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ROCK AND BLUES CAFÉ: Sencillo y contundente

Los fuegos siempre son bienvenidos en cuanto a la transformación de sabores. Como una alquimia reveladora, los ahumados y la parrilla (al carbón, leña, chips de cortezas, etc.), logran modificar proteínas e internalizarse en cualquier alimento impregnándole identidad, potencia y claro que un estado de conservación superior (en el caso del ahumado).

La música, en especial el rock, también tiene la virtud y capacidad de alterar, gracias a su alquimia sensorial, conciencias y estados de ánimo, y así como la parrilla y su producto ahumado final, provocan alteraciones químicas en la gente.

En los comensales, buenos sabores, fuertes y potentes, combinados con rock clásico y sin tiempo dan como resultado una plena satisfacción en la experiencia culinaria.

Y esto sucede plenamente en un café que no es café pues Rock and Blues Café pese a su mote es un híbrido, también alquímico en su función de ofrecer poderosas hamburguesas a la leña a la par de música roquera en su breve recinto campechano, pero lleno de comodidad auditivo-gastronómica. ¿Es un bar, es una casa de hamburguesas, es un pub?

La breve carta (que es un volante conciso) ofrece además deliciosas papas rústicas, de lo mejor que se pueda encontrar en el ambiente hamburguesero, normales, tuneadas con cheddar y también cheddar y panceta (para dos). Bebidas típicas: gaseosas, tragos y cervezas varias, pero los hits del lugar son sus 5 burgers a las brasas: todas con un sabor ahumado y parrillero impresionante, único, y de sabores distintivos. Un producto muy distinto a todos los demás. Las que probamos nosotros fueron la Bacon Crush: carne, cheddar, panceta, cebollas asadas, papas crocante y alioli; la Bacon Burger: carne, chédar, panceta, cebolla y alioli, y también degustamos la Rock and Cheese, simplemente carne, cheddar y alioli, simple pero contundente y revelador. Todas de primer nivel, con gramaje y punto excelente y un sabor superior. Todas con un buen pan que acompaña perfectamente y puede ser simples o dobles (100 g cada medallón) y el combo incluye papas fritas solas o especiadas (ajo y orégano). El alioli casero es magistral. Completan el acotado plantel: la Rock and Classic con lechuga y tomate, y la Caraqueña con palta y salsa de ajo como ingredientes estrella. Para qué más, para qué embarullarse, si con estas 5 se hace mucho ruido, mucho rock and roll.

Lo precios son acordes y menores que la media, cuentan con delivery.

Con una atención buena, hay que pedir en la caja primero y luego sentarse en mesas cerveceras bajas, apreciando un decorado en madera de pallets reciclados, luces pendiendo de cuerdas, guitarras pegadas a las paredes y banderas mundiales que cuelgan dando matices de color. Un pequeño espacio que es poblado por música: Nirvana, Pearl Jam, Stone Temple Pilots y el gran olor ahumado roquero que sacude el ambiente. Altamente recomendable, sencillo y contundente.

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Rock and Blues Café

Mariano Acha 2559 (Villa Urquiza)

CABA.

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CAMINO MOTOR COFFEE: restaurante motoquero o el abrumador instante de recuerdos motorizados

Un buen menú, sencillo, pero bien pensado, un camino. Y el camino nos lleva a San Isidro, a la ribera del Río de la Plata, donde por la calle Primera Junta, un pequeño polo gastronómico se eleva como un faro apuntando hacia la costa (ese mismo faro en el que hoy funciona una heladería).

En un hangar enorme, plagado de curiosidades modernas y antiguas, motos y más motos, chucherías y mecanismos, rodados y juegos de azar del antaño querido, escaparates, luces que ambientan un aroma a pasado y presente fierrero, se impone Camino Motor Coffee, con un rastro de taller de motos de las buenas.

Allí hay lugar para una barra suculenta con tragos inspirados en la nocturnidad misma, una cafetera Saeco semiprofesional que asoma detrás de su propia barra como promesa de buen café (aunque no lo probamos). Estanterías y vitrinas con cascos, curiosidades, juguetes, gorras, recorren el gran salón de techado abrumador culminado por chapas arqueadas dando la sensación de estar en un gran taller donde se oculta alguna nave alienígena o las mismas vicisitudes del tiempo. La turba de mesas, sillas y sillones cómodos salpicadas por todo el ambiente es interrumpida por motos de exposición y demás objetos legendarios y alguna que otra chatarra pintoresca. Hay un primer piso con más novedades y un salón aparte, con juegos como el sapo, flipper, tejo y metegol para recordar otras épocas. De noche, con las luces en su esplendor debe ser una sinfonía de estímulos sensoriales, que nuestra hora de visita no nos dejó apreciar. En esta época un lugar así de ecléctico es poco menos que cautivador.

La comida es bien sencilla, wraps, una docena de platos principales elaborados, bastantes hamburguesas, ensaladas, finger food en general, cervezas tiradas, gaseosas, tragos y aguas. Las burgers son motoqueras y esto se observa desde su presentación con un pan cuadrado y casi de otro tipo de plato (inferimos que no usan siempre el mismo, y además nos contaron que la noche anterior quedaron detonados por tanta cantidad de gente y no tenían algunos ingredientes, bien por avisar). El medallón es decente no muy amasado, de buen sabor, con toppings bien pensados (simple con cheddar, huevo y cebolla y otra con brie, rúcula, originales papas pay de buen sabor), y con un pan que no resistió del todo la humedad global (un punto a mejorar). En definitiva, una buena Burger que podríamos categorizar como de paso o motoquera (una parada obligatoria para los fans de las dos ruedas).

También nos deleitamos con sus quesadillas de pollo acompañadas con verdes y guacamole, de buena masa y exquisito relleno. Una ensalada completísima estilo italiano cumplido muestra buena experiencia gastronómica general.

La cocina tiene sus platos fijos, pero van agregando o sacando platos especiales y bastante sofisticados por períodos y los findes hacen algunas delicias al horno como pizzas a la leña ya que recientemente armaron un hermoso horno de barro y ladrillo que emerge como un domo (un Sauron que nos mira con su ojo) en la parte posterior del salón.

No nos queda más que decir que fue una grata experiencia, en un lugar que se asemeja a un museo con retazos de circo, salón de antigüedades y cruza con taller mecánico, pero es ni más ni menos que un restopub que no los va a dejar de asombrar cuando entren y se pierdan en cada instante de recuerdos motorizados.

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Camino Motor Coffee

Primera Junta 1118 (San Isidro)

Buenos Aires.

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WUNDERBAR: el arte de la hamburguesa

Un año no es nada, aunque a veces lo es todo.

Las evoluciones pueden ser fatídicas o pueden corregir, mejorar o lograr la trascendencia de algo.

Los bonsai son literalmente árboles en macetas. Pero no cualquier árbol que se precie puede colocarse en cualquier maceta que le sobre a alguna abuela. El arte del bonsai debe dejar plasmado, en el árbol en cuestión, vejez verdadera o la sensación de ella, la armonía o equilibrio visual en donde las proporciones juegan un papel preponderante, ya que se intenta aquí de emular hasta el más mínimo detalle en una talla o escala sumamente menor. Si visualmente parece un árbol grande se ha logrado el objetivo, más allá de toda una filosofía que conlleva en sí mismo este arte y llegar a dominar el cultivo de la planta, a nivel estético la armonía de proporciones es vital.

Se preguntarán qué tienen que ver los bonsai con las comidas, o precisamente con las hamburguesas, y se preguntan bien, pero hay ciertas similitudes, ya que estamos en presencia de nuevos aportes como por ejemplo burgers sliders (tamaño pequeño o mini) o para nosotros, hamburguesas bonsai.

No hay muchos que se animen a reducir el tamaño de sus clásicos pattys tradicionales, algunos lo intentan para algún evento o en aquellas ocasiones especiales en donde las prisas y la cantidad de comensales obligan a buscar la vuelta.

En el cumpleaños numero 1 de Wunderbar se presentó esta opción de “burgers bonsai” con los clásicos más vendidos de la casa en versión slider, con una presentación muy coqueta y novedosa.

Las adaptaciones mini incluían a la Wunderbar (doble carne, cebolla, panceta, cheddar, salsa WB que es un lujo), la Django (doble carne, cebolla crocante, cheddar, pepinos, salsa ranchera: salvaje) y la KillBill (triple carne, cheddar, cebolla, panceta, pepinos, salsa WB: intensa). Realmente nos sorprendieron, de lo mejor que probamos en mucho tiempo, no solo por sabor exquisito sino por el logro de la proporción entre todos los ingredientes y el desafío de que un medallón mucho más pequeño no llegue a secarse durante la cocción. Lejano a eso, los pattys estaban en su punto perfecto, jugosos con un sorprendente gusto, con su superficie perfectamente caramelizada. Los quesos, de primera linea y los demás toppings, salsas, cebollas y bacon en perfecta armonía visual y gustativa. Un logro épico, ¿exagerados?, tal vez, pero no hemos probado algo igual ni conocemos propuestas similares salvo una (aún pendiente; el concepto no fue inventado en estas tierras). Esperamos que queden permanentemente en el menú, ya que además es una buena forma de degustación general y carta de presentación de un lugar dedicado a la gastronomía. La gente busca novedades en sus papilas ávidas de algo nuevo y saturada de replicas o copias genéricas.

Aplausos para Wunder que siempre tienen inquietudes de sensaciones y gustos. Desde las primeras veces en que conocimos este bar devenido a especialistas en burgers, con entrantes delicados de carnes mechadas o brusquetas de masas aireadas con detalles exquisitamente efímeros, hasta las grandes hamburguesas de carnes de gramajes increíbles, gustosas y de salsas delicadas y notorias, supimos que esta gente entiende de gastronomía y por qué lado hay que ir (pocos logran querer superarse sin dormirse en sus lauros).

Hay que destacar sus aliolis y sus salsas de calidad extrema.

Todas sus burgers parten del mismo desarrollo de buenos medallones finos, con una gran cocción y que en boca explota de sabor a carne y se desgrana de forma certera.

Hemos probado la Cheeseburger (doble con cheddar: en la simpleza donde se ven los pingos, de las mejores del mercado), la Wunderbar, la Django y la KillBill, Hamburguesa Aniversario (cebolla caramelizada y panceta, cheddar y alioli ahumado) y nunca nos han defraudado, quizás, como detalle, la Tradicional una vez, y debido a la humedad aportada por la rodaja de tomate, desarmaba el pan original, que ahora es distinto.

Un pan sobrio, tipo brioche delicado y de buen sabor que no desentona ante la casi perfección de la carne, sino que acompaña y agasaja la fiesta que la boca recibe.

Hay abundancia de cervezas tiradas de buena calidad, vinos y, como todo bar de categoría, tragos refinados. Probamos Campari con naranja y Cynar con pomelo de excelente factura a pesar de su sencillez. La carta es bastante completa, con ensaladas excelentes y algunas cosas para picar, pero fue direccionándose fuertemente hacia un plantel de burgers que amerita degustación completa.

El lugar nos abraza como casona antigua de reciclado hábil y moderno, con mesas en la calle y en su lindo patio interno. Ambientes disfuncionales y orgánicos en su interior oscuro pero de luces atinadas, con barras para los apoya codos que completan este bendito cuadro de bar ecléctico y bullicioso, en el que algunas veces se puede sufrir calor pero soportable.

Con un perfil más bajo, con humildad y trabajo, luego de un año de labor y evolución, Wunderbar (para nosotros una de las revelaciones del 2018) se perfila como una de las potencias a nivel hamburguesero de Bs. As., sin dudar a la misma altura de varios gigantes que deberían pedir consejo de como cultivar un bonsai (también humildad, investigación y trabajo) para que no se le desforeste el bosque (y trascender).

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Wunderbar // Av. Cramer 2830 // CABA.

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SWEET PEPPER COMPANY: donde la hamburguesa ruge

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A 32 km de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se encuentra la ciudad de Tigre, donde toda la vida sucede en torno al Delta del Río Paraná.

Se cree que su popular nombre fue acogido dada la temible presencia del yaguareté o tigre americano a lo largo de sus islas en épocas de la conquista.

Tierras antaño de pueblos querandíes y guaraníes, comarca de contrabandistas portugueses en el siglo XVII, pasa luego a ser llamado “Pago de las Conchas”, tomando este nombre del río local (ahora Reconquista) desde el siglo XVIII hasta 1920, cuando el arroyito Tigre abrió sus fauces con una sudestada que enterró el pueblo viejo y desde allí recibe la denominación de “Tigre”.

En 1916, el tren eléctrico llegó por estos lares, fomentando así el aumento del comercio y más tarde, los soplos turísticos.

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El nombre “Puerto de Frutos (sitio obligado en la recorrida turística) proviene del hecho que otrora desembarcaban en la zona, todas las producciones frutales de las islas del Delta.

La remería y la navegación son moneda corriente en esta región. Pintorescos viajes en catamarán develan los recovecos naturales e históricos de la felina ciudad y los articulados brazos del río marrón.

Artesanías, muebles, mimbres, inciensos, comidas, sol en la ribera y mucha gente componen el paisaje del Tigre costero, que en esta visita nos ensartó sus garras afiladas de rayos asfixiantes dado el día terriblemente caluroso.

Hay un Museo de Arte y uno del Mate tan argento, pero también hay hamburguesas que merecen estar en un museo aunque no pasen de moda:

Sweet Pepper Company es un food truck que abrió su suerte en el año 2013. Su lugar geográfico (casi inserto en el “Puerto de Frutos” y a orillas del río, con sus mesas y sombrillas admirando los barcos) le da una posición estratégica inigualable, convirtiéndolo (no solo por eso) casi, en la exclusiva opción para probar hamburguesas de calidad en el Tigre.

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Cuentan con un menú tipo americano de burgers, sandwiches, aros de cebolla y papas bastante clásico.

Algunas de sus burgers son: la Cheese Burger, la Double Bacon Cheese Burger, la Sweet Pepperoni con mozzarella rebozada, la OMG con 4 pattys y multitud de queso, pero también hay pulled pork, sándwiches, etc., todo a precios razonables. La Canasta para Dos trae papas fritas que acompañan muy bien, crocantes y más que decentes, aros de cebolla, una Cheeseburger y una Burger del menú a elección. Y esto mismo fue lo que pedimos para tener un claro panorama. Todas las hamburguesas vienen en dos pattys finitos, a excepción de una (la OMG).

Para la sed gaseosas y aguas.

Pese al gran calor, al probar la combinación carne-queso (Cheese Burger), nos olvidamos de los 36 grados y nos enfocamos en las papilas degustando un conjunto enriquecedor. Todo suma, queso cheddar de calidad; la carne de excelente gramaje y sabor, saladita y con pimienta estaba en un gran punto de cocción. El pan tipo brioche de primera contuvo hasta el final de la función. La Doble Bacon llevaba una buena panceta gruesa y de buena ejecución, al queso cheddar se le sumaba un cremoso Dambo, picoso, que le daba carácter al todo, y unas cebollas caramelizadas bien logradas que no invadían.

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Gran carne, con mucho sabor, un tanto parrillero con la caramelización superficial justa y sabrosa. No se puede describir más que lo que las fotos dicen, y dicen que para nosotros las burgers de Sweet Pepper juegan en las grandes ligas y ni se despeinan por las hamburgueserías porteñas, y también dicen que hay una Burger OMG de casi un kilo con 4 pattys y mucho pero mucho queso que espera por hambrientos en busca de proezas, otra gran excusa para visitar este gran y sorprendente food truck que ruge buena gastronomía.

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Sweet Pepper – American Grill

Los Mimbres 1220 (Tigre)

Buenos Aires.

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ALOHA Beer & Food: la oportunidad de barrio

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Luego de comentarios errados, de populismos indiscriminados, de influencers veletoides, de eventos fallidos, de lejanas cercanías y muchas vicisitudes que pudimos dejar de lado, visitamos Aloha, quizás en un contexto más social, pero al fin y al cabo logramos apreciar de lleno el producto que ofrecen.

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En pleno Parque Patricios y en una esquina antigua yace este bar (bodegón, cafetín y un largo etc.) devenido a restó con sugerente preponderancia en el armado de hamburguesas. El lugar no es muy grande, una barra ocupa un gran territorio y detrás, la geografía de una cocina amplia que deja vislumbrar un trabajo un tanto caótico, pero no por eso malo. El resto: mesas y sillas de madera bien de bar en un entorno con pinturas advenedizas, sartenes colgando de techos y una divertida rusticidad (con indicios de pulpería de las de antes, pero antes que antes…).

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La atención es muy buena, se destaca por sobre muchos similares de su rubro. Esmerada, eficaz y amable.

Ofrecen una carta amplia con variedad de platos: sándwiches, rolls, ensaladas, también hay lugar para la cafetería y cosillas de panadería; cervezas, aguas, gaseosas y por supuesto las tan afamadas hamburguesas.

Pedimos la Cheese Bacon Burger y la Le France acompañadas con un fuentón de papas fritas al verdeo y queso. Estas últimas buenas y cremosas, acompañando muy bien al plato principal.

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La Cheese Bacon tiene unos abundantes 240 g de blend de carne distribuidos en dos pattys, los cuales ostentaban un punto ideal, un gramaje de manual, nada de amasado y un gusto que pocos logran; en pocas palabras, una excelente ejecución. El queso era de buena calidad y sabroso, el bacon quizás, fue el punto flojo, con una cocción poco óptima, mientras que el pan acompañaba muy bien, aún sin ser maravilloso. La de estilo francés, sin embargo, con la misma calidad de carne, y el mismo buen pan, si bien es un global correcto, el tomate seco invadiendo un poco el todo, hacía que se perdiera el sabor del queso brie y sumado a esto, escaseaba la cebolla caramelizada. Igualmente aprobaba notoriamente.

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Según fuimos viendo la evolución por dichos propios, ajenos y por historial, aquí se nota un trabajo minucioso para superarse y definitivamente lo han logrado. Les juega en contra una zona despojada y un tanto lejana, pero creemos que si siguen en progreso esto no sería impedimento para que la gente se acerque a probar la caterva de opciones que se presentan como muy tentadoras. Es un lugar atípico por su ambiente más familiar de bodegón que el de las clásicas industrialoides instalaciones que en el afán de correr tras la moda, nos tienen acostumbrados.

Recomendamos darle una oportunidad.

 

 

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KLUB POLACO: el finger food de Europa del este

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En la tierra del asado aprendimos, ya hace un tiempo, a comer sushi, hummus, sabemos lo que es un taco, nos deleitamos con los dumplings y muchos centenares de recetas étnicas que con la globalización fueron acercándose a nuestro régimen criollo e inclusive ampliándolo. Quizás lo más destacado de los países de Europa central y del este es el chucrut y el goulash, los cuales son compartidos por varias naciones de esa geografía. Pero ¿sabemos qué es un placki, una zapiekanka o los pierogi? Estas comidas son recetas tradicionales de Polonia y se pueden degustar en el Klub Polaco de Palermo, un patio cervecero casi oculto engarzado entre un centro comunitario y el propio club rojiblanco.

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La entrada es un gran pasillo anexado al edificio de la Unión de los Polacos de La República Argentina, y al fondo se abre, a modo de abanico, un patio rodeado de plantas estratégicamente dispuestas y en su centro un árbol de mandarinas regocija el lugar. Aquí se depositan sillas y mesas altas bien cerveceras, mesas ratonas apuntaladas por barriles a modos de sillas, guirnaldas de luces, mesones, más sillas, aire libre y mucha onda. En la galería interna que circunda al patio se encuentra una amplia barra por donde se solicitan y entregan los pedidos. Hay múltiples espacios con sillones, mesas bajas, altas, silla a la barra, luces acogedoras y bien situadas, una decoración de paredes rojas y murales, afiches musicales, y muchos guiños a la vieja época comunista de Europa del este. La música es muy interesante, indie, rock, etc., recorre el aire al igual que la tranquilidad del lugar bien adentro y alejado del barullo palermitano.

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La carta fluctúa entre cervezas tiradas, porrones y latas de múltiples países, tragos de autor, gaseosas y aguas (nos quedamos con ganas de la sidra tirada). En cuanto a la comida el menú se acentúa en tres grandes aspectos, las Zapiekankas (mitades de baguettes que surgieron en los 70s con la crisis de la viaja URSS y siendo un plato económico con pan untado con manteca que se le encimaban champiñones, quesos, todo al horno y luego se salpicaba con kétchup, pudiéndose encontrar luego muchas variantes), plato casi nacional y distintivo de la vieja Polonia y muy tradicional actualmente por su estilo de comida al paso compartiendo el mismo segmento quizás que los sándwiches y las pizzas. Pedimos el Krakow que sale con tomate, salchicha polaca, pepino encurtido y chucrut. Rica, quizás un tanto escasa de ingredientes, con una gran baguette suave y sabrosa. La Hell Chicken, con pollo saltado, salsa picante, muzzarella y verdeo, era monumental. Y la Clásica con champiñones saltados, parmesano y perejil logró que termináramos siendo fanáticos de estos platos. El pan es excelente y de calidad.

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Pedimos también unos Pierogi: una clase de empanadas hervidas rellenas con chucrut, papa y carne, servidas con salchichas saltadas. Interesantes, pero hay que acostumbrarse al sabor avinagrado y ácido típico de esas latitudes.

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Tienen bastante variedad de hamburguesas, clásica con lechuga y tomates, estilo americano, estilo francés, y varias más (todas de 170g y acompañadas con papas fritas), pero pedimos la Poslki con 60 % carne y 40 % cerdo. El medallón venía con queso Holanda, chucrut y pepinos, con un pan decente (pero podría mejorar) daban una combinación que nos sorprendió; el gramaje era correcto, poco amasado, buen punto y verdaderamente delicioso (con ese acento del cerdo) e interactuaba muy bien con los sabores encurtidos que contenía (otra vez un gusto al que el argentino medio no está acostumbrado). Muy recomendable y seguramente iremos a probar las otras que pese a ser una cervecería se abren paso con buenos productos y un tanto exóticos.

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La única contra fueron las papas fritas, tanto las que venían con la Burger como las que pedimos con queso cheddar-verdeo-panceta, parecían sobre cocidas, un tanto secas, verdaderamente flojas. Pero seguro pueden mejorarlas.

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También hay otros platillos finger food como los nugget de pollo, bastones de queso, bagel dogs y su tradicionales Placki de papa (croquetas de papa fritas) que quedaran para una próxima ansiada visita.

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En definitiva, un lugar que nos sorprendió mucho, por su tranquilidad, por su decoración, por su patio casi único y apacible, por la buena atención, los precios razonables y por un menú escueto pero muy propio. Si buscan lugares distintos, propuestas diferentes a las hamburguesas, tacos y ahumados (que tanto sobran) prueben en el Klub Polaco donde tendrán nuevos aires y podrán probar la tradición y un poco de la añoranza de la vieja Polonia en pleno siglo XXI.

 

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KlubPolaco

Jorge Luis Borges 2076 (Palermo)

CABA.

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PADRE COFFEE ROASTERS & BEERS: la familia del café

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Es indiscutible que uno de los atractivos del barrio de Palermo lo constituye su historia. Mediante el auge de la gentrificación (puesta en valor de recursos edilicios históricos) objetivable en los últimos años, modernos emprendimientos gastronómicos se asientan sobre los amables fantasmas de un pasado que Buenos Aires se resiste a perder.

 El viejo edificio de la esquina de Soler y Jorge Luis Borges (antigua calle Serrano), data de1881 y fue el asiento de un frigorífico llamado “Antonito” que según cuenta la leyenda, abastecía con sus carnes a los viejos “Carritos” de la Costanera. Con el tiempo, el hijo de su dueño lo transformó en una gran verdulería que permaneció en la famosa esquina hasta no hace demasiado tiempo.

 La historia entrecruza personajes en su obstinado devenir y aunque los personajes cambian de nombre, los escenarios permanecen como testigos del paso del tiempo. En este caso también un padre emprendedor, comercializando café durante décadas y abasteciendo a los mejores bares de su época queda en manos de un hijo, que emprende el camino de mejorar y fortalecer lo que ha recibido. Café Rocamora es una marca tradicional en el ámbito gastrónomico. Ha comercializado buenos cafés de Brasil, Colombia y últimamente se han esforzado en conseguir buenos cafés de especialidad que se tuestan y se sirven en la vieja esquina de Soler y Serrano.

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El nombre “Padre” resulta entonces un multívoco homenaje de un hijo a su padre en lo individual y una forma de recuerdo del viejo Antonio y de su hijo quienes con sus carnes y verduras lograron que la esquina tuviera una identidad en el barrio.

 Padre Coffee Roasters & Beer es muchas cosas al mismo tiempo: una esquina emblemática cuya fachada ha cambiado muy poco, un tostadero que recibe a los clientes con los aromas del tueste, una cafetería de especialidad con los más variados estilos de extracción y preparación del café y sus bebidas derivadas, un petit restaurant con una carta armónica y variada, una cervecería artesanal repleta de variedades de la áurea bebida, un museo porteño en donde se muestran viejas máquinas de café y hasta los restos de la antigua enfriadora de amoníaco en una de sus paredes. Todo en armonía gracias a la cuidada ambientación.

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 Si buscas mesas altas, o bajas, o sillones cómodos, o música adecuada no invasiva, y sobretodo buena atención y excelentes productos, no vas a salir defraudado. Para los que consideramos que el café es lo más importante, seremos ampliamente seducidos por el detalle de los posavasos de cartón rígido en donde se especifica el origen del café que se está sirviendo, sus característica y altura de donde proviene (ese solo hecho los convierte en diferentes del resto de las cafeterías de especialidad). Es la política de patyando.com nunca hacer una reseña de “primera vez” y en este caso fueron más de 3 las oportunidades. En espresso, hemos probado un Colombia Caturra de 1700 m de altura, beneficio lavado y tostado medio, que resalta las notas frescas cítricas, en un cuerpo no muy pesado y con un regusto bastante interesante de chocolate y vainilla. Hubo algún filtrado en prensa francesa que también constituyó una excelente experiencia.

La carta cafetera incluye todas las variantes tradicionales en cafés calientes y en bebidas frías a base de café, sumadas a otras opciones no tan tradicionales en las que la cerveza también está presente.

En cuanto a las variantes de comidas, van desde abundantes brunchs, picadas con onda, sandwiches gourmets, ensaladas variadas y frescas y hamburguesas originales. Nos tentamos con una ensalada de pollo, lechuga, tomates Cherry, hebras de queso parmesano y un alioli preparado ad hoc (muy delicioso pero exiguo). Probamos también la Monkey burger, con un medallón de carne (de tipo industrial pero no malo, si fuera casero sería un golazo), cheddar, queso de cabra, portobelos asados y un pan especial transigiendo entre un pan de campo y un pan típico de hamburguesa. Muy recomendable a pesar de no ser especialistas. El queso de cabra le da una vuelta de tuerca más que interesante a las ya repetibles burgers estilo francés. Las papas de estilo souffle son excelentes.

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 La barra de cervezas es un mundo aparte, con múltiples canillas y una amplia variedad de opciones que dejamos para que las reseñen los especialistas en la materia.

En cuanto a los precios, no difieren muchos con otros establecimientos similares en la zona, lo cual es muy ventajoso a la hora de considerar la resultante precio/calidad. En definitiva, Padre Coffee Roasters & Beers es una primera opción a la hora de programar una salida entre amigos o con la familia; un exponente preciso de lo que debería ser un emprendimiento de Palermo, en donde la historia y la comodidad se dan la mano para ofrecernos un buen servicio.

 

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Padre Coffee Roasters & Beers

Jorge Luis Borges 2008 (Palermo)

CABA.

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FU-KING BAR: el maravilloso oriente de neón 賦

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“La palabra FU se define como un sinograma o carácter han (chino tradicional: 漢字, chino simplificado: 汉字, pinyin: hànzì) y es un logograma originario de China. Los sinogramas eran utilizados antiguamente por las naciones de Asia del Este para escribir textos en chino clásico, y posteriormente lo han sido en la escritura china y la japonesa, así como en la coreana, en la vietnamita y en otros idiomas.”

 

Una esquina que huele bien, con luces que encandilan el cielo de neones bien brillantes, muestra una fachada típica de algún barrio taiwanés, chino o por qué no, japonés. Las culturas asiáticas tradicionales tienden a lo despojado pero cómodo, a las filosofías y a los significados de las cosas con las que se comprometen. Los neones, abrazan, llaman la atención de cualquiera que roce la mirada con esta esquina. Una cantina asiática con todas las letras y con pocos asiáticos.

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Una vez adentro, uno se sumerge aún más en aguas coreanas, cantonesas o las fusiones logradas de oriente, entre lo tradicional y lo modernamente culinario. Las olas de información pasan por las retinas, barra de tragos descontracturada, la cocina con parrillas humeantes que no paran de sacar platillos sinuosos y foráneos para el argentino medio, tachos grandes que emulan mesas, barras altas y sillas cerveceras estratégicamente dispuestas. No hay mucho confort; eso se deja más para lo auditivo, lo brutalmente visual, el olfato (los aromas arrullan el aire): la gama de sentidos interactúa con la sorpresa y nos dejan más que gratificados con un todo donde las sillas altas pasan a un segundo plano.

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Madera, ladrillos, enrejados por donde cunden enredaderas, empapelados nipones y la galería de neones (el ámbito es rojo y verde) atraviesan nuestras mentes, así como también todos los detalles orientales (lámparas chinas, adornos) que a modo de juguetes nos depositan inmediatamente en una dimensión asiática distinta. La música (con dj en vivo) aporta entorno disco-glam, barullo y sofisticación. Ambiente e identidad no faltan en este restobar. A la gente se la ve alegre y con disfrute, y no es un detalle menor.

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Se ofrecen tragos de autor, aguas, gaseosas y variedad de cervezas (hasta asiáticas). De postre: créme brulée (como caída del espacio exterior) y helados melona.

Pero claro está que lo que nos comuna en Fu-King Bar es su comida. Salida de una película del sudeste asiático el varieté que ofrecen es interesante, original y muy cuidado. Hay dumpligs (ravioles chinos a la plancha), wantons (ravioles chinos), springrolls (empanadas chinas), yakitoris (pinchos de pollo a la parrilla), ceviches, pokes (mix de carnes, con shari y vegetales), yakimeshi (wok de arroz y vegetales), entre otros platos. Recorriendo así la comida china, coreana, japonesa y hasta vietnamita, pasando por las fusiones nikkei y obviamente con las pequeñas variantes y adaptaciones argentinas, pero respetando bastante lo tradicional.

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Pedimos Dumplings (rellenos de cerdo, nira y verdeo) que sabían al mismo sudor de Dios, con un nivel superior y magistralmente sabrosos (tuvimos que pedir otra vuelta). El jiaozi o dumpling chino común consiste generalmente en carne y verduras picadas finas y envueltas por un trozo fino y elástico de masa. Entre los rellenos populares se cuentan el cerdo picado, la carne picada, el pollo, la gamba e incluso el pescado. También son populares mezclas como cerdo con repollo chino, cerdo con cebollino, cerdo y gamba con verdura, cerdo con cebolleta, cebollino con huevo revuelto, etc. Las mezclas del relleno varían según los gustos personales y la región. El jiaozi suele hervirse o cocerse al vapor. En este caso fueron preparados a la plancha y acompañados de una salsa a base de soja y brotes. En el norte de China, los dumplings se comen con una salsa para mojar hecha con vinagre y aceite o pasta de guindilla, y ocasionalmente con algo de salsa de soja añadido.

El Nira, también llamado cebollino chino o cebollino ajo, se trata de un ingrediente muy utilizado en la gastronomía asiática con un sabor más parecido al ajo que al cebollino. Es una verdura de la familia del cebollino y del ajo, con hojas largas y planas de color verde oscuro, tienen un sabor algo más potente, a mitad entre ajo y cebollino.

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Exquisitos Wantons chinos rellenos de langostinos, verdeo y hakusai (una variante de repollo asiático). Los wontons son otro tipo de dumplings, típicamente cocidos en un caldo o sopa claro y hechos con un relleno cárnico. La cubierta exterior es diferente (más gruesa y menos elástica) a la del dumpling. Aquí los sirven fritos.

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Springrolls (de cerdo y langostinos) imposibles de igualar en el barrio chino, de corte más moderno y fusionado, muy ricos y picosos. Conocidos en América como rollitos primavera, parecido a la lumpia,  son unos  rollos elaborados de una pasta, rellenos de diferentes verduras picadas en juliana y algo de carne picada. El springroll tiene una masa (que hace la función de envoltorio) elaborada con harina de arroz, estilo vietnamita y tailandés, mientras que en China se utiliza sólo harina de trigo. Existen variantes de este plato en casi todas las cocinas asiáticas: Tailandia, Corea, Vietnam, Indonesia y Japón. En Filipinas e Indonesia este plato es conocido como lumpiá (lumpia en indonesio).

 

Yakitoris (pinchos de pollos con salsa teriyaki) de un sabor absoluto, de los mejores que se pueden encontrar en Buenos Aires. El ají picoso estilo tailandés estaba endiablado.

Niku yaki (pinchos de ojo de bife a la parrilla marinados en salsa de soja, mirin y jengibre), tiernos y con el típico picor oriental que tanto nos gusta.

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Como plato principal, nos tentamos con un Yakimeshi (wok de vegetales, huevo y arroz), correcto y bien condimentado. Básicamente un arroz salteado. Su verdadero origen proviene de china. La manera tradicional es cocerlo frito. En la receta original se saltean diversos ingredientes, como arroz estilo japonés hervido y enfriado, omelette (o huevo revuelto), carne y/o vegetales. Nosotros lo pedimos con pollo.

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Ofrecen también como especialidad, y nos quedaron pendientes, los Poke. El auge del pescado crudo, la moda del bol como recipiente estético y la combinación de superalimentos hacen de este plato una interesante apuesta gastronómica como ya lo fueron en su día el sushi, el tartar o el ceviche. Aunque ahora se sirva en un bol condimentado con otros ingredientes inspirados en la comida japonesa y de otros países asiáticos (también está el estilo hawaiano), lo cierto es que el Poke (pronunciado poh-kay) era un pescado crudo marinado que sobraba del día y que se aprovechaba como aperitivo. Aunque suele hacerse con ahi –el ‘ahi poke’, hecho de atún–, las nuevas versiones admiten el pulpo (‘tako poke’), el salmón y otros tipos de sashimi cortados en dados, en ocasiones sobre una base de arroz (Shari). Como ocurre con la comida oriental el corte de la pieza importa, no en vano su nombre quiere decir algo así como ‘cortar transversalmente en trozos’.

Las presentaciones y la estética están muy logradas, cuidando cada detalle, pero de manera relajada en platitos enlosados pintorescos.

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Hay que reservar si se quiere comer a la hora planificada. La atención es esmerada. Las camareras están siempre atentas, brindan orientación y en general los tiempos de espera no son muy grandes. Los precios de los platos promedian los $250, lo cual no parece muy caro en comparación con otros restaurantes, pero hay que tener en cuenta que, para el panzón promedio argentino, no habrá una completa satisfacción antes de los 3 o 4 platos.

Nos quedaron algunas opciones para las próximas visitas, que serán frecuentes en los proximos tiempos.

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Si nosotros empezamos este camino de Patyando con la escusa de conocer experiencias culinarias superiores, y además con el objetivo de recomendar lugares novedosos y de alta calidad, Fu-King cumple con ambas premisas con creces. La experiencia fue sobresaliente, y al lugar le sobra “onda” (el mismo nombre del emprendimiento es un guiño apropiado), lo que hace que al traspasar sus puertas uno deje atrás sus últimos rastros de occidentalidad.

 

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Fu-King Bar

Thames 1402 (Palermo)

CABA.

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THE BURGER COMPANY: Compañía original y moda

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Nos costó mucho hacer una reseña de Burger Co. Tuvimos que volver 2, 3 y hasta 4 veces para poder apreciar su calidad y vislumbrar si no era solo una moda. Costó porque a pesar (y ya anticipamos algo) de su buena calidad de productos, de su moderno y enorme local y sus buenas intenciones, aun hablando estrictamente de comida, nos queda a mitad de camino.

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No dudamos de la originalidad de sus propuestas, que constantemente van renovando o proponiendo ediciones limitadas o menús ocultos (la caterva de hamburguesas que sacaron para el mundial, con ingredientes que representaban a cada país, fue un logro interesante y gran movida publicitaria), inteligencia en difusión y marketing, cautividad de público joven, modernidad y espacios cómodos (cuentan con un gran salón principal, 1er. piso, terraza y hermoso patio trasero).

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También destacamos la calidad de la comida, es muy buena, bien pensada y con combinaciones singulares y casi únicas.

El lugar acentúa ser tipo hamburguesería americana, grandes espacios sectorizados, neones, ladrillos y diseño enfocado a lo industrial. Mesas altas y bajas en madera y hierro (la moda cerveceril dejando su huella nuevamente), convirtiéndolo en un fast food con todas las letras (pertenece más a este segmento que a lo gourmet, lo parrillero o la cantina-cervecero).

Hay variedad de hamburguesas (muchas no se encuentran en su página), ricos nuggets, paletas de helados, aros de cebolla, ensaladas y hasta “café” Nespresso. Ofrecen aguas, gaseosas y 4 canillas de cervezas.

La atención siempre fue correcta y no mucho más. El pedido se hace en cajas bajo una cartelera con las opciones, y luego se entrega mediante el soniquete y luminosidad de un beeper.

Ahora bien, a nosotros no nos interesa las modas gastronómicas, las grandes colas (vayan temprano fuera de horarios picos porque si no es una experiencia tediosa), tampoco los condimentos Heinz son por si solos una tentación (sí un aporte que no nos vuelve locos), la excentricidad de la “onda food porn”, las suculencias incongruentes u obsoletas, solo el disfrute de comer una buena hamburguesa con calidad de ingredientes que hagan una experiencia gastronómica inigualable (aquí, en Argentina, no hay estrellas Michellin y tampoco lo pedimos, pero quizás siempre hay alguna “estrella”).

Esto último se cumple parcialmente en Burger Co. Todo es muy correcto, buenos tamaños de hamburguesa, el pan mejoró bastante sin ser la panacea, la carne tiene buen gusto en general pero se desarma horrores (una falla que se da en todas sus burgers y debería ser mejorable, la última vez se desprendió la mitad de una de nuestras Love Co. hacia el piso cual deshielo del Perito Moreno).

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A decir verdad, la mejor Burger con al que cuentan es la Love Co. Muy buena, con la carne en su punto, sabor parrillero ahumado por su salsa baconaise, buen queso, con cebolla colorada bien presente dando frescor, pero como dijimos se desarma. Las demás como la Duchess (que termina destruida por el aporte también de la escasa continencia del pan a la carne desmoronable, quizás por falta de tueste o por contextura propia) y la de pollo (Crispy Chicken) son dignas pero se quedan en buenas intenciones.

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Las papas afortunadamente fueron evolucionando (por suerte las últimas veces se frieron con aceite nuevo) hacia unas muy buenas fritas. Aquí se refleja un crecimiento.

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Por lo demás, resulta un buen local fast food (muy superior a otros), con buenas intenciones y bastante por mejorar sobre todo en el armado de las hamburguesas. ¿Es recomendable? Sí, sin ser de nuestras preferidas es una buena opción. ¿Es moda? También, pero ese es otro cantar.

 

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The Burger Company

Honduras 4733 (Palermo)

CABA.

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JE SUIS RACLETTE: fundiendo oro alpino

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La raclette (en femenino), es una comida típica del cantón (provincia) de Valais en Suiza, en la que intervienen distintos ingredientes como las papas, embutidos, pepinillos y queso raclette, los cuales se cocinan en un aparato eléctrico del mismo nombre (o racletera), que dispone de una plancha en la superficie, y un espacio en la parte inferior para colocar pequeñas bandejas individuales en las que derretir el queso junto al resto de alimentos.

Es una forma lúdica y divertida de comer en familia y/o amigos, como una picada diferente. Antiguamente se realizaba al amor del fuego o en un aparato de hierro. Su origen está en las comidas de los pastores suizos, que acercaban el queso a una hoguera en la que también asaban las papas, y cuando el queso estaba derretido, lo raspaban, extendiéndolo sobre las patatas y algún trozo de embutido.

Precisamente el nombre de este plato, y del queso con el que se realiza, está ligado a su origen, pues viene del verbo francés racler, que quiere decir rascar.

El término Raclette, además da nombre a un queso suizo hecho con leche de vaca cruda con una maduración de entre tres y seis meses.

Su corteza es firme y de un característico color anaranjado, y su interior esconde una pasta de color amarillo suave, de olor pronunciado. Actualmente es fácil de encontrar en los comercios.

Son varias las formas que pueden adoptar las raclettes eléctricas, las hay redondas y rectangulares, y la característica común son las pequeñas bandejas individuales en las que se coloca el queso para fundirlo al calor. La mayoría de estos aparatos presenta una plancha metálica desmontable en la superficie.

Los ingredientes tradicionales para la raclette son las papas asadas o cocidas, los embutidos variados, desde el salchichón hasta panceta, pasando por distintos tipos de jamón cocido, las carnes tiernas cortadas en tiras, pepinillos como acompañamiento y por supuesto, el queso raclette.

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Un gran representante de esta gastronomía europea es “Je Suis Raclette”.  Su local principal se encuentra dentro del Mercado de San Telmo. Sus dos puestos unidos se encuentran bordeados de banderillas suizas. Nos toman el pedido en un mostrador que muestra, como trofeos, hormas de queso raclette y demás delicias. La dinámica gastronómica está a la vista: un hornito para calentar, los ingredientes ya preparados y solo falta el armado que depende del derretimiento de las medias hormas que cuelgan de unos adminículos especiales para la ocasión, que cómo lámparas solares van derritiendo las capas superficiales de este queso semiduro dejando caer su cremosidad, y esa untuosidad se va raspando a los distintos platos que elija el comensal.

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Todas las raclettes salen en formato de cazuela con una papa de fondo, algún tipo de carne encima y rematado con la lluvia del famoso queso suizo. Las cazuelas pueden ser de vacío mechado, de chorizo o de vegetales. Todas de excelente factura, con la papa sustanciosa y en buen punto, la carne muy bien lograda y tierna, y el queso fundido que remata dando sabor y una cremosidad que al conjunto hace que cuando se lo prueba se vean un poco las estrellas. En el caso de la opción de chorizo quizás, y a gusto personal, la BBQ esté de más.

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Además de las raclettes, ofrecen diversos sándwiches en pan ciabatta, de bondiola, vacío o vegetales todos combinados con queso fundido y dorado.

Hay variedad de bebidas, canillas de cerveza tirada, y alguna que otra tarjeta de descuentos que hace un precio total muy apropiado. Obviamente que aprueba y es altamente recomendable, no solo por originalidad sino por nivel gastronómico.

Todos los platos se pueden degustar en mesas cómodas bajas y algunas altas tipo cerveceras y sobre todo, en el marco de la magia del mercado y sus acentos fundidos en el aire como estos grandes pequeños sabores.

 

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Je Suis Raclette

Mercado de San Telmo

Bolivar 954

CABA.

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