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LA MOTOFECA, tomalo como quieras

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Hace más de 500 años, se dice que un pastor de la lejana Abisinia (hoy Etiopía) perdió una cabra, la cual apareció a la mañana siguiente, con inusual energía, como después de haber dormido muchas horas. A la noche siguiente pasó lo mismo, esta vez con 2 cabras. El asombrado pastor decidió perseguir a las desviadas, y escondido, pudo ver que más que irse de juerga, las astutas habían descubierto un arbusto de bayas rojas y al parecer muy sabrosas para ellas, que por alguna causa las mantenía despiertas toda la noche, sin demostrar cansancio al día siguiente. La historia se pierde en los recovecos de la memoria. Ya no importa si el pobre pastor presentó su descubrimiento al monasterio sufí, o si el monje advirtiendo el sabor amargo de tales bayas, considerándolas venenosas, las echó al fuego y fue allí que el aroma cautivó hasta al mismo Alá que de lejos observaba hombres y arbustos que él mismo había creado. Lo cierto es que, desde el principio, el café se asoció a la insistencia, a la compañía y al vigor. A partir de entonces, el café tuvo adeptos y detractores. Hubo quienes aprovecharon sus propiedades energizantes para mantenerse despiertos en sus oraciones, o en sus estudios. Muchos, al igual que las cabras abisinias, decidieron que la mejor manera de disfrutarlo era compartiéndolo en demoradas charlas, o prefirieron la rapidez de un pocillo para seguir viaje. La palabra espresso que acuñaron los italianos adhiere a la rapidez en extraer la infusión para tomarlo en el momento, y tal vez a la rapidez que uno adquiere después de incorporarlo.

 La motocicleta aparece en la historia 300 años después y muy pronto comenzó a asociársela al vértigo y la velocidad. Ya en el siglo XX, Enrico Piaggio creo la primera Vespa, una moto cómoda, rápida y económica. Otra vez los italianos encargados de mejorar y simplificar las ideas.

 Mucho más cerca en la historia, a alguien se le ocurrió cargar una máquina espresso italiana arriba de una Vespa para llevar el buen café a los lugares distantes en donde hubiera gente que adorara el café. Ya las cabras no necesitaban deambular por las noches para consumir las bayas del cafeto. El café venía raudo arriba de una moto.

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La Motofeca nace de esa manera cumpliendo doblemente su objetivo. Preparar el mejor café, llevándolo hacia lugares alejados.

 Pero debemos de reconocer que el ser humano es un individuo de costumbres sedentarias, producto de tantos siglos de quieta agricultura, y perseguir una motocicleta para tomar un buen café está más allá de las posibilidades de cualquiera. Por eso, cuando pasamos por Paraguay al 600, Buenos Aires parece detenerse frente a la vidriera de un local que guarda recuerdos de cara al futuro que ya está y al que seguramente se habrá de arribar.

 “Tomalo como quieras” es la frase impresa en los vidrios y en la cabeza de Gastón, cara visible del local, un adorable personaje que parece subido en esa histórica Vespa, llena de recuerdos y emociones, contagiando su ritmo y su amor por lo que allí se hace. En tal reducto, las posibilidades se multiplican: el salón de cómodas mesas, la barra de algo así como el mármol y todas las opciones que se ofrecen para consumir dentro, o para llevar la infusión y degustarla entre el rebaño de la ciudad, o para disfrutar en casa, llevando los granos de los más variados orígenes que ellos tuestan ahí mismo, algunos días por la mañana (los dioses agradecidos).

 

No encontramos una carta, aunque Gastón la hizo innecesaria. Al poco tiempo La Marzocco (otra italiana ilustre) nos entrega un brebaje proveniente de las vecinas tierras de Bolivia que mediante un proceso Honey (en parte lavado y en otra, secado natural), nos invade con un aroma a maderas y frutos secos, experimentándose en boca un inicio dulzón y unas bienvenidas notas ácidas que se incrementan a medida que baja la temperatura, al igual que las notas frutales. Todo esto con un buen cuerpo que hace del café un espléndido exponente de su variedad.

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Nos tentamos con unos alfajores de maicena al chocolate con un delicioso borde de cacao amargo, un excelente pan de chocolate y un scon de queso (con sabor a queso), suave y sabroso.

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Nos quedamos con ganas de llevarnos un par de granos entre los que podíamos elegir Etiopía, Java, Costa Rica, Vietnam, Yemen, Jamaica, Kenia, Colombia, India, Bolivia, Brasil, México, Indonesia u Honduras. Joyas tostadas y embolsadas por las que regresaremos muy pronto.

 Si andás por la zona, cabra amiga, no te pierdas en los vetustos jardines de Florida. Hacé unos pasos más y metete de lleno en el mundo del café de la mano de los que saben. No dejes pasar el tren. O la moto.

 

*****

La Motofeca 

Paraguay 627 (Microcentro)

CABA.

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