café

LA MOTOFECA, tomalo como quieras

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Hace más de 500 años, se dice que un pastor de la lejana Abisinia (hoy Etiopía) perdió una cabra, la cual apareció a la mañana siguiente, con inusual energía, como después de haber dormido muchas horas. A la noche siguiente pasó lo mismo, esta vez con 2 cabras. El asombrado pastor decidió perseguir a las desviadas, y escondido, pudo ver que más que irse de juerga, las astutas habían descubierto un arbusto de bayas rojas y al parecer muy sabrosas para ellas, que por alguna causa las mantenía despiertas toda la noche, sin demostrar cansancio al día siguiente. La historia se pierde en los recovecos de la memoria. Ya no importa si el pobre pastor presentó su descubrimiento al monasterio sufí, o si el monje advirtiendo el sabor amargo de tales bayas, considerándolas venenosas, las echó al fuego y fue allí que el aroma cautivó hasta al mismo Alá que de lejos observaba hombres y arbustos que él mismo había creado. Lo cierto es que, desde el principio, el café se asoció a la insistencia, a la compañía y al vigor. A partir de entonces, el café tuvo adeptos y detractores. Hubo quienes aprovecharon sus propiedades energizantes para mantenerse despiertos en sus oraciones, o en sus estudios. Muchos, al igual que las cabras abisinias, decidieron que la mejor manera de disfrutarlo era compartiéndolo en demoradas charlas, o prefirieron la rapidez de un pocillo para seguir viaje. La palabra espresso que acuñaron los italianos adhiere a la rapidez en extraer la infusión para tomarlo en el momento, y tal vez a la rapidez que uno adquiere después de incorporarlo.

 La motocicleta aparece en la historia 300 años después y muy pronto comenzó a asociársela al vértigo y la velocidad. Ya en el siglo XX, Enrico Piaggio creo la primera Vespa, una moto cómoda, rápida y económica. Otra vez los italianos encargados de mejorar y simplificar las ideas.

 Mucho más cerca en la historia, a alguien se le ocurrió cargar una máquina espresso italiana arriba de una Vespa para llevar el buen café a los lugares distantes en donde hubiera gente que adorara el café. Ya las cabras no necesitaban deambular por las noches para consumir las bayas del cafeto. El café venía raudo arriba de una moto.

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La Motofeca nace de esa manera cumpliendo doblemente su objetivo. Preparar el mejor café, llevándolo hacia lugares alejados.

 Pero debemos de reconocer que el ser humano es un individuo de costumbres sedentarias, producto de tantos siglos de quieta agricultura, y perseguir una motocicleta para tomar un buen café está más allá de las posibilidades de cualquiera. Por eso, cuando pasamos por Paraguay al 600, Buenos Aires parece detenerse frente a la vidriera de un local que guarda recuerdos de cara al futuro que ya está y al que seguramente se habrá de arribar.

 “Tomalo como quieras” es la frase impresa en los vidrios y en la cabeza de Gastón, cara visible del local, un adorable personaje que parece subido en esa histórica Vespa, llena de recuerdos y emociones, contagiando su ritmo y su amor por lo que allí se hace. En tal reducto, las posibilidades se multiplican: el salón de cómodas mesas, la barra de algo así como el mármol y todas las opciones que se ofrecen para consumir dentro, o para llevar la infusión y degustarla entre el rebaño de la ciudad, o para disfrutar en casa, llevando los granos de los más variados orígenes que ellos tuestan ahí mismo, algunos días por la mañana (los dioses agradecidos).

 

No encontramos una carta, aunque Gastón la hizo innecesaria. Al poco tiempo La Marzocco (otra italiana ilustre) nos entrega un brebaje proveniente de las vecinas tierras de Bolivia que mediante un proceso Honey (en parte lavado y en otra, secado natural), nos invade con un aroma a maderas y frutos secos, experimentándose en boca un inicio dulzón y unas bienvenidas notas ácidas que se incrementan a medida que baja la temperatura, al igual que las notas frutales. Todo esto con un buen cuerpo que hace del café un espléndido exponente de su variedad.

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Nos tentamos con unos alfajores de maicena al chocolate con un delicioso borde de cacao amargo, un excelente pan de chocolate y un scon de queso (con sabor a queso), suave y sabroso.

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Nos quedamos con ganas de llevarnos un par de granos entre los que podíamos elegir Etiopía, Java, Costa Rica, Vietnam, Yemen, Jamaica, Kenia, Colombia, India, Bolivia, Brasil, México, Indonesia u Honduras. Joyas tostadas y embolsadas por las que regresaremos muy pronto.

 Si andás por la zona, cabra amiga, no te pierdas en los vetustos jardines de Florida. Hacé unos pasos más y metete de lleno en el mundo del café de la mano de los que saben. No dejes pasar el tren. O la moto.

 

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La Motofeca 

Paraguay 627 (Microcentro)

CABA.

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hamburguesas

BIG SUR, rompiendo mitos

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“Medallón de carne picada aplastada, pan y lo que te guste”.

Los que no somos millenials hemos crecido con ese concepto de hamburguesa y festejábamos cada vez que nuestras madres se sentían con pocas ganas de cocinar y las veíamos venir del almacén con la famosa cajita cuadrada con nombre de niña de los 50 y una bolsita de pan redondo de escasa corteza y algo dulzón. Le poníamos algo de mayonesa, o mostaza o ambas y si había, una rodaja de tomate, jamón y queso. La fiesta estaba armada.

Siempre hubo una mala fama alrededor de ella. “Es una comida de madres vagas”; “si la comés fuera de tu casa te vas a enfermar”; “no vayas a los carritos de la costanera”; “nunca lavan la parrilla, por eso son más ricas las que comés afuera que las que comes en tu casa”, “las que comés en la cancha o a la salida del boliche están hechas con carne de gato”. Y otras hipótesis más que ni los rubios de Mythbusters se animarían a poner a prueba.

Luego, la historia nos trajo la copia antes que el original. Disfrutábamos de Pumper Nic, en donde cada opción tenía su nombre; te la anunciaban por un micrófono y venía acompañada de su infaltable Freny‘s. La carne era medio seca, industrial. No había tantos condimentos y variantes, pero igual la amábamos. Más tarde desembarcaron el Payasito y el Rey, para destronar nuestra experiencia. Los mitos seguían: “están hechas con lombrices”, “los empleados lavan los baños y después te preparan el burger”; “es la forma de colonización yankee a través del estómago”; y todos los etcéteras que se te ocurran.

Esta extraña mezcla de snobismo y sordidez fue expandiéndose inexorablemente durante mucho tiempo hasta que a alguien se le ocurrió inventar el término de hamburguesa gourmet, apelando a la versatilidad de la construcción típica del burger.  Un pan, un medallón y unos pocos condimentos admitieron de pronto otras compañías: aparecieron shitakes y portobellos; las cebollas se caramelizaron, los pepinitos que apartábamos en las viejas pumper ahora se convirtieron en pepinos encurtidos agridulces y los pedimos de a montones; el acostumbrado queso fresco dio paso al cheddar para terminar en un reblochon, o un tommes, o un lincoln, o un queso azul con nostalgias de roquefort, que junto a la mostaza de dijon, el alioli o las salsas picosas del chile comenzaron a comulgar con las barbacoas artesanales, cada cual con su impronta personal. Los panes de patty se volvieron brioches, panes de campo, con semillas, negros, amarillos, de nombres franceses o ingleses.

 ¿Y la carne? ¿Qué onda con la carne?

La tradicional carne común, picada en una ruidosa máquina mientras el carnicero empujaba los pedazos dentro de la tolva con una maza de madera, dio paso a la bandejita incierta exhibida en la heladera del supermercado, sin sabor, pero mucho más cómoda. Teníamos la idea de que cuanto menos grasa tuviera, era mejor, más sana. Y ni hablar del prensado, amábamos el medallón bien armado hasta el final y de ser posible, más allá de su paso por la garganta.

Todos coincidíamos en esos pocos parámetros que ni siquiera se discutían. Hasta que (otra vez) a alguien se le ocurrió que el protagonismo de la carne era fundamental en un buen burger. Empezaron a hablar de blends, como si de bebidas se tratara. “Este corte aporta sabor”, “este otro aporta grasa para hacerla más jugosa”, “con este le damos una buena experiencia en boca”. “Pongamos 30% de picaña, o un 50% de entraña, o un 25% de roast beef”. Cada creador comenzó a darse espacio para experimentar en favor de nuestras papilas gustativas. Y empezamos a convertirnos en degustadores; comenzamos a darnos cuenta de la jugosidad de tal o cual combinación, del poco o mucho amasado, del maridaje de tal o cual ingrediente, etc.  Lo que el Rey y el Payaso buscaron siempre, (la uniformidad de sabor entre las diferentes franquicias), se convertía ahora en una verdadera y noble lucha para brindar la mejor hamburguesa para que el cliente disfrute y, sobre todo, vuelva a elegirla.

En los últimos años, muchos se decidieron a dar un paso más allá en lograr el mejor sabor de la carne. Aprovechando los últimos conocimientos en las técnicas de secado y maduración de las carnes (el Dry Aged), furor en los grandes restaurantes del mundo, algunos decidieron trasladarlo al redondo mundo de las hamburguesas.

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Big Sur, apela al proceso de Dry Aged, modificándolo un poco, pero bajo el mismo concepto de lograr una carne madura, con un sabor mucho más presente, lo que se agradece a la hora de probarla.

En su excelente local de calle Cerviño 3596 en pleno Palermo, nos convida a disfrutar de sus múltiples opciones de burgers, todas ellas con su impronta: el proceso de Flash dry aged, junto a un tratamiento propio que hace que el medallón de 200 g. conserve la misma estructura con la que sale de la picadora, lo que se aprecia en las jugosas columnas que lo sostienen como una de las mejores hamburguesas de Buenos Aires. El resultado es un excelente punto de la carne, jugosa, suavemente se desarma en boca, de sabor característico y muy rica.

 

Y como no solo de carne vive el burger, en este caso, el pan acompaña la maravilla otorgando su sabor, pero sin invadir de migas molestas ni resbalones incómodos, para que todo el conjunto se disfrute hasta el final. Probamos muchas variantes (fuimos dos veces), la Criolla con queso Lincoln (un poco perdido debemos reconocer), tomate, lechuga y cebollas moradas, simple pero deliciosa. La Blue Monday (queso azul, cebolla caramelizada y portobellos) se ganó el cuadro de honor como una de las mejores de su estilo. La Americana con queso cheddar, panceta ahumada, pepino y BBQ casera es equilibrada, ninguno de esos ingredientes entorpecen el sabor de la carne. Recomendamos la Mission, con cebollas caramelizadas, queso Lincoln y alioli de alcaparras, una gran creación.

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Los combos se sirven con papas fritas, que son correctas, doradas, en buena cantidad y si te gustan con condimentos, tenés para elegir la famosa Lactonesa (mayonesa con leche en vez de huevo), mayonesa de alioli, salsa picante, barbacoa, ketchup, todos ellos caseros y muy buenos.

No hay opciones vegetarianas en cuanto a burgers, pero si sos vegana y estás de novia con un carnívoro no te vas a quedar mirando. Pedite una porción de Pakora (buñuelos de acelga orgánica, harina de garbanzos y salsa de ajíes picantes) y no te vas a arrepentir.

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Si para vos, las vacas son sagradas, antes de arrojarte al Ganges, probá el burger de cordero (Lamby) acompañado de una fresca coleslaw.

Y si la hamburguesa no es lo tuyo, también tenes chivitos uruguayos, panchos (y pancho falafel), choripanchos o el famoso Canadiense del Sur (pan pebete casero, muzzarella artesanal, tomate, cebolla caramelizada, panceta y huevo), una deliciosa bomba de la que todos te pedirán un pedacito.

Y para regar, hay gaseosas (línea Coca), aguas y cerveza artesanal Bierhaus en pintas de 500 ml (Golden Ale, Honey bier, India pale beer (IPA) y Scotch Beer) con re-fill.

 

En algunas reseñas de Google vas a ver que la gente se queja de que el lugar es muy chico, o que para ir al baño tenés que atravesar una escalera de caracol. El lugar es adecuado, tiene un entrepiso, todo ambientado onda industrial, la cocina está en el centro y ves cómo te lo preparan. Hay mesas permanentes en la calle. Fuimos al mediodía. La espera fue adecuada (corta te diría). Tal vez de noche se complica un poco, pero la experiencia vale la pena.

 Big Sur es un lugar para volver.

 

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 Big Sur – Comida callejera.

 Cervino 3596 (Palermo)

 CABA.

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café

ROOT COFFEE HOUSE, la curvatura del café.

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La semilla se sembró hace solo 2 semanas. Plantado el cafeto asoma la plántula, un brote se estira dejando atrás la tierra, abrazando el cálido terruño que eligió un otoño de Buenos Aires que recién inicia. Aquí no hay fotosíntesis, a través de sus conductos solo fluye café: cold brew que baja de algún deshielo, espressos de cuerpo portentoso, capuccinos con copos de cielo. Todo transita sobre el pasaje curvo Santos Discépolo, tan escondido como apacible.

La planta en cuestión se llama Root, y claro que, hecha sus primeras raíces sobre el café de especialidad, sobre una Buenos Aires que busca el café absoluto.

En esta peculiar búsqueda, donde los brotes cada vez se diseminan más y nosotros no damos abasto en cosecharlos, en un día que el sol iluminaba de lleno a una lluvia que nos acariciaba algunas canas, llegamos a la puerta de este nuevo bastión del café de calidad.

Fachada típica, concepto minimalista como por dentro, con ventanales grandes que dejan vislumbrar la curvatura del paisaje allí afuera. Un adentro amplio, alto, con ladrillos bruscos que apaciguan lo rústico, con algunas paredes y la barra impregnadas de negro. Se abre en una especie de loft con una mínima selva de lámparas que cuelgan y se dejan arrullar por una suave brisa desde la puerta, descargando su luz sobre 7 mesas redondas tan blancas y sillas Tolix tan negras, más una super mesa comunitaria para que la gente se acostumbre a la gente. También hay lugar para una lejana estantería con libros cafeteriles y novelas gráficas para inspeccionar. La barra es amplia con 4 sillas cómodas para poder admirarla. Una cafetera La Marzocco hace su gracia y la secundan varios molinillos, cafeteras de filtrados varios y cosillas dulces de todo tipo para acompañar al actor principal.

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Buen ambiente, aires de tranquilidad y ostracismo suave, música armoniosa y presente como el hermoso aroma a café.

En las paredes tras la barra se enciende el menú, porque literalmente un proyector que cuelga sutilmente del techo nos indica qué podemos tomar y comer (hasta en inglés de ser necesario).

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Nos atendieron muy amablemente en la barra y luego nos sirvieron el café en la mesa que elegimos. Por suerte el barista nos informó que dentro de los orígenes que ofrecían: blend de la casa (Bolivia 60%, Colombia 30% y Brasil 10%) y su Etiopía (Guji de 1850 m. de altura, tostado por Café Registrado) también contaban con un poco de Ruanda cortesía de un amigo que lo trajo de Alemania. Ni lo dudamos: dos espressos Ruanda por favor.

Además de los distintos cafés tradicionales típicos de especialidad, hay batidos, exprimidos, lattes fríos, filtrados en V60 y la turbulenta Aeropress.

Para comer ofrecían budines varios, croissant, entre otras comidas dulces, pan de queso, tostados, y unos llamativos Stroopwafel (waffle de origen holandés, con caramelo y especias o su versión vernácula con nutela) que obviamente elegimos para probar (el original es de especias). Este doble barquillo redondo como un waffle más blando, muy rico, suave y especiado, marida muy bien con cafés poderosos.

 

El Ruanda (lavado, 1600 m.), fue uno de los mejores espressos que hemos probado, sin dudas. El carácter típico de los cafés africanos, con mucho cuerpo, intenso, aroma a maderas, caña, azucarado, almendra, chocolate. En boca se presentó dulce, de acidez suave pero marcada, amaderado, frutos secos, afrutado y picoso. Una bomba excelente que esperemos alguna vez poder volver a degustar. Correctamente preparado.

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El lugar es muy acogedor, tranquilo, alejado de las vorágines ajenas y propias, en pleno lugar céntrico, con una atención personalizada en donde explican con amabilidad a cualquier preguntador inquisidor como nosotros que amamos el café. Una experiencia que nos invita a volver y volver.

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Root es un café casi oculto, claramente hay que descubrirlo, pues recién brota con todo y sus aromas, y por supuesto, ya echó raíces.

 

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ROOT Coffee House

Pasaje Santos Discépolo 1830 (San Nicolás)

CABA.

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HELLO FRANK: la alternativa fiel.

 

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Entre los límites de Boedo y Caballito no todo es la afamada hamburguesería de culto con nombre de bebida alcohólica. Queda lugar para otras propuestas de nivel. Fieles a nuestro leit motif llegamos a Hello Frank patyando y nos fuimos de ídem manera. Como muchas es una esquina de casona restaurada para su función de hamburguesería, con grandes ventanales, letrero con bombillas luminosas de la marca, varias mesas afuera acordonando el local y mucha onda desde la entrada. Llegamos temprano, pero había gente, luego se fue llenado, aunque no es tan congestionado ni caótico como otros lugares.

Dentro un amplio local, de techos estilizados, muchas mesas altas y bajas, para todos los gustos, sillas cómodas, paredes con ladrillo a la vista, de corte industrial, entre lo moderno tipo cadena y lo original ecléctico, con impronta de casona, como aspirando el barrio. Toda la moda cerveceril. Cuenta con un buen aire y una gran cocina a la vista donde se puede ser testigo de todo lo que preparan.

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Muy buen ambiente en general y excelente música. ¿Qué más? Si hay buena comida es un golazo.

La atención es muy correcta, personalizada con camarera que te sirve en la mesa, donde cuentan con servilletas y salero.

En la carta tienen hamburguesas varias, hasta veganas, wraps, ensaladas, y en termino de bebidas, cervezas tiradas Patagonia y otras marcas, pomeladas y limonadas, además de gaseosas claro.

Nos pedimos una Cheese Burger y una Clásica, cada una venía acompañada con fritas, y para beber una jarra de limonada con romero y miel (excelente bebida, marida muy bien).

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No tardaron en entregarnos el pedido más de 10 minutos y nos acercaron un cajón con los distintos aderezos originales: kétchup, mayo, alioli, cebolla agridulce, remolacha y zanahoria (todo casero).

En cuanto a las papas de estilo rústico, doble cocción, corte grueso, eran normales y abundantes, con algunas excepciones un poco crudas.

El pan de la hamburguesa todo un hallazgo, buena miga, buen gusto (rico) y sostenedor (de los mejores que hemos probado, top 5).

La burger viene junto con las papas en bandeja de loza muy canchera.

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En cuanto al Patty propiamente dicho (justo le preguntamos a una mesera vegetariana que nos averiguo amablemente, un colmo muy gracioso), es un blend de la casa: roast beef, picaña y nalga. La carne sale con el punto justo, se siente el sabor profundo en boca y con un regusto a pimienta que le va muy bien. Un poco amasada para nuestro gusto. Un medallón alto de 180 gramos, verdaderamente sabroso.

La Cheese con kétchup no invasivo (¡por fin una!), mezcla muy buena con el cheddar de calidad y los demás quesos. Buena combinación en general. Rica.

La Clásica, buena mixtura con queso filante, cebollas en su punto. Típica burger con lechuga y tomate, con un interesantísimo topping de mayonesa al chimichurri. Buen gusto.

Como balance precio calidad es excelente.

Cuentan con happy hour de cervezas martes y miércoles de 18 a 20.30 hs. Y también con take away.

Quizás sin estar entre las de la cima de la tabla de las Burger, tuvimos una muy buena experiencia, tienen un buen producto y seguramente cada vez será mejor, gran atención, propuestas originales y un excelente ambiente. Probá perderte una tardecita por las callejuelas de Caballito y encontrá a Hello Frank, vas a saber de qué hablamos…

 

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Hello Frank

Doblas 601 (Caballito)

CABA.

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I AM BARISTA, entre el feca y el chegusan

 

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Dice la ley de Murphy que cuando hay alguna posibilidad de que algo salga mal, pues sale mal. La vida suele ser la sumatoria de ciertas incongruencias que confluyen en alguna calle de Buenos Aires en donde los límites entre los barrios se discuten en una mesa de café durante la mañana de algún sábado caído del almanaque.

Y en ese límite difuso en donde ya no importa si estamos en Caballito, en Flores o en algún suburbio de Lima, de Korea, de Hong Kong o de Jerusalem, nos sentamos en “I am barista”, un coqueto recinto que nos promete un café de especialidad, de esos que tanto proclamamos para que lleguen a los barrios. Y así como en las grandes metrópolis, el ritmo agitado de las cercanías de la textil calle Avellaneda se tradujo en nuestra experiencia en dicha cafetería.

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Nos recibió una compacta tostadora de café, que desde la entrada nos llama la atención. Todavía no es usual que los baristas tuesten su propio café en el local, lo que se agradece a la hora de ver los precios. El costo del espresso se reduce en $10 comparado con otros lugares de especialidad. Ya desde la vereda se nos anuncia que nuestro amado brebaje será extraído mediante una máquina “La Marzocco”, garantía de calidad. Nos sentamos en una de las pocas mesas que el espacio permite, con cómodas sillas de caño y observamos la decoración sencilla pero elegante, con un salón a nivel y otro más pequeño en un entrepiso al que se accede mediante una escalera en cuya entrada se luce una planta espinosa que poco tiene que ver con el feng shui, pese a que sus propietarios son asiáticos.

Detrás del mostrador (no hay barra), una vorágine de jóvenes personas se entrecruza como si se tratara de una sucursal de Mac Donald’s. Pedimos dos espressos y un tostado para compartir. El asustado mozo (previamente había tomado nota del pedido) volvió al rato para preguntarnos si era uno o dos tostados. Una vez más para decirnos que no había pan de miga y otra vez para traernos el pedido. El pago: solo en efectivo.

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Nos informaron que el café es un blend propio (mezcla de 2 Brasil de orígenes distintos), con pocas explicaciones. En la taza se aprecia una crema dorada, algo atigrada y persistente, aroma discretamente amaderado y algo frutal. En boca se experimentan algunas notas dulces en un contexto bastante equilibrado, que al disminuir la temperatura se destacan las notas ácidas muy esperadas. Un buen café con una extracción correcta.

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El tostado final vino con pan árabe, pero con un sello propio: el armado es al revés, la escasa miga por fuera y la suave corteza por dentro, dando la sensación de que estás sosteniendo el caparazón de una tortuga cálida, rellena de transparentes fetas de jamón y queso.

 

Las opciones de café son varias, los calientes, el cold brew y algunos filtrados que no probamos. Milk shakes, jugos y otras bebidas para los que no consumen café. Las opciones de acompañamiento son pocas, algunos cuadrados y budines que desde la exhibidora no invitan mucho a consumirlos. Y si te gustó el café, también hay variedades para llevar en grano, un afamado Yirgacheffe de Etiopía o un Perú Chanchamayo.

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Rescatamos el café, lo principal que deberíamos fijarnos. Aunque estaría bueno que mejoraran algunos detalles de la atención. La cantidad de personas desfilando detrás del mostrador sin hacer nada hace que uno tenga que repetir muchas veces los pedidos que no se traducen en una comanda adecuada. Sería superador que el barista tuviera más presencia frente al cliente y no solamente en la exhibición de sus títulos encima de la heladera de bebidas. La experiencia del buen café debe ser transmitida por el especialista, principalmente en estos tiempos en que todavía existen muchos clientes que consideran que un buen café, es el famoso feca que se sirve en un jarrito americano, lleno de agua y a una temperatura demasiado alta.

Si se modifican esas pocas cosas (hace 8 meses que abrieron) tendríamos un buen lugar para disfrutar un café de excelencia y daría mucho gusto regresar una y otra vez, sin tener que movilizarnos siempre a Palermo o al microcentro. Rompamos con la ley de Murphy.

 

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I Am Barista – Specialty Coffe

Felipe Vallese 3192 (Flores)

CABA.

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DELLEPIANE BAR, entre el sonido y la furia.

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Da la impresión de que en cualquier momento pasará una carreta destartalada o algún paisano dejará su caballo atado al palenque imaginario del frente de la pulpería. Y es que el Pasaje Dellepiane conserva algún resto perdido de una Buenos Aires de lustroso empredrado y un ritmo no tan vertiginoso como el de ahora.

Dellepiane Bar es una mezcla de pasado y presente, en la mitad de un pasaje de los pocos que quedan, en donde los ruidos del mediodía se zambullen en la buena música que se deja escuchar paredes adentro. Ambiente penumbroso, casi oscuro, con aires de bodegón reciclado; muchas mesas muy juntas, un desnivel elevado con sillones más cómodos. Un dibujo del inmortal Luca nos pone a tono con el bullicio y el soportable calor que se vive en el ambiente de fonda del pasado. Vértigo de mozos que esquivan los estrechos espacios entre las sillas sin molestar a nadie y con la amabilidad que el apuro exige, nos lleva a detenernos en la carta, tan informal como el lugar. Apenas unas hojas plastificadas sostenidas por un aro se despliegan ante los ojos, ofreciéndonos las diferentes opciones de burgers, para todos los gustos, desde la “Clásica” con aires bigmakianos hasta las inefables “Veggies”, pasando por las de la zona de México (El Paso), con jalapeños y guacamole; las tendenciosas francesas (La Blu) con su queso azul o las italianas como la Alioli, en armonía con las más criollas con el agregado de chorizo asado. Todas ellas de 160 gr. servidas con papas caseritas.

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Es necesario mencionar la Doble Dellepiane con doble medallón, doble queso, doble panceta, cebollas y salsas varias que te hará salir de allí corriendo en busca de un donante de hígado, pero con gran placer.

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Si no te gustan las hamburguesas (mereces la pena de muerte), también hay otras opciones para picar: papas tuneadas, aros de cebolla, nachos con salsas diversas, jalapeños, nuggets, etc. y si optás por un sandwichito, tendrás algunos de pollo, o de milanesa o el pulled pork sandwich.

También hay opciones para la sed, cerveza tirada, algunas artesanales, aguas y gaseosas.

Pedimos una Bacon (panceta, huevo frito, pepinillo, queso cheddar, lechuga y tomate) y una Le Blu (panceta, hongos portobello grillados, queso azul, mostaza dijon, cebolla a la plancha). Llegaron bastante veloces, acompañadas de un tarro de metal con papas fritas.

La carne en su punto justo, nada roja y si jugosa, producto del mínimo amasado (yo le agregaría algunos gramos más para disfrutarla mejor), encerradas en un pan fabricado en el lugar, esponjoso y adecuado al conjunto. La Bacon conservaba todos los sabores de sus componentes, aunque el huevo pasaba un poco desapercibido (tal vez se olvidaron de agregarle un poco de sal), un poco por lo avinagrado de los pepinos que por momentos tomaban demasiado protagonismo. Una buena experiencia en la boca.

La Blu conformaba una buena combinación en boca entre la carne, el queso azul (que no ocultaba el sabor de los hongos) y en donde los condimentos acompañan, pero no obstruyen el sabor de todo lo demás. No pica en punta, aunque es una buena matahambre.

Un párrafo aparte merecen las papas. Normalmente cuando las papas fritas vienen en el combo, los cocineros no se esmeran en hacerlas bien. No es este el caso. Nada de olor ni gusto a aceite rancio; en su punto justo, ricas, crocantes por fuera, suaves por dentro y en buena cantidad para aquellos que tienen el TOC de alternar los bocados de hamburguesa y de papas. Nada sobra ni nada falta (de las mejores).

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En fin, un lugar tradicional que no pierde calidad con el transcurso del tiempo. Buena ambientación, algo ruidoso, te atienden rápido y bien. Aceptan tarjetas de crédito. Amplio rango horario. Ideal para juntarse con amigos. Aunque el ambiente es oscuro, por el ruido no es ideal para una velada íntima. Un lugar para volver con o sin romanticismo.

 

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Dellepiane Bar

Pasaje Luis Dellepiane 685 (San Nicolás)

CABA.

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CIGALÓ, Specialty Coffee. Barrios de pie

 

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Hubo una vez una autopista que no fue. Cientos de casas expropiadas, algunas demolidas. La tristeza de un barrio partido al medio por la absurda conjunción entre la megalomanía y la burocracia. Muchos años después a alguien se le ocurrió rescatar los restos de la vergüenza y comenzar a renovar ese sector de la ciudad en donde Villa Urquiza camina hacia Belgrano en una galería de casas bajas y veredas decoradas con diferentes especies de árboles. Y justo en una esquina, como en la mayoría de los tangos, se erige el bar en donde el barrio se detiene alrededor de un pocillo de café. Solo que el acostumbrado cafetín, en este caso, cambió la sordidez de las baldosas percudidas y la vidriera triste que recibe el resoplo del malevo traicionado, por una imponente estructura de vidrio y cemento en donde el sol de la mañana se entrecruza con las paredes blancas y las hojas siempre verdes de las plantas.

Cigaló apostó al barrio, transformando el insulso cafecito sin pretensiones en un auténtico templo en donde el café es un objeto para adorar, entre los agradecidos habitantes de un barrio que vuelve. Con una estética renovadora, en donde todo parece vincularse, observamos un afuera que apenas se diferencia del adentro. Los vidrios enormes configuran un sitio de unión, en lugar de separar. El salón está repartido entre un abajo y un arriba, entrepiso que se extiende sin dejar de pertenecer al todo. Al igual que la barra, centro de lugar y punto de encuentro de todos los focos de la mirada. Un loft integrando la calle con las columnas.

El amplio pizarrón nos muestra las diferentes variantes de lo que se ofrece. En el área cafetería, las opciones de espresso y los cold brew. Los filtrados con casi todos los métodos más comunes y una inusual variedad de tés y bebidas frías. A la hora de comer, hay opciones de ensaladas y sándwiches fríos y tostados, con carne o veggies. Amplia bollería fabricada in situ.

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Pedimos un espresso, un cappuccino, un machiato acompañado por croissant, pan de chocolate y pan de queso. El sistema de expendio es por ticket y tienen un inteligente sistema de información para los que recién se aproximan al mundo del café de especialidad: te muestran una tacita igual a la que vas a recibir en tu pedido. Sin sorpresas posteriores para los que se quejan de que es corto o piden que le llenen el pocillo.

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Ese día ofrecían un blend propio: 50% El Salvador y el resto (no dijeron el porcentaje) repartido entre dos varietales de Etiopía. En taza presentaba una buena crema, dorada y persistente. El aroma predominante era a madera y frutos. Llama la atención la sensación aterciopelada en boca, algo dulce, predominando la acidez en una etapa posterior, recordando frutos frescos, para dejar lugar a un amargor suave y persistente. Buen cuerpo. Buen blend.

Las variantes con leche que probamos, el machiatto y el cappuccino, ejecutadas adecuadamente con las características del café. Una buena extracción y en la proporción justa. Arte latte simpático.

La pastelería se destaca por su elaboración. Buenos ingredientes y de calidad hacen la diferencia a la hora de comparar. El pan de queso (en realidad era un chipa) fue uno de los más ricos que probamos: en donde el queso estaba presente y no era una sutileza como en muchos otros lugares.

La atención es muy cordial. Se preocupan por brindarte información acerca de lo que pedís. El barista está a mano y sabe muy bien su profesión. Se guarda algunos secretitos cuando el cliente es algo preguntón como nosotros, pero es comprensible a la hora de tener que atender a mucha gente. Facturan y aceptan tarjetas de crédito.

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En definitiva, Cigaló apostó al barrio y ganó. Hace muy poco tiempo que están, pero se les augura una buena permanencia en el difícil propósito de llevar el buen café a los barrios.

 

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Cigaló Specialty Coffee

Holmberg 2004 (Villa Urquiza)

CABA.

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FOSTER NUTRITION: échale la culpa a Houston

 

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Es hora de dejar la nave en piloto automático. Pasados los pormenores de la lluvia de meteoritos que nos apuñalan a diario, nos disponemos a procurarnos el alimento que nos corresponde. Entramos en la sala de almuerzo dispuestos a ordenar nuestra comida. Unas elegantes tablets nos muestran el menú del día, con sus respectivas fotos HD, sus ingredientes y el precio (en Houston estamos pasando momentos de recesión, así que los astronautas pagamos por nuestro alimento). Unos pocos comandos muy simples; el delicado deslizar de la tarjeta de crédito y luego de una firma digital que nunca sale bien nos invitan a esperar la orden en otro salón de pisos de madera y techos muy altos en donde se disponen a modo de peceras los boxes vidriados desde donde retiraremos la comida. El tiempo no es nada a estas alturas. En un segundo la pecera se pone oscura y al momento aparece nuestro nombre dibujado en el vidrio esperando que abramos una puerta para recibir la bandeja.

Foster Nutrition es el primer smart food de Buenos Aires. Un nicho que se puso de moda en algunos lugares (Asia principalmente) y que nos trae la tecnología de la mano de la comida sana. Ambiente minimalista, rapidez del servicio y practicidad a la hora de acceder al alimento.

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Podemos elegir entre un menú muy simple y a la vez muy sano. 5 opciones de Ensaladas preparadas con salmón, o con pollo o con las verduras que se te ocurran: remolacha, pepino, rúcula selvática, aceitunas, frutos secos, tomates cherry, o lo que más te guste. Se puede optar por los wraps fríos, de salmón, de pollo al curry o el veggie. Las sopas son muy sustanciosas y un gran logro a la hora de obtener energía para el invierno que se aproxima. Hay jugos naturales con frutas y también verduras: espinaca, manzana, limón, zanahoria, remolacha, etc. y aguas saborizadas muy locas endulzadas con stevia o miel.

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Una vez que tenemos la bandeja en la mano, podemos optar por quedarnos en ese salón, decorado con paredes blancas, una mesa gigante y una barra en madera y hierro negros o subir al segundo nivel en donde hay sillones un poco más cómodos y ventanales en donde observar el transcurso de nuestra nave imaginaria. Hay una terraza, pero no estaba habilitada ese día.

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No vas a encontrar recepcionistas bonitas, ni camareros que te traen la comida metiéndole el dedo pulgar al plato de sopa, ni vas a tener que esperar horas hasta que el mozo se digne a traerte la cuenta. Ideal para esos días en que no querés ver a nadie o te tocó atender al público durante horas.

¡NO HAY NADIE!

Pedimos una ensalada Caesar y un wrap de pollo al curry. No hay forma de que una ensalada Caesar te salga mal si se sabe colocar los ingredientes. Destacamos los productos frescos y con unos crutones más que deliciosos. El defecto es la cantidad: apenas lo mínimo para que lo llamemos una guarnición. El wrap tenía buen sabor y estaba bien preparado. Nada descollante. Dicen que sobre gustos no hay disputas, pero el agua saborizada que pedimos, la LEMON RUSH de pepino, limón, agua y stevia quedó a medio terminar, no todas las combinaciones son ricas.

Y si de tecnología se trata, el café que podés tomar es Nespresso.

Si sos un freak de la tecnología y la comida sana, te va a encantar. Si odiás esperar por tu comida y vincularte con mozos demasiado amables o totalmente indiferentes, este es tu lugar. Y si tus porciones diarias compiten con la lechuga que le dejaste al canario antes de partir, lo vas a amar. En cambio, si (como nosotros) sos un gordito tecnológico que suele chorrear el teclado de su laptop con pedazos de mozzarella derretida y migas saladas de papas fritas Lays, andá igual para disfrutar del futuro.

Por cierto, si querés un almuerzo completo podés pedir un wrap, una ensalada y una sopa y ahí sí te sentirás satisfecho. No así tu tarjeta de crédito, porque resulta un tanto caro si se opta por más de una comida.

En resumen, un lugar diferente, en donde la tecnología está puesta al servicio de la rapidez, la higiene y la comida sana. Si bien estamos en el microcentro, la casona reciclada nos recibe bien para darnos un momento de tranquilidad durante el almuerzo. Como oferta de inauguración había un 20% de descuento en todas las opciones.

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¿Houston?, el futuro ya está aquí.

 

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Foster Nutrition

Tucumán 422 (Microcentro)

CABA.

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hamburguesas, Uncategorized

MCDONALD’S – BURGER BLUE CHEESE & BACON: entre la sequedad y la novedad.

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Todos conocemos a McDonald’s y no voy a hacer una reseña de uno de los íconos en lo que respecta a la comida rápida mundial. Todos saben a lo que uno se atiene al ir a comer a esos locales. A mí me gusta, no para todos los días, pero si para degustar cada tanto ese sabor característico de Burger grasosa americana.

Esta vez, ya que estaba por el Abasto, fui a conocer a la recientemente lanzada Burger Blue Cheese & Bacon de la Línea Signature (esa pseudo línea gourmet que según ellos es elaborada como más a conciencia y de forma no tan industrial, verso que le dicen). Se puede elegir de carne, pollo frito o al horno.

Recién sentado en la mesa, con la orden de Burger en su combo con las papas de siempre y una Coca, me llamó la atención que la carne propiamente dicha parecía seca, como hervida a la vista (feo).

Viene en un pan tipo brioche que contiene dos Burger típicas de MD: finitas, una rodaja de tomate fresco, panceta “crujiente” y escasa, y una salsa de queso azul.

El sabor global es bueno, sin que el queso azul invada demasiado y cumplía con un tanto de untuosidad para compensar la sequedad de la carne, el tomate le da un frescor interesante, pero la panceta tenía un cocimiento desparejo. La carne, como anticipé, bastante seca, típica industrial y compacta de la franquicia, pero de sabor bastante bueno. El pan sin ser feo debido a la sequedad de la carne (que no cedía sus jugos) no se quedaba quieto en su parte inferior (demasiado fina) y como siempre con estas cadenas (sobre todo MD) se bambolea gran parte del contenido, decir que me costó sacar la foto con una mano para ver el cocimiento de la Burger.

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No es una mala opción, pero en el segmento las hay mucho mejores, aunque no tengan ningún tipo de comparación: Anglos, Big Sur, muchas de París Burger y Abocado, entre otras (son otra categoría).

Como resumen una hamburguesa de mitad de tabla, decente y llenadora a un buen precio (180 pesos el combo), con muchos más errores que aciertos. Si hay hambre hay McDonald’s.

 

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MD

Patio de comidas (Abasto)

CABA.

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café, Uncategorized

CAFFE MARINI: Una nueva morada del dios del café.

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Se dice que el dios del café tiene varias moradas. Muchas de ellas se reparten entre Palermo y el Microcentro. Esta vez, la divina providencia nos llevó a una que se estableció en San Martín 487, un elegante refugio en donde el mal humor de la mañana se disipa entre los vapores de un buen café. Y una vez que los mercados cerraron, encontrarás allí el mejor lugar en donde disfrutar tu filtrado caliente o tu cold brew, redondeando algún negocio o simplemente charlando con algún amigo con espresso en mano.

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Caffé Marini se levanta como ese rinconcito que nos aparta del entorno bello pero hostil de la city porteña. No vas a encontrar aquí mesas para debatir los pormenores del partido del domingo o el movimiento del dólar. Dos barras, una central de mármol (o muy similar) que nos hace recordar los viejos y coquetos bares de antaño (hoy en día el Tortoni se sumió en el absurdo fango de la tilinguería) y otra barra, frente a la ventana, en donde el trajín de afuera no se incorpora al interior de tu pocillo, mientras permanecés sentado en una de las sillas más cómodas que hemos experimentado en este tipo de cafeterías (al fin alguien se preocupa por este detalle). Y si optás por la barra principal, te sentirás parte de todo el proceso de extracción del café. Inmersos en todos los adminículos, viendo en acción a los baristas en un entorno elegante y minimalista, en color negro con dibujos en tiza de cafeteras que solo se cortan con elegantes pinturas florales del cafeto.

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Quizás el mejor lugar para entender el café de especialidad y estar en la primera línea de su factoría.

Esa tarde hubo mucho café y mucha charla amena con su dueño, Emanuel, un emisario del dios del café, de ancestros orientales y con toda la onda porteña. Un espresso de las alturas de Guatemala a través de cuyo aroma se advierten las maderas de los bosques haciendo el amor con algún resto de cebada y chocolate. Una buena acidez precedida de un dulzor instantáneo inundando tu boca, en conjunción con las sutiles notas amargas que se quedan por un rato, recordándotelo. Un cuerpo presente y un equilibrio notable, aprovechado por la excelente extracción, a la temperatura justa y con una dorada crema insistente.

Después vino el filtrado: granos provenientes de las lejanas tierras de Etiopía, extraído con V60 y protagonista de uno de los mejores cafés que hemos probado. El aroma intenso, cebadas, frutos secos, madera y tierra albergando un sabor exquisitamente equilibrado, en donde los frutos aparecen inmersos en miel y cereales propios de una tierra que ha regalado el café desde los inicios de la historia; todo esto habitando en un cuerpo redondo que solo está diseñado para el placer.

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Hubo un tip sorpresa: un filtrado por goteo en frío (tipo dash coffee), deliciosa manera de culminar una tarde en el paraíso. Mientras llueve un ligero blues en nuestros oídos.

En esta tarde perfecta, observamos que circulaban unos bollitos de queso pecaminosos y también medialunas. Había espacio para unas estanterías con insumos relacionados con el café. Y todo tipo de chiches para que los que amamos este mundo nos babeemos por distintas cafeteras de filtrado y una hermosa máquina espresso “La Marzocco” manejada magistralmente. Los precios, sin nada de extravagancias, estaban dispuestos en un sobrio cartel negro con letras blancas. Un ambiente que invita a quedarse atendido por gente que le gusta lo que hace.

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EL dios del café multiplica sus moradas, y nosotros sus adoradores, les damos la bienvenida a cada una de ellas (Caffe Marini con tan solo 1 mes de edad), siempre y cuando los preceptos y rituales se cumplan, para elevarnos al nirvana más absoluto en este sano fundamentalismo de querer tomar un BUEN CAFÉ.

 

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Caffe Marini

San Martín 487 (Microcentro)

CABA.

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