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BERNI DELI & BISTRO: el norte prometedor

La Lucila es un barrio del partido de Vicente López, ubicado a 12 km de Buenos Aires, antaño conocido por Punta de los Olivos, el cual supo ser un sitio clave para la defensa de las invasiones inglesas.

Más tarde la aristocracia porteña decidió llevar sus capitales a este enclave a orillas del Río de la Plata para instalarse en casas de descanso. Una de esas viviendas (denominada La Lucila) fue construida a principios del siglo XX por el militar Alfredo Urquiza en honor a su esposa Lucila Marcelina Anchorena de Urquiza, y fue inaugurada como mansión despampanante en 1915. Lamentablemente la dama solo la pudo disfrutar dos años pues falleció en 1917. Igualmente debido a su majestuosidad, la mansión fue muy popular y la zona comenzó a ser llamada “La Lucila” por los vecinos.

Lamentablemente, la elegante mansión “La Lucila” fue demolida en 1939, pero el barrio quedó en pie como uno de los más distinguidos y acaudalados del delta de Buenos Aires. Allí en la actualidad, hay pequeños destellos de polos gastronómicos esparcidos por la Av. del Libertador y en su pequeño centro de la calle Rawson, paralela a las vías del tren.

Allí nos encontramos con Berni Deli & Bistró, una cafetería moderna que ofrece algunas comidas, pastelería y recientemente, la incorporación del café de especialidad. Este último es un café de Puerto Blest, extraído con máquina Simonelli Appia II.

Lo primero que notamos del lugar es que su relación precio-calidad es muy buena, sobre todo por estar en un barrio de las características mencionadas anteriormente. Cuentan con una carta italiana de café dividida por tamaños (chicos, medianos y grandes), a precios inmejorables y en su carta aclaran sobre la temperatura a la cual preparan la leche: “tomable”.

Todas las preparaciones de café son servidas en pocillos y tazas artesanales de arcilla poco ortodoxas para cafetería, pero efectivas y que dejan impronta e identidad al lugar: Berni opta por estas tazas o estas tazas las tiene Berni. El espresso que probamos fue bueno sin sobresalir, con una destacada acidez cítrica y algo chocolatoso (por lo que entendimos era de origen Colombia). Los capu y lattes muy bien ejecutados, de buen sabor y más que correctos.

La pastelería es muy buena, ricas medialunas, deliciosas tostadas francesas (mejores que en muchas renombradas patisseries capitalinas), buenas tostadas para untar y excelentes scones de queso.

La carta se completa con muchas ensaladas, sándwiches, tortas, alfajores (y demás pastelería pequeña), snacks, desayunos completos y hasta delicatesen gourmet para llevar. Aguas, limonadas, cervezas, gaseosas y licuados completan sus bebidas. Hasta ofrecen tres hamburguesas que prometen (para otra ocasión).

El lugar de dimensiones medianas tiene aspecto moderno con decoraciones en madera, paredes en blanco y ladrillos. Mesas afuera y adentro en pino con sillas plegables, de caño y plásticas. Cuentan también con una barra. Luces sutiles y decoración mínima, orden y luminosidad. Por algo se mantuvo lleno en todo momento. La atención es correcta.

Un lugar para tener en cuenta, por precios, por un café bueno que puede mejorar en cuanto tengan rodaje. Por sus precios más que interesantes, por su ubicación en pleno centro lucilense, y por tener otras opciones a los ya acostumbrados cafés de especialidad clásicos, otros tantos repetitivos y algunos lejanos. Algo muy prometedor por el norte.

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Berni Deli & Bistró

Rawson 3707 (La Lucila)

Buenos Aires.

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MALAGRINO/ BIKE & COFFEE: café con aroma a olivos

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El norte de la provincia de Bs. As., colindante a la Ciudad de Bs. As., ofrece una variedad de barrios distinguidos, de arquitecturas llamativas y con un poder adquisitivo mayor a la media del resto de la provincia. En el partido de Vicente López, a 1 hora en colectivo (fin de semana), se yergue el pintoresco barrio de Olivos. Oficializado en el año 1770 bajo el nombre de “Paraje de los Olivos”, que desde 1939 se apropió del designio de barrio.

En 1941 se erigió la quinta presidencial de Olivos, ahora sin su famoso paredón (predio donado por los Olaguer).

Más recientemente en el tiempo, un breve polo gastronómico se asienta en las cercanías del Puerto de Olivos (Av. Libertador y Corrientes), bajo monstruosas torres bañadas de modernidad. Para llegar a él, hay que transitar por hermosas casas con vastos jardines, ornamentaciones finas y, a veces, pompas de clásico lujo. La tranquilidad lo invade todo, los inmensos árboles operan para mover sus verdes y así dejar entrepasar la resolana. Calles empedradas cruzan las cuadras más céntricas, plagadas de panaderías y quietud dominguera. También se puede atravesar una gran plaza dominada como un faro costero por la Capilla “Jesús en el Huerto de los Olivos”, fundada en 1897 y abrigada por enredaderas resecas.

El puerto y sus calles linderas, típicas de ciudad costera, tienen la tranquilidad y agitación, de aguas y veleros arracimados, y de gente y food trucks de feria enmarcando el río. Bares y restaurantes circundan la escasa costanera y también se apropian de los halls de edificios magnánimos e innovadores.

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Por estas calles, a dos cuadras del río, nos encontramos con MALAGRINO. Una cafetería que abrió hace unos escasos días, inserta bajo un edificio, con grandes ventanales, del estilo de las grandes cafeterías australianas de hoy en día. Posee una barra amplia en donde su cafetera “Victoria Arduino” negra es la protagonista principal y no para de “sacar” distintos tipos de cafés. Además, en este espacio con forma de L chanfleada hay mesas grandes en madera, algunas comunitarias, otras redondas más familiares, y largas barras fundidas a las ventanas con sillas altas. Todo está muy cuidado y bien estructurado, con paredes adornadas por diseño corrugado. El lugar se presenta cómodo pero al ir sumándose gente resulta un tanto ruidoso.

Tiene un espacio trasero, con varias opciones más de mesas amplias y hasta un breve rincón de venta/muestra de marroquinería y bisutería.

El servicio es muy correcto (recién empiezan y se están acomodando), los precios normales, y cuenta con una carta de “Brunch” con distintos platos originales o reversiones de clásicos. Ofrecen una amplia opción en materia de cafetería de especialidad y tés. Tragos, bebidas y vinos completan su buena carta.

El café es un blend tostado por Ninina, sumamente equilibrado en espresso, muy bien preparado, con buena crema, aromático en cebadas, acidez baja y cuerpo medio. Rico, con la sutileza y falta de profundidad características de muchos blends, pero muy cumplidor. 

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La Burger casera con queso cheddar, pepinos encurtidos deliciosos y cebollas acarameladas, sorprende gratamente, con una carne de buen gramaje y sabrosa, de intensidad sugestiva y que en conjunto logra un gran sabor. El pan si bien es contenedor y de buena factura, no destaca; resaltaría al conjunto si se usara uno tipo brioche más suave y esponjoso.

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Otro de los platos excelentemente logrados, es su Burrata: de berenjena asada, tabule, burrata y avellanas. Una mezcla de sabores impresionantes, la cremosidad del queso, el crocante de las avellanas que explotaban en la boca y lo sustancioso del trigo burgol bien ejecutado.

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Tienen una buena pastelería. El café fue acompañado de un cuadradito de brownie sencillamente delicioso y del tamaño justo.

Pedimos un alfajor Jackson, con dos tapas de cookies de chocolate tostado conteniendo una especie de crema tofi. Rico pero demasiado crujiente y empalagoso (para nuestro gusto).

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Una buena oferta, bruncheo para todos los gustos, buen café y cercanía al paseo del río, otorgan una grata experiencia culinaria global y perfilan a Malagrino como una opción indudable como cafetería de especialidad integrada en el norte bonaerense.

 

 

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También visitamos a BIKE & COFFEE. Una cafetería que se encuentra incrustada en la estación Borges del Tren de la Costa, con un aire de galpón colonial, en blanco y gris, amplísima, y con estilo de casa de té, elegante y a su vez relajada. El lugar es clásico, con diseño y distribución que acercan al confort. Ventanales que antaño eran la estación, ahora adornan el paisaje de las vías cuidadas. Fuera y frente a los rieles hay más lugar para sentarse con el regocijo del sol.

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El salón consta de una gran barra cuadrada, con la isla para café. Tienen café de especialidad de origen Colombia (también están por agregar Brasil) que tuestan ellos mismos. Los espressos fueron servidos correctamente, mostrando un café interesante, de crema correcta, de aromas tostados y achocolatados, de cuerpo medio, sabor profundo a frutos rojos, y acidez media, que se acentúan a medida que la temperatura cede. Acompañamos con deliciosos macarrons que maridan perfectamente. Sirven un vaso con agua para acompañar la experiencia (lo destacamos porque no suele suceder).

La pastelería es de lujo, hay opciones de merienda, almuerzo y desayunos, los precios un tanto por encima de la media, pero el lugar lo vale.

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Una grata sorpresa escondida entre las casonas y las vías, de ambiente familiar, con tranquilidad y buen servicio, relajación de fin de semana, y sobre todo un rico café.

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En resumen, Olivos se presenta como una atractiva opción de tour gastronómico, donde el café de especialidad va in crescendo y apuesta a que su costa y el café crucen sus aromas en una experiencia diferente.

 

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Malagrino

Corrientes 321 (Olivos)

Bs. As.

 

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Bike & Coffee

Ricardo Gutiérrez 911 (Olivos)

Bs. As.

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CARNE: exaltación de las verduras

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Nunca es bueno comparar, pero es divertido.

No se discute que Jennifer Aniston y Jennifer López son dos de las actrices más hermosas del cine. La revista People las han distinguido con ese título en diferentes años. La revista Forbes las ha incluido dentro de las personalidades del arte más influyentes de las últimas décadas. Comparten un mismo nombre, un éxito parecido y son amadas por gran parte del planeta masculino y también femenino.  Sin embargo, hay algunas diferencias que las hacen únicas e irrepetibles: la Aniston es una rubia, cuyo glamour, discreta inocencia y estudiada ingenuidad la han hecho famosa dentro del mundo cool de principios de este siglo, siendo objeto de imitación de muchas chicas que aspiraban a su pelo siempre perfecto, a su aura angelical y por qué no, al hecho de tener al lado un rubio como Brad Pitt, un tanto insulso, pero extremadamente buen mozo. La López, en cambio, gana por ser la latina fogosa, de curvas irresistibles, cuya genética lleva ritmo y un conocimiento de todos los aspectos de la vida real, más allá de los cuentos de hadas.

Salvando las enormes distancias, las Burgers tampoco deberían ser objeto de correlación, aunque es gracioso compararlas. En los últimos tiempos, la oferta de hamburgueserías de la nueva generación nos lleva a darle una vuelta de tuerca al concepto del Burger como algo rápido, grasoso, sabroso y omnipresente en todo reducto callejero o semicallejero en las grandes ciudades. Es así como los típicos acompañamientos de queso derretido y verduras tradicionales se transformaron en “toppings” y los condimentos del Patty de cancha pasaron de la mayonesa caliente de pomo y la Savora de sachet, al alioli de cilantro, la mostaza de Dijon y la barbacoa Jack Daniels.

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Como último topetazo de glamour, llegó CARNE, de la mano de Mauro Colagreco, un chef superfamoso y reconocido que intenta combinar la asepsia de los productos orgánicos con el sabor de una buena burger, consumida en un templo preparado ad hoc. Es así como desde sus diferentes locales viene a ofrecer un producto cuidado desde los mismos orígenes. Pequeñas fincas productoras de verduras sin abonos, pesticidas ni cosas raras; carnes de la mejor calidad, panes artesanales, fabricados con el mejor esmero y una ambientación acorde al concepto.

Visitamos el local de San Telmo (en varias ocaciones), en donde se respira un aire de hamburguesería americana, muy limpia, en donde la ecología parece estar presente en todos los rincones. Mesas bajas, altas, mostradores pulcros, organización esmerada en las filas para cuando el local se llena y un patio ambientado como un quincho en donde disfrutar cuando hace calor. La cocina a la vista, empleados por doquiera para explicar y dirigir, y hasta un periódico propio en donde te comentan la política de la empresa mientras esperás tu orden. Una caja en donde te toman el pedido y un beeper con capacidad de vibrar te separan de los escasos 20 minutos que se toman en concluir tu deseo.

La oferta de hamburguesas es acotada, lo cual se percibe como una ventaja en comparación con ciertos lugares que ostentan largas listas de combinaciones de Burgers que no difieren mucho entre sí. Una clásica, otra completa, una opción choriburger, con hongo y caurtirolo y una vegetariana de girgolas de cultivo y queso grillado Halloumi (de la quesería Juan Grande). Poco y bien pensado.

A la hora de enfrentarnos con el producto, las paralelas comienzan a divergir. Es indudable que las verduras son excelentes, lechugas inmaculadas, como recién cortadas del interior del capullo, el tomate (no era época, por lo tanto, era una cuidadosa conserva preparada durante la estación correspondiente), sabía a tomate y olía como tal. El pan muy cuidado, miga exacta, contenedor, con la cantidad justa de semillas. Las papas, además de seleccionadas, tienen un proceso de triple cocción que las convierten en las verdaderas estrellas del lugar; aquello que hace que todo lo demás valga la pena.

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¡¿Y la carne?!

Un poco perdida en el conjunto, no difería mucho del típico medallón industrial, (de los buenos, pero industrial al fin), demasiado compacto para lo que estamos acostumbrándonos y aunque de buen sabor, resultó un poco seco.

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No decepciona del todo; pero uno espera un poco más, teniendo en cuenta la calidad del resto de los ingredientes. A la hamburguesa Homenaje al Queso (que preparan en ciertos horarios), le falta un poco más de queso para que el homenajeado se sienta agasajado. (No se puede hacer doble, ni agregar más queso).

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Los combos vienen sin condimentos (en muchos casos no hace falta), pero hay algunos potes esparcidos por el local: mayonesa de sabor normal, un kétchup de elaboración propia con tomates orgánicos y una mostaza de Dijon cuyo sabor a acetona no fue de nuestros preferidos a pesar de que muchos se enloquecen cuando la prueban.

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“Contra gustos no hay disputas” dice el tema de Serrat. Hay fanáticos de Jennifer Aniston y hay fanáticos de Jennifer López. Ambas son hermosas y si alguna tiene un poco de silicona en alguna parte del cuerpo, no se puede juzgar teniendo en cuenta que el conjunto es lo que debe importar.

CARNE es eso, por más que lo más flojo sea justamente el ingrediente que le da nombre al lugar, la experiencia global es buena. Destacamos el cuidado en los detalles, la limpieza, la atención correcta y la calidad de sus productos (en especial las papas fritas).

La carne te la debo.

 

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CARNE

Defensa 269 (San Telmo)

CABA.

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Full City Coffee House: Palermo entre dos continentes

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Corre el año 1580, unos 40 años después de la destrucción de la primitiva Buenos Aires, Juan de Garay decide que valía la pena intentar una segunda fundación. Una vez labrada el acta correspondiente, se encargó de otorgar mercedes (títulos gratuitos) a quienes quisieran establecerse en ese lodazal que por entonces era el estuario del Río de la Plata. Uno de los afortunados fue Miguel Gómez, un criollo nacido en Asunción y que tuviera una extensa participación en aquellos años duros que siguieron a la primera fundación. Diez años más tarde, un apuesto maduro de 30 años llega a estas tierras, estableciéndose en unos terrenos linderos que compra de su propio patrimonio. Su nombre es Juan Domínguez, nacido en la ciudad de Palermo (en lo que hoy es Italia), militar de mucha experiencia en la conquista de los Pirineos. No queda claro por qué viene a parar a estas tierras tan remotas, ni qué fue lo que vio en Isabel, hija de don Gómez, su vecino. Lo cierto es que la suerte no estuvo del lado de Juan, quien muy pronto queda viudo, heredando las tierras que ya había recibido su esposa, una vez fallecido su padre. En los mapas posteriores, ambas chacras fusionadas fueron llamadas las “tierras de Palermo” y así quedaron a lo largo del tiempo. Buenos Aires es inmigración desde el arranque, pero los que consideran que el nombre del barrio proviene de los italianos llegados en las olas de inmigración de los siglos XIX y XX están equivocados.

Pasaron los años. La enorme extensión de este predio fue asiento de inmigrantes que añadieron al barrio una interesante impronta de casas de techos altos y frentes europeos, alternado con las famosas casas chorizo, con amplios patios y galerías cubiertas. Sus calles fueron testigos de florecientes bailongos en donde el resoplo de cientos de bandoneones, convivieron con el humilde organito de la suerte; y al mismo almacén concurrían las señoras de la alta sociedad y las mujeres oscuras, en una armonía no exenta de reproches provenientes de ambas partes. Borges situaba la fundación de Buenos Aíres en la mítica manzana comprendida por Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga. Solo una cosa faltó: “la vereda de enfrente”.

Pero como todo tiene su ciclo, Palermo no escapó a la declive vejez de sus habitantes. El empedrado salpicó sus charcos, borrando el cincel de las fachadas y la sordidez comenzaba a ganarle al esplendor. Sin embargo, en las últimas décadas y gracias a la gentrificación (proceso de rehabilitación de un lugar para aumentar su valor), a alguien se le ocurrió que Palermo podría volverse un lugar de amplios lofts a partir de talleres y fábricas desusadas y un polo gastronómico que mereciera la pena el reciclado de las casonas antiguas a punto de ser demolidas. La propuesta comenzó a crecer vertiginosamente y los descendientes de los primitivos inmigrantes vieron a las casas de sus ancestros convertidas en pubs de techos altos, entrepisos utilitarios, o cafeterías de patios añosos, en donde la tranquilidad de la siesta se vio transformada en un devenir incesante de jóvenes, familias, turistas que no terminan de recorrer las calles del barrio.

Los agentes inmobiliarios comenzaron a delimitar el barrio en zonas, comparables con homónimos foráneos. El Soho londinense y su par neoyorkino, le dieron el nombre al sector comprendido desde la Av. Juan B. Justo hasta los límites con Villa Crespo (infelizmente bautizada como Palermo Queens, otra historia), nuestro criollo Palermo Soho, que ni siquiera Juan Domínguez hubiera imaginado. Y más acá de la avenida en cuestión, se erige el Palermo Hollywood, cercano a los estudios de televisión, tal como el barrio americano, asiento de la farándula de por allí. En poco tiempo Palermo dejó de ser el Bosque, el Rosedal, el Hipódromo, el Botánico y el casi extinto Zoológico para ser una suerte de “ciudad dentro de la ciudad”. El sueño de Borges como barrio fundante, “colmado de auroras y lluvias y suestadas” pasó a ser el paseo obligado de turistas y de todos los que buscamos tanto la tranquilidad como el desenfreno. Hay para todos y de todo.

Fue así que hace algún tiempo, recorriendo las calles del Soho, bajando por la calle Thames, como quien busca un refugio cerca de la orilla del otro Támesis, entre la neblina y el frío porteño nos encontramos con ese lugar que resume todas las historias. Una típica casona que guarda seguramente los aromas de cocina de madre y de glicinas perdidas recorriendo el viejo patio en el que todavía se reúnen los remotos fantasmas de la memoria.

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Full City Coffee House alude a ese refugio en donde el aroma del café nos permite abstraernos de los embates de una ciudad cada vez más colmada. Y la historia dentro de la historia nos habla de alguien que abandonó el lejano Támesis para arribar a la calle Thames (“simétrica porfía”, volviendo a Borges), de la mano de una mujer que trasladó las riquezas de su propia tierra en forma de granos de café, para aromar a todo un barrio.

Nomás entrar, el aire se vuelve café. Hay sonrisas desde el comienzo. Un salón ambientado eclécticamente, en donde hay ladrillos, madera, hierro, un sillón, libros, todo regado por una buena música, nos invita a entrar y permanecer. Hay una barra tímida desde donde sucede la magia. La Marzocco aporta el método, Colombia aporta el café y todos se esmeran porque cada taza sea única. Dicen que se puede conocer Colombia a través de su café. Y en Full City Coffee House encontramos muchas variedades de diferentes regiones, tanto para consumir en el lugar, ya sea el espresso como todos los métodos de filtrado, o para llevar a casa en granos o molido en el momento. Excelso, Supremo, Guanes, Nariño, Huila; diferentes regiones, altitudes y varietales que otorgan las experiencias más variadas en nuestro paladar. También hay lugar para algún blend creado en la casa.

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En Palermo se albergan muchas cafeterías de especialidad, todas ellas muy buenas, aunque no siempre ofrecen algo diferente como para atraer clientes que procuran dar una vuelta de tuerca a la pasión cafetera. Y el origen binacional de Full City nos entrega desayunos de arepas y huevos revueltos con aires colombianos y el típico inglés, compuesto por salchichas, porotos y huevos, que nos harán enfrentar el día con toda la energía. Sea la hora que fuere, se verán jóvenes extranjeros que lo han elegido por las opciones, las variedades y el buen café. Y para los amantes de los espacios abiertos, hace algunos meses, han habilitado un bonito patio trasero, con dos niveles, en donde cuchichean los amables fantasmas de los antiguos moradores de barrio.

En cuanto a café, la carta nos ofrece todas las variantes frías y calientes. El capuccino es uno de los más correctos que hemos probado. Cremoso y artero como una seda acariciando el paladar. Con buen asesoramiento nos adentramos en algunos filtrados, método Chemex, Clever, prensa francesa, Aeropress y V60.

Pioneros, tanto como café de especialidad como también en enseñaros a comprender que el azúcar es obsoleto en el café de origen, en amar los distintos métodos de filtrado y a disfrutar del café correctamente preparado.

Y si de cosas dulces se trata, recomendamos una exquisita deconstrucción de un tiramisú cuyo único defecto es que se termina enseguida. Hay croissants de calidad, lemon pie, crumble de manzana, brownie (con helado), postre tres leches, entre otros. También ensaladas, sándwiches varios y desayunos muy recomendables y convenientes; tés, jugos, limonada de coco y cervezas.

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Dictan cursos de barista, cupping (catas de café) y tuestan ellos mismos sus granos.

En definitiva, si andás pateando callejones en Palermo con ganas de tomar un buen café, navegá por Thames y quedate en la vieja casona de Full City Coffe House. Un buen libro o algún trabajo con la compu serán apenas una excusa para quedarte y probar lo mejor de Colombia.

 

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Full City Coffee House

Thames 1535 (Palermo)

CABA.

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