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MOSCATO, OTILIA Y FAINA: la planificación de la hamburguesa

 

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A veces hay que moverse para buscar lo bueno, lo que a uno le llegue y le haga feliz. Así emprendimos un viaje de 56 km con rumbo a “la ciudad de las diagonales”. Cuando al arquitecto y urbanista Pedro Benoit se le encomendó la planificación de la ciudad de La Plata a fines del siglo XIX, su Departamento de Ingenieros creó una cuadrícula que ocupa 25 km cuadrados, la cual contiene numerosas avenidas y diagonales. Desde la perspectiva de las aves es un cuadrado perfecto, con cuadrados más pequeños encerrados dentro de él y atravesados en perfecta simetría por calles diagonales que se dejan caer en plazas formando rombos perfectos y equidistantes.

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Cuenta con un punto central, Plaza Moreno, a partir de donde se disparan dos diagonales que atraviesan de norte-sur y este-oeste toda la cuidad. El trazado de las calles tanto de norte-sur como este-oeste se compone de calles, que cada 6 cuadras se transforman en avenidas. Las intersecciones de las avenidas abren lugar a plazas y parques de las cuales también se prolongan dos diagonales menores quedando las plazas y parques intersectados por dos avenidas y dos diagonales. Una avenida de circunvalación bordea la ciudad, formando las aristas perimetrales de este cuadrado ideal que consistió en el plano urbano original e incluye cuatro avenidas curvas que evitan los vértices del “cuadrado”, llamadas Boulevards. Este romántico y perfecto diseño hace a la construcción más que original en cuanto a la urbanidad de esta ciudad y un modelo de planificación.

Una de las características que identifican a la misma son sus calles numeradas facilitando (para los foráneos es otro tema) la ubicación de los caminantes y conductores. Los diferentes tipos de calles fueron pensadas para que queden identificadas con bandas de colores formadas por las baldosas de las aceras. Los diversos colores dan a conocen calles pares e impares.

Otro aspecto planificado fue la disposición de los árboles. Se plantaron estratégicamente distintos tipos de estos para diferenciar las calles, avenidas y diagonales: tilos, jacarandas, arces americanos, naranjos, palos borrachos, etc., para que, entre otras cosas, las personas con algún impedimento visual pudieran orientarse a través del aroma de los árboles. Un nivel de adelantamiento envidiable.

Eso sí, para unos sencillos gorditos porteños que arriban por primera vez a la ciudad, la experiencia concurre a atravesarnos como cien diagonales que ni el mismo Euclides, como padre de la geometría, podría imaginar. Las calles con números, las diagonales con números, las casas con números y los colectivos de cifras impronunciables, podrían ser el paraíso de un aritmomaníaco, y para los platenses es su día a día y algo que engalana a la ciudad. Por suerte aún conservamos el olfato; fuimos a buscar hamburguesas y para eso no hay números que se interpongan.

Pateando números y baldosas hemos descubierto muchas zonas de restaurantes, comida callejera y fusión, cervecerías y espacios culturales. Nos encontramos con una gran ciudad con una gran actitud. Logramos visitar varias cafeterías de especialidad (esa aventura quedará para otra reseña), pero ayer fuimos a disfrutar de la celebración del cumpleaños número cuatro de una hamburguesería casi de culto en la ciudad: “Moscato, Otilia y Fainá”.

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Las expectativas eran grandes, por comentarios, por fotos, por el largo trayecto que nos hacía idealizar aún más estos nuevos sabores para nuestras papilas. Cabe aclarar que esta hamburguesería dispone de dos locales, uno con delivery y take away, y otro, donde se venden los mismos productos, inserto dentro de un patio de comidas llamado El Callejón.

El Callejón es un proyecto innovador, a la manera de un enorme predio conformado por un amplio pasillo central, rodeado por un lado y al fondo por pequeñas cabinas desde donde se expenden diferentes tipos de comidas y por el otro, mesas altas con comodidades para disfrutarlas. Como un patio de comidas casi al aire libre o bien un playón de food-trucks sin camiones. El sistema de expendio, y de ahí la innovación, opera a través de una caja central, ubicada cerca de la entrada en donde uno carga el dinero que considera que gastará a cambio de un ticket, desde el que se descontará (número de DNI de por medio) lo consumido.

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“Moscato, Otilia y Fainá” se ubica a mitad del pasillo, aunque el aroma se distingue desde unos metros antes. En su cumpleaños, decidieron hacer su festejo, agasajando a sus fans con un descuento del 50% en todas sus burgers. La convocatoria fue multitudinaria.  Una larga cola de más de 50 metros permaneció dinámicamente durante un par de horas, sin desbordes, con alegría y hasta con una degustación de bocaditos dulces para almibarar la espera y una gran atención (algunos con colas enormes y tiempos de espera muy incómodos deberían venir a aprender a LP).

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Nos decidimos por lo clásico: la cheeseburger tradicional y la opción becon & cheddar. La carne proviene de un solo corte, tapa de asado, con un tratamiento correcto, el punto exacto que a todos nos gusta y un sabor realmente exquisito. El pan no solo es rico, sino que se lo ve rico. Tiene la miga exacta, la continencia justa, el sabor preciso que se aprecia en el conjunto sin obstruir el gusto de la carne (con un dejo a pimienta sabroso) y del queso y aportando un valor extra al conjunto. El cheddar abundante y el bacon de buena calidad y cocción. El complejo entra dentro de la infrecuente categoría de “no quiero que se me termine” para calificarla en pocas palabras. Si bien todavía nos queda degustar opciones con más toppings, dobles o hasta la que viene entre dos donas, con la siempre combinación carne-queso-cheddar (pensamos que con estos breves ingredientes debe saltar a la vista y al paladar el concepto gastronómico y la realidad del sabor), esta hamburguesería, pasa a ubicarse bien arriba en nuestro ranking subjetivísimo y virtual.

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Entendimos que la enorme convocatoria a través de las redes sociales no obedecía apenas al 50% de descuento, sino que la gente quería participar y saludar a quienes durante 4 años se dedicaron a estudiar, planificar, experimentar, y perfeccionar un producto que tiene sus fanáticos cada vez más exigentes. La Plata es planificación, simetría, inclusión y buen gusto. Moscato, Otilia y Fainá, como excelente exponente de la ciudad, cumple a la perfección con su origen. Nos contamos desde ya entre sus clientes, aunque debamos viajar varios kilómetros para disfrutar sus Burgers hasta que se decidan a arrasar con muchas de las “consagradas” e hiperpublicitadas hamburgueserías porteñas.

 

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Moscato, Otilia y Fainá

Calle 10 nro. 725 entre 46 y 47

La Plata (Bs. As.).

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FAT BRODER: el hermano gordo que puede seguir subiendo

 

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En Palermo (¿cuándo no?) hay una hamburguesería fuera del circuito habitual de locales de comidas. Fat Broder se erige como un típico pub de aires industriales, de luces tenues, mesas y sillas altas, bien cerveceras y mucha onda, desde su música ecléctica (suena bastante reggae) hasta la muy buena atención de sus dueños (con sus remeras coloridas características). Es un lugar pequeño pero ordenado, una casona que fue meticulosamente reciclada, en donde todo está muy bien distribuido. Hay bancos grandes afuera y adentro, en madera y hierro, y las mesas están sutilmente decoradas con unas macetitas con gramíneas. La cocina está a la vista, se ve y huele bien (muy ordenada y limpia). Los precios son normales y los combos ventajosos (carne+fritas+bebida). Aceptan tarjetas.

En el menú hay un corto pero certero listado de burgers (incluyendo una vegetariana, una de keppe de cordero, una sin TACC y otra de pollo crispy), papas tuneadas, bastones de pollo crispy de entrada, cervezas artesanales con refill, tragos, aguas y gaseosas. Toda la carta está en un cartel detrás de la caja donde se hacen los pedidos y luego te llaman para que lo retires en la barra.

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Todas las Burger son dobles de 180 g en total y el pan es de papa salpicado con semilla de amapola.

Los pedidos salen bastante rápido (fuimos tipo 19 hs, y no había mucho público) con una adecuada porción de papas fritas las cuales son ricas, buena crocancia, bastante saladas.

El pan es muy bueno, buen sabor, con un correcto tostado interno, buen alveolado de miga y sostiene correctamente.

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El conjunto entre pan y patty es un tanto pequeño en comparación con otras hamburgueserías, pero apagan el hambre. La carne en sí está bien cocida, un punto justo de cocción, buen gramaje, tierna y con gustillo a pimienta. El problema es que la Juicy Lucy (doble carne separada por queso cheddar, doble panceta, pepino agridulce y cebolla morada cruda, con alguna salsa no declarada) estaba un tanto salada y la Criolla (lechuga tomate, provolone y cebolla colorada cruda) carecía de sal.

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La Burger en general es buena, no le falta mucho para estar arriba en el ranking. El bacon está muy bien, el queso cheddar es muy bueno pero las burgers, además del tema de sazón, se muestran con un porcentaje algo mayor de grasa que lo aceptable, obviamente que para nuestro gusto. Y sería bastante mejor que la cebolla sea cortada estilo pluma, en pedazos más pequeños, ya que los aros son dificultosos de comer, quedan como hilos que uno tiene que ir capturando con la boca (detalles nomás).

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Un apartado merece los aderezos que son todos muy logrados, en especial el de berenjena, de un ahumado y picor persistente y especial (todos caseros y de buena factura).

Se nota que tienen un producto redondo, y lo pueden seguir mejorando. El local es muy lindo e invita a quedarse, sumado al buen servicio tiene todo para estar bien arriba. Este hermano gordo puede seguir subiendo.

 

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FAT BRODER Palermo

Charcas 3787 (Palermo)

CABA.

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TIERRA DE NADIE: en la lejana parrilla…

 

“Terra nullius es una expresión latina que significa tierra de nadie y que se utiliza para designar la tierra o lugar que no es propiedad de ninguna persona.”

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Corría el año 2012 y por aquellos entonces la hamburguesa gourmet no era más que una corriente acunada en otros países con mucha más historia. En Argentina solo se estaba embrionando la idea de una hamburguesa de calidad, con productos bien pensados y desmitificando la idea de la cadena de fast food vendiendo burgers como comida chatarra.

Por esos tiempos en el lejano barrio de Caballito, más precisamente en las cercanías de las avenidas Acoyte y Avellaneda, en donde los negocios no abundaban (menos aún en los alrededores del Sanatorio Méndez) y la moda de bares y restó pasaba por otros barrios más “coquetos”, justamente allí, en esos lares tan desamparados y ajenos, es donde la tierra de nadie dio lugar a Tierra de Nadie. Nace así un mítico lugar de paso (y no tan de paso) para comer hamburguesas de las buenas y también otras comidas en un espacio tipo fonda Tex-Mex (en ese entonces las etiquetas no eran tan usuales ni precisas), en donde el respeto por el producto, el hacer toda la materia prima en el momento y la relación precio-calidad se tornó una constante.

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Luego el mito creció, en base al gran trabajo, ya que la gente se agolpaba y siempre estaba abarrotado; así fue como, desde el año pasado con la inauguración de su segundo local, a unos metros del primero (esta vez sobre la calle Acoyte), no solo mantuvo la regularidad de la propuesta elevadora de varas, sino que le dio una vuelta de tuerca, sacando los pattys en un grill de leña y en un espacio mucho más amplio para que los adeptos tengan más lugar. Se erigen así las opciones de TdN: a la plancha (en el local original de la calle Avellaneda) y a la parrilla.

Es precisamente esta última a la que fuimos unas cuantas veces ya y de la que hablaremos más extensamente en la reseña.

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Tierra de Nadie – La Villa (así es el nombre completo de la segunda parte de la novela), nos agasaja con un lugar amplio, tipo galpón, donde ya desde el afuera se puede apreciar la parrilla y toda la cocina íntegramente a la vista, más una barra para comer en la calle (frente a un ventanal que conecta a la cocina pintada en rojo). Por un pasillo que va bordeando, casi acariciando, la cocina se llega a un comedor enorme en donde toda la decoración es en madera y hierro negro, con mesas y sillas altas tipo cervecería y otras bajas. Una barra lateral como continuación de ese pasillo y una barra central donde se encuentra la caja y ancla con la amplia cocina en aluminio donde perfectamente se puede ver cómo se trabaja. En esta ambientación también hay lugar para algunas paredes con ladrillo a la vista. Completan el lugar, al fondo, un patio trasero bastante grande (abierto) y junto a él, los baños modernosos.

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El servicio es en las mesas con un mozo muy atento (fuimos siempre en la franja de 14-15 hs.), y la demora en expedir la comida es más que adecuada. Esa es una buena hora para ir y encontrar mesas, muy al mediodía o tirando a la noche hay que esperar (la comida lo vale). Aceptan tarjetas y no cobran servicio de mesa (un puntito más).

Sirven comida bastante variada y con algún toque distinto y criollo. Entradas, sándwiches, ensaladas, rolls, varias burgers, cerveza tirada (4 canillas), aguas, gaseosas línea Coca, tragos y vinos (no café). Las bebidas se sirven en unos carcelarios jarritos enlozados que completan el estilo fonda e informal del lugar (nosotros tomamos del pico, perdón). Los aderezos clásicos los trae el mesero a pedido.

En cuanto a las reinas del lugar, pedimos varias veces lo mismo, la Bad Horsie y La Villa, las cuales salen con papas fritas. La primera es un doble medallón de 100 g cada uno con cebolla morada pluma, provoleta al orégano, tomate asado y alioli (¡de las mejores burgers de la vida!). Una hermosa combinación de sabor en donde nada sobra y nos hace olvidar por un rato largo las hamburguesas clásicas con cheddar. La Villa es una hamburguesa de 200 g con provoleta ahumada de locura, cebolla crispy, relish, alioli, lechuga y tomate frescos. Una Burger también estilo más criollo que combina perfecta. Quizás es un poco grande y cuesta manipularla un poco pero el sabor es inmenso. Hay, además entre otras, una doble (alineadas, no una sobre otra) que viene entre dos panes de campo gratinado con queso Danbo, nuestra próxima aventura.

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Hay que decir que el sabor de la carne tiene ese toque de parrilla único, está poco amasada, se deshace en boca y sale con un punto glorioso. Esto es la esencia, el toque distintivo de TdN.

Tuvimos la grata oportunidad de charlar un rato con David, uno de sus dueños, y muy amablemente nos contó que la carne es un blend que va variando según la temporada para poder siempre ir subiendo en sabor y mantener la calidad. Nombró varios cortes que pueden ser apropiados (los típicos u otros), la cuestión es conseguir aquellos cortes en su máxima expresión de calidad. Adquirieron una picadora que también le da forma a los pattys que no solo agiliza el trabajo, sino que mantiene el producto congruente.

El pan es muy bueno, bastante alveolado y sostiene, viene con semillas de sésamo blanco. Si nos ponemos en quisquillosos podríamos pedir un toque más de miga por que lo de adentro es bastante violento. El dueño nos dijo que lo hacen todos los días en el local de manera artesanal.

En cuanto a las papas no destacan demasiado, teniendo en cuenta que la estrella es la hamburguesa. Por ahí dentro de la misma tanda son desparejas, siendo algunas bastantes buenas y otras no tanto. Le comentamos al dueño y nos dijo que hay épocas por lo que el producto en sí es bastante variable. Pero es algo que intentan mejorar.

También nos comentó que el hecho de estar alejados de toda la movida hamburguesera, geográfica y por propia decisión, se mantiene un poco la identidad de TdN. Tratan de cuidar el producto al máximo (y lo logran) y también organizan algunos eventos, en los que invitan a chefs amigos y bartenders para que hagan una burger versionada y un cóctel que maride. La idea, aseveró, es tratar de hacer uno de esos encuentros una vez por mes. La propuesta y la repercusión es muy buena. Es algo distinto y la gente del rubro se despereza y sale de sus cuevas.

El precio es normal y la relación precio/calidad muy buena.

Con todas estas consideraciones, y cotejando el producto, tenemos que decir que nos encontramos sin duda ante una de las 2 o 3 mejores hamburgueserías de Bs As. Sacándole varios cuerpos a los de atrás. Con un producto muy logrado y único, con su propia impronta y con la convicción de que las grandes cosas no suceden por moda o por instalarse en un barrio con “onda”. La mítica la da el producto y mantenerse en el tiempo, lo demás es chamuyo.

 

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Tierra de Nadie – La Villa

Av. Acoyte 263 (Caballito)

CABA.

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BURGERTIFY: Burger 8 bits

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Si estás en un laberinto, hambriento, perseguido por fantasmas de colores, con ganas de comer hamburguesas; si estás en una plataforma donde un mono te arroja catástrofes y con demasiadas ganas de deglutir hamburguesas; si estás en una patineta o corriendo en bosques, nubes y castillos, con un hacha, hambriento, pisando sapos venenosos y saltando pisos movedizos, y realmente querés una hamburguesa; y si estás con un casco en un mundo medieval , hambriento, luchando con necromantes y esqueletos, y necesitás hamburguesas, quizás no estás en un juego de arcade de los 80, pero estás muy cerca, porque te encontrás en Burgertify.

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Y si estás allí, estás dentro de una de las 5 mejores hamburgueserías de Buenos Aires, a pesar de los pocos meses de comenzado este game. Está bien arriba por el sabor majestuoso de su carne, por su gran forma de cocinar la panceta que cruje y llena corazones, por su buena barbacoa casera (se recomienda pedirla aparte para no invadir el conjunto), por la onda única del local y su buen producto en general.

Nosotros pedimos la NES que sale con 200 g de carne (2 hamburguesas smash de 100 g cada una), cebolla grillada (puede ser crispy también), panceta, doble cheddar y también una Trifuerza, igual pero todo triple (más huevo). El sabor es único, de las mejores. La carne se desarma en boca y tiene un toque de pimienta, poco amasado y es bastante grasosa (de las más), con un punto excelente. El pan (con semillas de sésamo tostado) es muy bueno y acompaña realmente bien, pero es altamente mantecoso y pesado (aunque no opaca la gran Burger). Se agradecería más cheddar porque se pierde un poco, quizás son demasiado finas las fetas. También se diluye el sabor de la cebolla.

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Igualmente, estos detalles no oscurecen el gran sabor de este excelente concepto hamburgeseril nuevo. Nos quedamos con las ganas de la Donkey, la cual es una doble hamburguesa entre dos donas glaseadas, una locura tentadora.

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El local es pequeño (pronto requerirán mudanza por tanta demanda o nuevo local), en negro y verde, con cocina a la vista, ambientado en juegos de arcade ochentosos y la pixelación que otorga el mundo 8 bit (hasta se puede jugar a los fichines en un a TV especial para esta empresa). También los nombres de la burgers hacen alusión a ello. Dentro hay sillas altas estilo cervecería y algunas más cómodas afuera, donde hay tres mesas. En horario de 14.30 en día de semana se puede ir a comer tranquilamente sin esperar demasiado.

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La atención es correcta por sus dueños venezolanos.  La carta se encuentra en un letrero que cuelga arriba de la caja. Tienen cuatro canillas de birra tirada, gaseosas y aguas. Aceptan tarjetas. El sistema de expendio es por ticket y te llaman por un número que tiene el mismo. Buenos precios ya que todas la burgers incluyen una abundante porción de ricas papas fritas (buena y cómoda presentación del combo).

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Realmente un hallazgo entre las últimas hamburgueserías que abrieron, con excelentes comentarios en general, se supo acomodar bien arriba de la tabla. Está en un top 5 virtual y puede seguir evolucionando y verdaderamente ganarles a los luchadores medievales, fantasmitas o monos más poderosos…

 

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Burgertify

Costa Rica 5827 (Palermo)

CABA.

hamburguesas

DOGG: Lo primero es la parrilla.

 

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Al entrar a Dogg nos encontramos con un ambiente amplio, de inspiración en la hamburguesería americana. Todo en hierro y madera (tipo industrial). Con cocina a la vista tras un gran mostrador central (¡sin nada de olor a fritura o humareda en el ambiente!). Hay mesas y sillas, altas y bajas, para todos los gustos y comodidades, algunas dispersadas fuera del local también. Todas las paredes hacen referencia a la empresa y cuentan con un concepto de reciclaje que incluye también alcohol en gel para higienizar las manos, y tomar solo las servilletas necesarias para cuidar el ambiente. Un excelente aire que cubre el acondicionamiento de cada rincón de semejante local. Hay espacio para un llamativo sector con todo tipo de salsas picantes (muy original). Las salsas comunes están en cada una de las mesas (caseras y muy ricas). Los baños están bien cuidados, pero son pequeños en cuanto al volumen de gente que puede albergar el lugar.

La atención es correcta. Se puede pagar con tarjetas. El sistema de expendio se basa en pargar en la caja, te dan un beeper numerado y te llaman cuando está listo tu pedido por medio de ese aparatito que se ilumina.

En la espera, que fue normal, ya que hacen todo casi de cero, vimos que es un ambiente de corte familiar y juvenil. Muchos niños pequeños con sus padres que van por el combo como salida de domingo. Los sábados al mediodía hay un público de gente joven, amigos y fanáticos de la hamburguesa.

La carta incluye burgers dobles (2 de 100g, también se puede optar por triples) que salen con cheddar y se pueden elegir entre varios toppings: panceta, tomate y lechuga, chili, queso azul, queso presidente, guacamole (entre otros), siempre con cheddar o solo cheddar. Los precios individuales son un tanto elevados en comparación con otras burgers de igual o superior calidad (estamos en Belgrano). Salen panchos con varias salsas, wraps, ensaladas y hasta helados. En cuanto a bebidas hay cervezas tiradas, aperitivos, café Nespresso, aguas, limonadas (un tanto caras, pero de buen sabor) y latas de gaseosas a 50 mangos. Los combos de una Burger + papas fritas + gaseosa sale 215 pesos y son más convenientes.

En cuanto a la comida pedimos una Burger Doble solo con cheddar acompañada por papas y gaseosa, un pancho con salsa tártara, guacamole y cheddar más su respectiva limonada. En otra ocasión previa habíamos optado por unas burger de queso azul, cebollas caramelizadas, cheddar y pepino, a las cuales se intentó agregarle panceta; y digo intentó porque cuando vino la hamburguesa no tenía ni queso azul ni la panceta. Al ir a consultar en la parrilla nos dieron unos “tarritos” con los ingredientes que faltaban (armá tu propia aventura, recordamos). Inconvenientes que pueden pasar, pero no opacan la comida.

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El pan de papa (tipo brioche que hacen artesanalmente en el local) es más que correcto, no se desarma, acompaña bien sin destacar demasiado. En cuanto a las hamburguesas son dobles (son dos finitas de 100 gramos cada una, con queso arriba de cada una de ellas) con poco amasado y buen punto de cocción (perfecto), con un sabor a parrilla único y característico que le da muy buena sensación en el paladar, se desarma en boca y se funde muy bien con una buena cantidad de cheddar de excelente sabor. Es un estilo particular, con el gusto a parrilla que muy pocos logran; de muy buena calidad de producto para ser cadena tipo fast food estilo yanqui. El hot dog es muy rico también, cocido a la parrilla, con las salsas que le dan un buen sabor y el pan de calidad. Quizás deberían ser porciones un tanto más grandes por el precio de cada producto. Las papas fritas con cáscara (salen mucho más calientes que las carnes), sin ser maravillosas son mucho mejores que varias que hemos probado sin parecer demasiado sofisticadas.

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En definitiva, Dogg está inserto en una linda zona (a unas cuadras del Barrio Chino) para pasear por lo que es una muy buena opción para comer una rica hamburguesa en familia o con amigos. Muy buen producto el que ofrecen, un poco elevado en precio, pero es normal en el barrio en que se erige la franquicia. Si hablamos de la comida en sí, las burger y panchos son altamente recomendables. Hay que volver porque las hamburguesas son esenciales, quizás estrictamente hablando del sabor de la burger, Dogg entra en un podio que ya se nos enmaraña por las distintas buenas opciones.

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Dogg

Blanco Encalada 1651 (Belgrano)

CABA.

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BIG SUR, rompiendo mitos

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“Medallón de carne picada aplastada, pan y lo que te guste”.

Los que no somos millenials hemos crecido con ese concepto de hamburguesa y festejábamos cada vez que nuestras madres se sentían con pocas ganas de cocinar y las veíamos venir del almacén con la famosa cajita cuadrada con nombre de niña de los 50 y una bolsita de pan redondo de escasa corteza y algo dulzón. Le poníamos algo de mayonesa, o mostaza o ambas y si había, una rodaja de tomate, jamón y queso. La fiesta estaba armada.

Siempre hubo una mala fama alrededor de ella. “Es una comida de madres vagas”; “si la comés fuera de tu casa te vas a enfermar”; “no vayas a los carritos de la costanera”; “nunca lavan la parrilla, por eso son más ricas las que comés afuera que las que comes en tu casa”, “las que comés en la cancha o a la salida del boliche están hechas con carne de gato”. Y otras hipótesis más que ni los rubios de Mythbusters se animarían a poner a prueba.

Luego, la historia nos trajo la copia antes que el original. Disfrutábamos de Pumper Nic, en donde cada opción tenía su nombre; te la anunciaban por un micrófono y venía acompañada de su infaltable Freny‘s. La carne era medio seca, industrial. No había tantos condimentos y variantes, pero igual la amábamos. Más tarde desembarcaron el Payasito y el Rey, para destronar nuestra experiencia. Los mitos seguían: “están hechas con lombrices”, “los empleados lavan los baños y después te preparan el burger”; “es la forma de colonización yankee a través del estómago”; y todos los etcéteras que se te ocurran.

Esta extraña mezcla de snobismo y sordidez fue expandiéndose inexorablemente durante mucho tiempo hasta que a alguien se le ocurrió inventar el término de hamburguesa gourmet, apelando a la versatilidad de la construcción típica del burger.  Un pan, un medallón y unos pocos condimentos admitieron de pronto otras compañías: aparecieron shitakes y portobellos; las cebollas se caramelizaron, los pepinitos que apartábamos en las viejas pumper ahora se convirtieron en pepinos encurtidos agridulces y los pedimos de a montones; el acostumbrado queso fresco dio paso al cheddar para terminar en un reblochon, o un tommes, o un lincoln, o un queso azul con nostalgias de roquefort, que junto a la mostaza de dijon, el alioli o las salsas picosas del chile comenzaron a comulgar con las barbacoas artesanales, cada cual con su impronta personal. Los panes de patty se volvieron brioches, panes de campo, con semillas, negros, amarillos, de nombres franceses o ingleses.

 ¿Y la carne? ¿Qué onda con la carne?

La tradicional carne común, picada en una ruidosa máquina mientras el carnicero empujaba los pedazos dentro de la tolva con una maza de madera, dio paso a la bandejita incierta exhibida en la heladera del supermercado, sin sabor, pero mucho más cómoda. Teníamos la idea de que cuanto menos grasa tuviera, era mejor, más sana. Y ni hablar del prensado, amábamos el medallón bien armado hasta el final y de ser posible, más allá de su paso por la garganta.

Todos coincidíamos en esos pocos parámetros que ni siquiera se discutían. Hasta que (otra vez) a alguien se le ocurrió que el protagonismo de la carne era fundamental en un buen burger. Empezaron a hablar de blends, como si de bebidas se tratara. “Este corte aporta sabor”, “este otro aporta grasa para hacerla más jugosa”, “con este le damos una buena experiencia en boca”. “Pongamos 30% de picaña, o un 50% de entraña, o un 25% de roast beef”. Cada creador comenzó a darse espacio para experimentar en favor de nuestras papilas gustativas. Y empezamos a convertirnos en degustadores; comenzamos a darnos cuenta de la jugosidad de tal o cual combinación, del poco o mucho amasado, del maridaje de tal o cual ingrediente, etc.  Lo que el Rey y el Payaso buscaron siempre, (la uniformidad de sabor entre las diferentes franquicias), se convertía ahora en una verdadera y noble lucha para brindar la mejor hamburguesa para que el cliente disfrute y, sobre todo, vuelva a elegirla.

En los últimos años, muchos se decidieron a dar un paso más allá en lograr el mejor sabor de la carne. Aprovechando los últimos conocimientos en las técnicas de secado y maduración de las carnes (el Dry Aged), furor en los grandes restaurantes del mundo, algunos decidieron trasladarlo al redondo mundo de las hamburguesas.

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Big Sur, apela al proceso de Dry Aged, modificándolo un poco, pero bajo el mismo concepto de lograr una carne madura, con un sabor mucho más presente, lo que se agradece a la hora de probarla.

En su excelente local de calle Cerviño 3596 en pleno Palermo, nos convida a disfrutar de sus múltiples opciones de burgers, todas ellas con su impronta: el proceso de Flash dry aged, junto a un tratamiento propio que hace que el medallón de 200 g. conserve la misma estructura con la que sale de la picadora, lo que se aprecia en las jugosas columnas que lo sostienen como una de las mejores hamburguesas de Buenos Aires. El resultado es un excelente punto de la carne, jugosa, suavemente se desarma en boca, de sabor característico y muy rica.

 

Y como no solo de carne vive el burger, en este caso, el pan acompaña la maravilla otorgando su sabor, pero sin invadir de migas molestas ni resbalones incómodos, para que todo el conjunto se disfrute hasta el final. Probamos muchas variantes (fuimos dos veces), la Criolla con queso Lincoln (un poco perdido debemos reconocer), tomate, lechuga y cebollas moradas, simple pero deliciosa. La Blue Monday (queso azul, cebolla caramelizada y portobellos) se ganó el cuadro de honor como una de las mejores de su estilo. La Americana con queso cheddar, panceta ahumada, pepino y BBQ casera es equilibrada, ninguno de esos ingredientes entorpecen el sabor de la carne. Recomendamos la Mission, con cebollas caramelizadas, queso Lincoln y alioli de alcaparras, una gran creación.

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Los combos se sirven con papas fritas, que son correctas, doradas, en buena cantidad y si te gustan con condimentos, tenés para elegir la famosa Lactonesa (mayonesa con leche en vez de huevo), mayonesa de alioli, salsa picante, barbacoa, ketchup, todos ellos caseros y muy buenos.

No hay opciones vegetarianas en cuanto a burgers, pero si sos vegana y estás de novia con un carnívoro no te vas a quedar mirando. Pedite una porción de Pakora (buñuelos de acelga orgánica, harina de garbanzos y salsa de ajíes picantes) y no te vas a arrepentir.

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Si para vos, las vacas son sagradas, antes de arrojarte al Ganges, probá el burger de cordero (Lamby) acompañado de una fresca coleslaw.

Y si la hamburguesa no es lo tuyo, también tenes chivitos uruguayos, panchos (y pancho falafel), choripanchos o el famoso Canadiense del Sur (pan pebete casero, muzzarella artesanal, tomate, cebolla caramelizada, panceta y huevo), una deliciosa bomba de la que todos te pedirán un pedacito.

Y para regar, hay gaseosas (línea Coca), aguas y cerveza artesanal Bierhaus en pintas de 500 ml (Golden Ale, Honey bier, India pale beer (IPA) y Scotch Beer) con re-fill.

 

En algunas reseñas de Google vas a ver que la gente se queja de que el lugar es muy chico, o que para ir al baño tenés que atravesar una escalera de caracol. El lugar es adecuado, tiene un entrepiso, todo ambientado onda industrial, la cocina está en el centro y ves cómo te lo preparan. Hay mesas permanentes en la calle. Fuimos al mediodía. La espera fue adecuada (corta te diría). Tal vez de noche se complica un poco, pero la experiencia vale la pena.

 Big Sur es un lugar para volver.

 

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 Big Sur – Comida callejera.

 Cervino 3596 (Palermo)

 CABA.

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HELLO FRANK: la alternativa fiel.

 

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Entre los límites de Boedo y Caballito no todo es la afamada hamburguesería de culto con nombre de bebida alcohólica. Queda lugar para otras propuestas de nivel. Fieles a nuestro leit motif llegamos a Hello Frank patyando y nos fuimos de ídem manera. Como muchas es una esquina de casona restaurada para su función de hamburguesería, con grandes ventanales, letrero con bombillas luminosas de la marca, varias mesas afuera acordonando el local y mucha onda desde la entrada. Llegamos temprano, pero había gente, luego se fue llenado, aunque no es tan congestionado ni caótico como otros lugares.

Dentro un amplio local, de techos estilizados, muchas mesas altas y bajas, para todos los gustos, sillas cómodas, paredes con ladrillo a la vista, de corte industrial, entre lo moderno tipo cadena y lo original ecléctico, con impronta de casona, como aspirando el barrio. Toda la moda cerveceril. Cuenta con un buen aire y una gran cocina a la vista donde se puede ser testigo de todo lo que preparan.

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Muy buen ambiente en general y excelente música. ¿Qué más? Si hay buena comida es un golazo.

La atención es muy correcta, personalizada con camarera que te sirve en la mesa, donde cuentan con servilletas y salero.

En la carta tienen hamburguesas varias, hasta veganas, wraps, ensaladas, y en termino de bebidas, cervezas tiradas Patagonia y otras marcas, pomeladas y limonadas, además de gaseosas claro.

Nos pedimos una Cheese Burger y una Clásica, cada una venía acompañada con fritas, y para beber una jarra de limonada con romero y miel (excelente bebida, marida muy bien).

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No tardaron en entregarnos el pedido más de 10 minutos y nos acercaron un cajón con los distintos aderezos originales: kétchup, mayo, alioli, cebolla agridulce, remolacha y zanahoria (todo casero).

En cuanto a las papas de estilo rústico, doble cocción, corte grueso, eran normales y abundantes, con algunas excepciones un poco crudas.

El pan de la hamburguesa todo un hallazgo, buena miga, buen gusto (rico) y sostenedor (de los mejores que hemos probado, top 5).

La burger viene junto con las papas en bandeja de loza muy canchera.

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En cuanto al Patty propiamente dicho (justo le preguntamos a una mesera vegetariana que nos averiguo amablemente, un colmo muy gracioso), es un blend de la casa: roast beef, picaña y nalga. La carne sale con el punto justo, se siente el sabor profundo en boca y con un regusto a pimienta que le va muy bien. Un poco amasada para nuestro gusto. Un medallón alto de 180 gramos, verdaderamente sabroso.

La Cheese con kétchup no invasivo (¡por fin una!), mezcla muy buena con el cheddar de calidad y los demás quesos. Buena combinación en general. Rica.

La Clásica, buena mixtura con queso filante, cebollas en su punto. Típica burger con lechuga y tomate, con un interesantísimo topping de mayonesa al chimichurri. Buen gusto.

Como balance precio calidad es excelente.

Cuentan con happy hour de cervezas martes y miércoles de 18 a 20.30 hs. Y también con take away.

Quizás sin estar entre las de la cima de la tabla de las Burger, tuvimos una muy buena experiencia, tienen un buen producto y seguramente cada vez será mejor, gran atención, propuestas originales y un excelente ambiente. Probá perderte una tardecita por las callejuelas de Caballito y encontrá a Hello Frank, vas a saber de qué hablamos…

 

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Hello Frank

Doblas 601 (Caballito)

CABA.

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DELLEPIANE BAR, entre el sonido y la furia.

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Da la impresión de que en cualquier momento pasará una carreta destartalada o algún paisano dejará su caballo atado al palenque imaginario del frente de la pulpería. Y es que el Pasaje Dellepiane conserva algún resto perdido de una Buenos Aires de lustroso empredrado y un ritmo no tan vertiginoso como el de ahora.

Dellepiane Bar es una mezcla de pasado y presente, en la mitad de un pasaje de los pocos que quedan, en donde los ruidos del mediodía se zambullen en la buena música que se deja escuchar paredes adentro. Ambiente penumbroso, casi oscuro, con aires de bodegón reciclado; muchas mesas muy juntas, un desnivel elevado con sillones más cómodos. Un dibujo del inmortal Luca nos pone a tono con el bullicio y el soportable calor que se vive en el ambiente de fonda del pasado. Vértigo de mozos que esquivan los estrechos espacios entre las sillas sin molestar a nadie y con la amabilidad que el apuro exige, nos lleva a detenernos en la carta, tan informal como el lugar. Apenas unas hojas plastificadas sostenidas por un aro se despliegan ante los ojos, ofreciéndonos las diferentes opciones de burgers, para todos los gustos, desde la “Clásica” con aires bigmakianos hasta las inefables “Veggies”, pasando por las de la zona de México (El Paso), con jalapeños y guacamole; las tendenciosas francesas (La Blu) con su queso azul o las italianas como la Alioli, en armonía con las más criollas con el agregado de chorizo asado. Todas ellas de 160 gr. servidas con papas caseritas.

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Es necesario mencionar la Doble Dellepiane con doble medallón, doble queso, doble panceta, cebollas y salsas varias que te hará salir de allí corriendo en busca de un donante de hígado, pero con gran placer.

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Si no te gustan las hamburguesas (mereces la pena de muerte), también hay otras opciones para picar: papas tuneadas, aros de cebolla, nachos con salsas diversas, jalapeños, nuggets, etc. y si optás por un sandwichito, tendrás algunos de pollo, o de milanesa o el pulled pork sandwich.

También hay opciones para la sed, cerveza tirada, algunas artesanales, aguas y gaseosas.

Pedimos una Bacon (panceta, huevo frito, pepinillo, queso cheddar, lechuga y tomate) y una Le Blu (panceta, hongos portobello grillados, queso azul, mostaza dijon, cebolla a la plancha). Llegaron bastante veloces, acompañadas de un tarro de metal con papas fritas.

La carne en su punto justo, nada roja y si jugosa, producto del mínimo amasado (yo le agregaría algunos gramos más para disfrutarla mejor), encerradas en un pan fabricado en el lugar, esponjoso y adecuado al conjunto. La Bacon conservaba todos los sabores de sus componentes, aunque el huevo pasaba un poco desapercibido (tal vez se olvidaron de agregarle un poco de sal), un poco por lo avinagrado de los pepinos que por momentos tomaban demasiado protagonismo. Una buena experiencia en la boca.

La Blu conformaba una buena combinación en boca entre la carne, el queso azul (que no ocultaba el sabor de los hongos) y en donde los condimentos acompañan, pero no obstruyen el sabor de todo lo demás. No pica en punta, aunque es una buena matahambre.

Un párrafo aparte merecen las papas. Normalmente cuando las papas fritas vienen en el combo, los cocineros no se esmeran en hacerlas bien. No es este el caso. Nada de olor ni gusto a aceite rancio; en su punto justo, ricas, crocantes por fuera, suaves por dentro y en buena cantidad para aquellos que tienen el TOC de alternar los bocados de hamburguesa y de papas. Nada sobra ni nada falta (de las mejores).

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En fin, un lugar tradicional que no pierde calidad con el transcurso del tiempo. Buena ambientación, algo ruidoso, te atienden rápido y bien. Aceptan tarjetas de crédito. Amplio rango horario. Ideal para juntarse con amigos. Aunque el ambiente es oscuro, por el ruido no es ideal para una velada íntima. Un lugar para volver con o sin romanticismo.

 

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Dellepiane Bar

Pasaje Luis Dellepiane 685 (San Nicolás)

CABA.

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MCDONALD’S – BURGER BLUE CHEESE & BACON: entre la sequedad y la novedad.

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Todos conocemos a McDonald’s y no voy a hacer una reseña de uno de los íconos en lo que respecta a la comida rápida mundial. Todos saben a lo que uno se atiene al ir a comer a esos locales. A mí me gusta, no para todos los días, pero si para degustar cada tanto ese sabor característico de Burger grasosa americana.

Esta vez, ya que estaba por el Abasto, fui a conocer a la recientemente lanzada Burger Blue Cheese & Bacon de la Línea Signature (esa pseudo línea gourmet que según ellos es elaborada como más a conciencia y de forma no tan industrial, verso que le dicen). Se puede elegir de carne, pollo frito o al horno.

Recién sentado en la mesa, con la orden de Burger en su combo con las papas de siempre y una Coca, me llamó la atención que la carne propiamente dicha parecía seca, como hervida a la vista (feo).

Viene en un pan tipo brioche que contiene dos Burger típicas de MD: finitas, una rodaja de tomate fresco, panceta “crujiente” y escasa, y una salsa de queso azul.

El sabor global es bueno, sin que el queso azul invada demasiado y cumplía con un tanto de untuosidad para compensar la sequedad de la carne, el tomate le da un frescor interesante, pero la panceta tenía un cocimiento desparejo. La carne, como anticipé, bastante seca, típica industrial y compacta de la franquicia, pero de sabor bastante bueno. El pan sin ser feo debido a la sequedad de la carne (que no cedía sus jugos) no se quedaba quieto en su parte inferior (demasiado fina) y como siempre con estas cadenas (sobre todo MD) se bambolea gran parte del contenido, decir que me costó sacar la foto con una mano para ver el cocimiento de la Burger.

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No es una mala opción, pero en el segmento las hay mucho mejores, aunque no tengan ningún tipo de comparación: Anglos, Big Sur, muchas de París Burger y Abocado, entre otras (son otra categoría).

Como resumen una hamburguesa de mitad de tabla, decente y llenadora a un buen precio (180 pesos el combo), con muchos más errores que aciertos. Si hay hambre hay McDonald’s.

 

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MD

Patio de comidas (Abasto)

CABA.

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BURGER JOINT: mi vieja mula ya no es lo que era…

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Paredes con graffitis, música al palo, corridas de gente y gritos a viva voz, tiene más similitud con la casa de Charly García que con su “prima hermana” neoyorquina. Burger Joint aparece en la cosmopolita Palermo Soho como una de las hamburgueserías con más tradición (5 años desde su apertura), aunque no por eso es una elección de primer orden a la hora de querer saborear una buena hamburguesa en compañía de amigos.

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Con algunas mesas en la vereda, un lindo y amplio patio trasero, y un salón principal con recovecos, el ambiente adquiere vida en una vorágine que ya se introduce en tu cerebro a la hora de hacer el pedido. Frente a la caja, el acostumbrado pizarrón con las variantes de comida se contrapone con el apuro del cajero quien te obliga a hacer “ta-te-ti” antes de que pase al siguiente aspirante que está atrás soplándote la nuca. La buena noticia es que se manejan con combos (todos ellos a $200, excelente precio, pero solo efectivo) que incluyen la gaseosa en lata o cerveza (varias canillas de tirada artesanal) y las papas fritas.

 Hay mesas y barras. Los asientos son incómodos como en casi todos los lugares de su especie. No hay servicio de mesa. Los vasos plásticos, sorbetes y condimentos (sobres) se encuentran en una repisa en un solo punto del local y luego de una corta espera (ESO ESTA MUY BUENO) te llaman a viva voz, repitiendo tu nombre 3 o 4 veces hasta que llegás a la barra luego de haber pisado unos cuantos clientes.

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Curiosidad: los baños eclécticos.

 Fuimos unos cuantos para poder probar varias opciones. Nos sentíamos en New York: al fin conoceríamos el espíritu americano resbalándose por nuestras papilas gustativas.

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Las órdenes llegaron en decentes bandejas de aluminio. Las papas, en ecológicas bolsitas de papel madera, normales, con gusto a papa frita aunque mejorables. Mientras las íbamos degustando, la hamburguesa otorgaba sus jugos (demasiado colorados, a pesar de que las pedimos un poco más que “a punto”) al pan, humedeciéndolo irremediablemente. Aunque declaran que es casero el pan parece de tipo industrial, no muy diferente del que comemos en BK o Mac (quizás un poco más alveolado).

 Al ir probando la “Americana”, la ansiada explosión de sabores haciendo el amor con los receptores del gusto nunca llegó. La barbacoa obstaculizando los demás sabores no difería del desarmónico colorido de los grafitis de las paredes y las mesas. No se puede decir que estaba mala, pero decepcionó bastante. Es una Burger correcta.

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Los que comieron la opción con queso roquefort (la línea de las famosas BLEU) asistieron a uno de los defectos imperdonables de una hamburguesa, los ingredientes caían inexorablemente. Y otra vez por lo mismo, un pan hecho para acompañar y no como coprotagonista de la Burger. Una hamburguesa correcta, pero de mitad de tabla. Hubo quien probó la opción vegetariana (de garbanzos) y dijo que estaba rica (dentro de lo que se puede considerar en una hamburguesa sin carne, pero es una buena opción).

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En resumen, le daríamos otra oportunidad más adelante a esta hamburguesería de culto. Hay muchas opciones mejores que se encuentran encabezando la punta de la tabla hamburgueseril. Dicen que fue decayendo con el tiempo. Sería bueno que se recuperara.

 

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 Burger Joint

Borges 1766 (Palermo).

CABA.

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