura del terreno en donde ha crecido el cafeto en cuestión y por ende sus propiedades organolépticas, el beneficio, cómo se trataron las bayas para llegar al grano perfecto, cómo fue su selección, su almacenamiento y su tostado hasta llegar al delicioso brebaje que se extrae de una máquina espresso o a partir de los muchos métodos de filtrado. Aprendemos a tomar el café a una temperatura adecuada, percibimos sus notas, tanto en el aroma como en el sabor; distinguimos el cuerpo, el gusto y el regusto que nos deja y nos despojamos de la necesidad de incorporarle kilos de azúcar o leche, que en el café de don Manolo se habían vuelto imprescindibles.

 Pero como siempre pasa en la Argentina, cualquier movimiento de mejora se llega a transformar en una forma de negocio de la que todos quieren participar sin la suficiente formación. Hemos sido espectadores de engendros como el parripollo a cargo de ex-oficinistas devenidos en asadores o de propietarios de locales de paddle quienes apenas distinguían el tenis de un ping pong de mesa. 

 Por suerte, al menos en Buenos Aires existen muchas (cada vez más) cafeterías de especialidad que son excelentes y a las que uno vuelve una y otra vez con los ojos cerrados. En PATYando.com nos comprometimos a recomendar lo bueno, pero también debemos destacar el lado oscuro de aquellos que bajo el nombre de cafetería de especialidad involucran otra experiencia que hace que todo aquel que quiera incorporarse al fascinante mundo del café, resulte poco menos que decepcionado y de alguna forma perjudica a todo el gremio.

 

Salimos el Jueves Santo bien temprano para disfrutar de un buen café. No teníamos ánimo de reseñar nada y por eso decidimos ir a un lugar que ya conocíamos: “La Unión Café”. La primera vez que fuimos tuvimos una buena experiencia. Un lugar pequeño, acogedor, diseño en madera clara y hierro en sus pocas sillas altas repartidas en dos barras. Sin mesas ni baños. Un coqueto café al paso, atendido por sus propietarias quienes nos prepararon un muy buen café, mostrándose muy agradables en todo momento. Siempre es bueno volver a los buenos lugares. Sin embargo, algo pasó esta segunda vez que comenzó a hacernos mucho ruido (y eso que éramos los únicos clientes). Cualquiera puede tener un mal día. Ante la pregunta acerca del origen del grano se nos respondió que era un blend de dos granos de Brasil y uno de Etiopía. Pedimos dos espressos y por dos veces se nos preguntó cómo queríamos el espresso (como siempre decimos un espresso es un espresso y se prepara de una sola forma con pequeñas variantes). Cuando le dijimos de la manera “correcta”, el barista (algo así como un rockstar después de una noche dura) esbozó una mueca sarcástica y no dijo nada más. El café era bueno (Puerto Blest), debemos reconocerlo, pero algo se quebró en nuestra opinión previa. La mala onda se percibía, no hacía falta hablar demasiado y tampoco lo permitieron, tanto que por más que el producto sea de excelencia uno solo atine a salir ahuyentado, ya sea gente novel en el mundo del café o con algo de sapiencia sobre él. Salimos de allí con más ganas que las que entramos.

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Y como dice el dicho “todo lo malo puede empeorar”, caminamos unos metros hasta encontrar un reducto que nos pareció simpático (no lo conocíamos ni de nombre, algo nuevo nos ponía más que contentos, una nueva experiencia cafetera) y a juzgar por los comentarios de Google, prometía un café de especialidad con unas cuantas estrellitas. El nombre era sugerente “La posta del Café”, el lugar: un diminuto local con una barra y otra más frente al ventanal. Minimalismo en su máxima expresión, tanto en la ambientación como en la actitud de quien nos atendió. No había clientes, por lo que el barista tendría la posibilidad de desplegar su conocimiento para hacernos comprender su producto. Nunca lo hizo. Más tarde supimos por qué.

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Pedimos nuestros acostumbrados espressos que fueron extraídos en una máquina Rocket, de origen italiano. Mientras esperábamos, observamos que los 23 a 27 segundos aconsejados para hacer la extracción se transformaron en 40 a 45. El sigiloso barista nos entrega los pocillos altos con bastante más de 30 ml. de café, mientras al momento sentíamos que la temperatura era demasiado extrema como para tomarlo de inmediato (la taza hervía y el humo que desprendía el brebaje marcaba una clara señal de irnos). Aprovechamos para apreciar el aroma, un indescriptible recuerdo a neumático quemado después de una frenada en el pavimento. Ya con ese detalle, deberíamos haberlo devuelto sin probarlo, pero decidimos no ser groseros. Nos aventuramos al sabor una vez que se dejó enfriar un poco. La cosa no mejoraba. El azúcar tampoco obró el milagro. Dimos dos sorbos y dejamos el resto con sabor amargo tanto en boca como en nuestros ánimos, y no dijimos nada porque el barista se mostró más astringente y amargo que su obra. Decepcionante, y mucho más teniendo en cuenta que su ubicación se presta para la entrada de turistas provenientes de países en los que se sabe apreciar un buen café y gente dispuesta a probar la novedad (vaya que fue una gran novedad).

 Don Manolo sabe que su café proviene de la bolsa. No se le puede pedir más porque él mismo no vende nada más que su producto. Se lo puede aceptar o no, pero no se llena la boca diciendo que en su lugar se sirve café de especialidad. Honestidad, ante todo, no solo al decir sino también al hacer.

Los rockers están en los escenarios y los baristas, sin embargo, saben y preparan café de especialidad.

 

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La Unión Café

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La Posta del Café

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LA MOTOFECA, tomalo como quieras

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Hace más de 500 años, se dice que un pastor de la lejana Abisinia (hoy Etiopía) perdió una cabra, la cual apareció a la mañana siguiente, con inusual energía, como después de haber dormido muchas horas. A la noche siguiente pasó lo mismo, esta vez con 2 cabras. El asombrado pastor decidió perseguir a las desviadas, y escondido, pudo ver que más que irse de juerga, las astutas habían descubierto un arbusto de bayas rojas y al parecer muy sabrosas para ellas, que por alguna causa las mantenía despiertas toda la noche, sin demostrar cansancio al día siguiente. La historia se pierde en los recovecos de la memoria. Ya no importa si el pobre pastor presentó su descubrimiento al monasterio sufí, o si el monje advirtiendo el sabor amargo de tales bayas, considerándolas venenosas, las echó al fuego y fue allí que el aroma cautivó hasta al mismo Alá que de lejos observaba hombres y arbustos que él mismo había creado. Lo cierto es que, desde el principio, el café se asoció a la insistencia, a la compañía y al vigor. A partir de entonces, el café tuvo adeptos y detractores. Hubo quienes aprovecharon sus propiedades energizantes para mantenerse despiertos en sus oraciones, o en sus estudios. Muchos, al igual que las cabras abisinias, decidieron que la mejor manera de disfrutarlo era compartiéndolo en demoradas charlas, o prefirieron la rapidez de un pocillo para seguir viaje. La palabra espresso que acuñaron los italianos adhiere a la rapidez en extraer la infusión para tomarlo en el momento, y tal vez a la rapidez que uno adquiere después de incorporarlo.

 La motocicleta aparece en la historia 300 años después y muy pronto comenzó a asociársela al vértigo y la velocidad. Ya en el siglo XX, Enrico Piaggio creo la primera Vespa, una moto cómoda, rápida y económica. Otra vez los italianos encargados de mejorar y simplificar las ideas.

 Mucho más cerca en la historia, a alguien se le ocurrió cargar una máquina espresso italiana arriba de una Vespa para llevar el buen café a los lugares distantes en donde hubiera gente que adorara el café. Ya las cabras no necesitaban deambular por las noches para consumir las bayas del cafeto. El café venía raudo arriba de una moto.

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La Motofeca nace de esa manera cumpliendo doblemente su objetivo. Preparar el mejor café, llevándolo hacia lugares alejados.

 Pero debemos de reconocer que el ser humano es un individuo de costumbres sedentarias, producto de tantos siglos de quieta agricultura, y perseguir una motocicleta para tomar un buen café está más allá de las posibilidades de cualquiera. Por eso, cuando pasamos por Paraguay al 600, Buenos Aires parece detenerse frente a la vidriera de un local que guarda recuerdos de cara al futuro que ya está y al que seguramente se habrá de arribar.

 “Tomalo como quieras” es la frase impresa en los vidrios y en la cabeza de Gastón, cara visible del local, un adorable personaje que parece subido en esa histórica Vespa, llena de recuerdos y emociones, contagiando su ritmo y su amor por lo que allí se hace. En tal reducto, las posibilidades se multiplican: el salón de cómodas mesas, la barra de algo así como el mármol y todas las opciones que se ofrecen para consumir dentro, o para llevar la infusión y degustarla entre el rebaño de la ciudad, o para disfrutar en casa, llevando los granos de los más variados orígenes que ellos tuestan ahí mismo, algunos días por la mañana (los dioses agradecidos).

 

No encontramos una carta, aunque Gastón la hizo innecesaria. Al poco tiempo La Marzocco (otra italiana ilustre) nos entrega un brebaje proveniente de las vecinas tierras de Bolivia que mediante un proceso Honey (en parte lavado y en otra, secado natural), nos invade con un aroma a maderas y frutos secos, experimentándose en boca un inicio dulzón y unas bienvenidas notas ácidas que se incrementan a medida que baja la temperatura, al igual que las notas frutales. Todo esto con un buen cuerpo que hace del café un espléndido exponente de su variedad.

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Nos tentamos con unos alfajores de maicena al chocolate con un delicioso borde de cacao amargo, un excelente pan de chocolate y un scon de queso (con sabor a queso), suave y sabroso.

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Nos quedamos con ganas de llevarnos un par de granos entre los que podíamos elegir Etiopía, Java, Costa Rica, Vietnam, Yemen, Jamaica, Kenia, Colombia, India, Bolivia, Brasil, México, Indonesia u Honduras. Joyas tostadas y embolsadas por las que regresaremos muy pronto.

 Si andás por la zona, cabra amiga, no te pierdas en los vetustos jardines de Florida. Hacé unos pasos más y metete de lleno en el mundo del café de la mano de los que saben. No dejes pasar el tren. O la moto.

 

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La Motofeca 

Paraguay 627 (Microcentro)

CABA.

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ROOT COFFEE HOUSE, la curvatura del café.

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La semilla se sembró hace solo 2 semanas. Plantado el cafeto asoma la plántula, un brote se estira dejando atrás la tierra, abrazando el cálido terruño que eligió un otoño de Buenos Aires que recién inicia. Aquí no hay fotosíntesis, a través de sus conductos solo fluye café: cold brew que baja de algún deshielo, espressos de cuerpo portentoso, capuccinos con copos de cielo. Todo transita sobre el pasaje curvo Santos Discépolo, tan escondido como apacible.

La planta en cuestión se llama Root, y claro que, hecha sus primeras raíces sobre el café de especialidad, sobre una Buenos Aires que busca el café absoluto.

En esta peculiar búsqueda, donde los brotes cada vez se diseminan más y nosotros no damos abasto en cosecharlos, en un día que el sol iluminaba de lleno a una lluvia que nos acariciaba algunas canas, llegamos a la puerta de este nuevo bastión del café de calidad.

Fachada típica, concepto minimalista como por dentro, con ventanales grandes que dejan vislumbrar la curvatura del paisaje allí afuera. Un adentro amplio, alto, con ladrillos bruscos que apaciguan lo rústico, con algunas paredes y la barra impregnadas de negro. Se abre en una especie de loft con una mínima selva de lámparas que cuelgan y se dejan arrullar por una suave brisa desde la puerta, descargando su luz sobre 7 mesas redondas tan blancas y sillas Tolix tan negras, más una super mesa comunitaria para que la gente se acostumbre a la gente. También hay lugar para una lejana estantería con libros cafeteriles y novelas gráficas para inspeccionar. La barra es amplia con 4 sillas cómodas para poder admirarla. Una cafetera La Marzocco hace su gracia y la secundan varios molinillos, cafeteras de filtrados varios y cosillas dulces de todo tipo para acompañar al actor principal.

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Buen ambiente, aires de tranquilidad y ostracismo suave, música armoniosa y presente como el hermoso aroma a café.

En las paredes tras la barra se enciende el menú, porque literalmente un proyector que cuelga sutilmente del techo nos indica qué podemos tomar y comer (hasta en inglés de ser necesario).

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Nos atendieron muy amablemente en la barra y luego nos sirvieron el café en la mesa que elegimos. Por suerte el barista nos informó que dentro de los orígenes que ofrecían: blend de la casa (Bolivia 60%, Colombia 30% y Brasil 10%) y su Etiopía (Guji de 1850 m. de altura, tostado por Café Registrado) también contaban con un poco de Ruanda cortesía de un amigo que lo trajo de Alemania. Ni lo dudamos: dos espressos Ruanda por favor.

Además de los distintos cafés tradicionales típicos de especialidad, hay batidos, exprimidos, lattes fríos, filtrados en V60 y la turbulenta Aeropress.

Para comer ofrecían budines varios, croissant, entre otras comidas dulces, pan de queso, tostados, y unos llamativos Stroopwafel (waffle de origen holandés, con caramelo y especias o su versión vernácula con nutela) que obviamente elegimos para probar (el original es de especias). Este doble barquillo redondo como un waffle más blando, muy rico, suave y especiado, marida muy bien con cafés poderosos.

 

El Ruanda (lavado, 1600 m.), fue uno de los mejores espressos que hemos probado, sin dudas. El carácter típico de los cafés africanos, con mucho cuerpo, intenso, aroma a maderas, caña, azucarado, almendra, chocolate. En boca se presentó dulce, de acidez suave pero marcada, amaderado, frutos secos, afrutado y picoso. Una bomba excelente que esperemos alguna vez poder volver a degustar. Correctamente preparado.

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El lugar es muy acogedor, tranquilo, alejado de las vorágines ajenas y propias, en pleno lugar céntrico, con una atención personalizada en donde explican con amabilidad a cualquier preguntador inquisidor como nosotros que amamos el café. Una experiencia que nos invita a volver y volver.

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Root es un café casi oculto, claramente hay que descubrirlo, pues recién brota con todo y sus aromas, y por supuesto, ya echó raíces.

 

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ROOT Coffee House

Pasaje Santos Discépolo 1830 (San Nicolás)

CABA.

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