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Coffee Town Palermo: la ciudad del café

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La innovación tiene sus réditos. A veces es mejor asociarse, aglutinarse, sumar fuerzas para logras ciertos objetivos.

Abrir un local en pleno Palermo, a metros de plaza Serrano, tiene su grado de jugada, pero también de irrumpir gratamente en el mercado de oferta y demanda con bastante tino, sobre todo si se tiene una buena base de experiencia. Y quién mejor que Coffetown, que de cafeterías sabe bastante largo y tendido. Así las fragancias de cafés del mundo mundial nos llevaron a la calle J. L. Borges en el local recién salido del horno de estos pioneros del café (hace muy poco abrieron, así que aún se están acomodando).

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El lugar nos sorprendió de movida, ya que la fachada de la cafetería es en realidad la de un banco (comparte espacios con un banco cuya parte operativa se encuentra en la planta alta), donde una pre entrada nos recibe con varios cajeros automáticos. En la calle están dispuestas varias mesas y sillas siempre llenas (fuimos dos veces). Pasando estos, se abre un gran y largo salón donde la innovación y el cuidado de los espacios lo es todo. Parece que uno entra a otro mundo, pues el resto de Palermo queda fuera y olvidado por esta paz que se respira entre cómodos sillones, altas banquetas super confortables, diferentes espacios de soledad y no tanto, ambientes distintos alejados de la misma lejanía, enchufes de todo tipo para conectarse con el mundo (mientras uno está sumamente desconectado), todo destinado a la tranquilidad y la placer de la relajación escapando de las multitudes (la cafetería está pensada también como un espacio coworking). Buena música, buen aire, luces cuidadas, decoración sobria.

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Y como si esto fuera poco, sirven uno de los mejores y más variados cafés de especialidad que podamos encontrar en Buenos Aires. Un combo imperdible que enseguida se ha convertido en uno de nuestros espacios favoritos.

También porque la atención es más relajada y bastante superior que las vorágines entendibles de la sucursal madre en San Telmo.

También porque tienen un patiecito trasero que invita a quedarse horas en bancos eternos y silencios gratificantes.

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Y encima pudimos darnos el gusto de tomar el soberbio café Laurina (de la Isla Reunión) nuevamente y cada vez nos convencemos más de que este varietal es de lo mejor que probamos en el año, sino el mejor (lo pedimos nuevamente en V60 y preparado de forma magistral por uno de sus mejores baristas). Flores, dulce, licor, dulce y finalmente su finish herbal y de caña magistral. También pedimos su café de la semana que era un Etiopía en espresso que nos reafirma que los cafés africanos son de nuestros predilectos.

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Ofrecen como siempre un montón de orígenes en todos los filtrados posibles, bebidas frías, espresso de la semana, blend Coffetown, pastelería de primera al igual que los baristas (y prontamente tendrán más novedades).

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Acompañamos con un muy buen budín de limón y por el placer de encontrar estos recovecos donde nada más importa que el momento en la ciudad del café.

 

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Coffee Town

Jorge Luis Borges 1660 (Palermo)

CABA.

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café

ROOT COFFEE HOUSE, la curvatura del café.

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La semilla se sembró hace solo 2 semanas. Plantado el cafeto asoma la plántula, un brote se estira dejando atrás la tierra, abrazando el cálido terruño que eligió un otoño de Buenos Aires que recién inicia. Aquí no hay fotosíntesis, a través de sus conductos solo fluye café: cold brew que baja de algún deshielo, espressos de cuerpo portentoso, capuccinos con copos de cielo. Todo transita sobre el pasaje curvo Santos Discépolo, tan escondido como apacible.

La planta en cuestión se llama Root, y claro que, hecha sus primeras raíces sobre el café de especialidad, sobre una Buenos Aires que busca el café absoluto.

En esta peculiar búsqueda, donde los brotes cada vez se diseminan más y nosotros no damos abasto en cosecharlos, en un día que el sol iluminaba de lleno a una lluvia que nos acariciaba algunas canas, llegamos a la puerta de este nuevo bastión del café de calidad.

Fachada típica, concepto minimalista como por dentro, con ventanales grandes que dejan vislumbrar la curvatura del paisaje allí afuera. Un adentro amplio, alto, con ladrillos bruscos que apaciguan lo rústico, con algunas paredes y la barra impregnadas de negro. Se abre en una especie de loft con una mínima selva de lámparas que cuelgan y se dejan arrullar por una suave brisa desde la puerta, descargando su luz sobre 7 mesas redondas tan blancas y sillas Tolix tan negras, más una super mesa comunitaria para que la gente se acostumbre a la gente. También hay lugar para una lejana estantería con libros cafeteriles y novelas gráficas para inspeccionar. La barra es amplia con 4 sillas cómodas para poder admirarla. Una cafetera La Marzocco hace su gracia y la secundan varios molinillos, cafeteras de filtrados varios y cosillas dulces de todo tipo para acompañar al actor principal.

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Buen ambiente, aires de tranquilidad y ostracismo suave, música armoniosa y presente como el hermoso aroma a café.

En las paredes tras la barra se enciende el menú, porque literalmente un proyector que cuelga sutilmente del techo nos indica qué podemos tomar y comer (hasta en inglés de ser necesario).

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Nos atendieron muy amablemente en la barra y luego nos sirvieron el café en la mesa que elegimos. Por suerte el barista nos informó que dentro de los orígenes que ofrecían: blend de la casa (Bolivia 60%, Colombia 30% y Brasil 10%) y su Etiopía (Guji de 1850 m. de altura, tostado por Café Registrado) también contaban con un poco de Ruanda cortesía de un amigo que lo trajo de Alemania. Ni lo dudamos: dos espressos Ruanda por favor.

Además de los distintos cafés tradicionales típicos de especialidad, hay batidos, exprimidos, lattes fríos, filtrados en V60 y la turbulenta Aeropress.

Para comer ofrecían budines varios, croissant, entre otras comidas dulces, pan de queso, tostados, y unos llamativos Stroopwafel (waffle de origen holandés, con caramelo y especias o su versión vernácula con nutela) que obviamente elegimos para probar (el original es de especias). Este doble barquillo redondo como un waffle más blando, muy rico, suave y especiado, marida muy bien con cafés poderosos.

 

El Ruanda (lavado, 1600 m.), fue uno de los mejores espressos que hemos probado, sin dudas. El carácter típico de los cafés africanos, con mucho cuerpo, intenso, aroma a maderas, caña, azucarado, almendra, chocolate. En boca se presentó dulce, de acidez suave pero marcada, amaderado, frutos secos, afrutado y picoso. Una bomba excelente que esperemos alguna vez poder volver a degustar. Correctamente preparado.

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El lugar es muy acogedor, tranquilo, alejado de las vorágines ajenas y propias, en pleno lugar céntrico, con una atención personalizada en donde explican con amabilidad a cualquier preguntador inquisidor como nosotros que amamos el café. Una experiencia que nos invita a volver y volver.

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Root es un café casi oculto, claramente hay que descubrirlo, pues recién brota con todo y sus aromas, y por supuesto, ya echó raíces.

 

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ROOT Coffee House

Pasaje Santos Discépolo 1830 (San Nicolás)

CABA.

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